'No me preguntes', o el libro sobre cómo los Kennedy han maltratado a las mujeres durante generaciones
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Durante décadas, los hombres de la dinastía Kennedy han sido valorados y aclamados. Sin embargo, todas esas mujeres a las que destruyeron, atormentaron o asesinaron nunca han formado parte de su legado. Ellas son justamente las protagonistas de No preguntes, un libro de investigación de la periodista estadounidense Maureen Callahan que desmonta el mito de los Kennedy para descubrir la verdad que hay detrás de su llamada 'maldición'. Ya en las primeras páginas, la autora expone el caso de Robert F. Kennedy Jr., destacado partidario de teorías conspiracionistas y convencido antivacunas, conocido por sus numerosos comentarios racistas y antisemitas, quien todavía hoy se mantiene «imperturbable e incontestable» sobre las circunstancias que condujeron al suicidio en 2012 de su segunda esposa, Mary Richardson Kennedy , una mujer vulnerable a la que atormentó hasta el final de su matrimonio y en los días previos a su desaparición, «engañándola» y «retirándole las tarjetas de crédito y el acceso al dinero en efectivo» mientras le repetía que estaría mejor muerta. Pero es que, además, a finales de 2023 resolvió desacreditarla contando a los periodistas que, efectivamente, él había volado un par de veces en el avión privado del fallecido depredador sexual Jeffrey Epstein , como había dicho públicamente tiempo atrás, y que lo hizo únicamente porque Mary en ese momento tenía un escarceo con la mejor amiga y expareja de Epstein, Ghislaine Maxwell , encarcelada por proporcionar menores a aquel —afirmación que los más allegados a Mary calificaron de imposible, «dado su carácter, moralidad y devoto catolicismo»—. Aunque no menos sorprendente resulta que Robert fuese perdonado por su falsa acusación de que la brutal violación y el asesinato de la adolescente Martha Moxley en 1975 no fue obra de su primo, ya convicto, Michael Skakel, sino de dos muchachos del Brox, «uno negro y otro mestizo, unos adolescentes a los que acusó públicamente poniendo en peligro sus vidas». Para Callahan, resulta imposible imaginar a cualquiera que no fuese un Kennedy pronunciando semejantes acusaciones racistas e infundadas, sin base alguna: «Los medios se habrían alzado indignados, y con razón. Sin embargo, después de muchas décadas, los Kennedy continúan beneficiándose de una retorcida vara de medir tanto en la prensa como en el sistema judicial o en el escenario de la opinión pública». Un doble estándar que aún resulta más obvio y malicioso cuando se trata de los crímenes que los hombres Kennedy cometieron contra mujeres y chicas jóvenes. «Cualquier víctima que se atreva a acusarlos deberá enfrentarse al enorme poder de la maquinaria Kennedy, una apisonadora con la capacidad de alterar la percepción sobre cualquier mujer, sin importar lo rica, famosa o poderosa que sea, y presentarla como una loca, rencorosa y vengativa víbora , adicta a las drogas y experta seductora. Cualquiera que sea el daño que un Kennedy haya podido infligir, el mensaje permanece claro: ella se lo buscó. Fue culpa suya. Y, de ese modo, ese Camelot de cuento de hadas sobre la grandeza y nobleza de los Kennedy aún se sostiene en pie». Otro ejemplo ilustrativo de ese lado oscuro del clan es Ted Kennedy, el llamado 'león del Senado', hermano del asesinado presidente John F. Kennedy, que una noche de 1969 se precipitó con su coche desde un puente y dejó que la joven veinteañera que lo acompañaba, Mary Jo Kopechne , muriera ahogada en menos de un metro de agua. Ted no pudo explicar por qué se marchó aquella noche a su hotel a dormir y no fue a la policía hasta la mañana siguiente. Claro que eso no fue óbice para que algunos transformaran con éxito aquel acto criminal en 'la tragedia de Ted', un triste suceso que dio al traste con la carrera a la Casa Blanca del susodicho. ¿Y qué pasó con él? Pues que acabó sirviendo el resto de sus días en el Senado y recibió un funeral de Estado de cobertura nacional, mientras que el nombre de Mary Jo apenas fue mencionado (y más de uno la culpó de lo ocurrido el día de marras, por ser una chica soltera que iba en el coche de un señor casado a altas horas de la noche). A través de una exhaustiva investigación, Callahan intenta aportar una nueva visión de algunas mujeres que pensábamos conocer. Basta con echar un vistazo a la semblanza de Jacqueline Kennedy , una madre viuda de 34 años que, tras escapar de las balas asesinas que mandaron al otro barrio a su esposo, mantuvo a la nación unida al declarar al mundo que Estados Unidos sobreviviría al trauma y además saldría reforzado de aquello. Pues bien, tras su nuevo matrimonio con el millonario griego Aristóteles Onassis cinco años después de enviudar, Jacqueline fue calificada de prostituta «por haberse vendido al más alto postor. Esa etiqueta se cernió sobre la fascinante, difícil y controvertida vida de Jackie hasta el día de su muerte. Un hombre nunca habría sido tan denigrado». Otra que recibió ataques machistas fue Carolyn Bessette Kennedy , aquella publicista que se quedó prendada de John John Kennedy y no tardó en descubrir que el hijo de JFK era tan guapo como arrogante y temerario. Carolyn, que a raíz de su boda en el 96 se volvió «introvertida, aislada y paranoica», evitando a toda costa a los paparazzi que la perseguían, llegó a engancharse a los antidepresivos y la cocaína. En julio del 99, tras tres años de muchos altibajos, John le pidió un día que lo acompañara a una boda y además la convenció para hacer el viaje en una avioneta que él mismo pilotaría, pese a que todavía estaba aprendiendo a hacerlo. Spoiler: tanto ellos como la hermana de Carolyn, Lauren , perdieron la vida cuando la avioneta cayó a aguas del Atlántico. Callahan ha señalado que, como en otras ocasiones, la máquina de crear mitos de los Kennedy se encargó de que, en el cuarto de siglo transcurrido desde la tragedia, Carolyn fuera presentada «como una arpía drogata que hizo muy miserables los últimos días del príncipe de América. Y así queda la implicación: si John Jr. no hubiera sido tan infeliz, no habría estado tan distraído, y si no hubiera estado tan distraído, no habría estrellado el avión». Cualquier cosa menos permitir que algo contradiga su imagen dorada.
