«Arca», la distopía de Ménéndez Salmón se toca con los dedos
Una tormenta rompió durante la mañana de ayer el cielo de Madrid. Las fuertes lluvias suelen llevar consigo el caos, las prisas, la oscuridad, el gris, incluso una sensación cavernícola aún en pleno centro de la ciudad. Una imagen casi apocalíptica, con la que Ricardo Menéndez Salmón llegó desde Valencia. Viaja hoy a Zaragoza, continuando la promoción de una escritura que le ha llevado los últimos seis años. Un proceso «largo. Cuando la editorial la lanza como la más ambiciosa de mi carrera, no pienso que sea un mero adjetivo. Lo es en su continente, en su dedicación, y a nivel de ideas», explica. Y se originó, recuerda, a raíz de una imagen decadente, oscura, también húmeda pero no por la lluvia, sino por ser Venecia la que se enfrenta a un cataclismo inédito que parece atraer al fin de los tiempos.
Ya en su adolescencia, el protagonista de «Arca» (Seix Barral) desarrolló un don que le permite, con sólo tocar un objeto, ver lo que ha ocurrido en el pasado. Una habilidad que le convierte en una especie de detective clarividente, y que le lleva a ser contratado por el fondo de inversión Hägen-Schulz, para investigar la desaparición de uno de sus empleados en Ca’ Barbarigo, un palacio de Venecia construido en 1550. No es un lugar cualquiera, sino uno que cuenta con una historia repleta de misterios, traiciones o venganzas, y en el que el protagonista se instala para arrojar luz sobre lo sucedido. Menéndez Salmón arranca la novela tal y como una aventura novelística suele comenzar para el lector: por el primer capítulo. El personaje, entre fantasmas, es testigo de cómo Santa Maria della Salute se derrumba y se sumerge entre los canales de la ciudad italiana. Pocas imágenes más apocalípticas se podrían inventar: «Nació así, exento, como una idea que no sabía hacia dónde iba a llevarme. Me parecía una imagen muy potente, impregnante, que se movía entre algo muy real y, al mismo tiempo, con un aire de onirismo, casi mágico», define el escritor. Y fue ese el origen y el hilo del que fue tirando para desarrollar una novela, matiza, «de novelas. ‘‘Arca’’ es una caja china, una matrioshka. Tiene muchos ángulos desde los que mirarla. Es de terror, incluso gótica y con una pesquisa de género negro. Pero todo está al servicio de construir una novela de ideas».
El diagnóstico
Ya en otras novelas, como «Horda», en la que establece una metáfora sobre la censura y la tiranía de las imágenes, ha mostrado el autor su interés por la distopía. Este género, que tiende a asomarse sobre los malestares de la realidad para llevarlos al extremo, lo trabaja Menéndez Salmón como «la expresión de un desconcierto muy generalizado a la hora de pensar el mundo. Lo distópico siempre tiene en realidad un pie en lo que está sucediendo, si no los dos. Me parecen buenos sismógrafos del terremoto que quizás nos esté sacudiendo y no seamos conscientes». Desde el Gran Hermano del «1984» de Orwell, el «Neuromante» de Gibson, «la farmacocracia de Huxley o el mundo tecnológico de Capek», completa el gijonés, «todas las intuiciones distópicas que los escritores del siglo XX pusieron sobre la mesa acabaron por encarnar». ¿Y eso no da miedo? «Tampoco quiero ser apocalíptico», responde, «ahora estamos moviéndonos en una dirección de la historia que nos recuerda a épocas muy violentas de la historia reciente. Pero estoy convencido de que habrá un ciclo que recoloque todo esto».
No por ello ve la ficción como un refugio, sino como «un diagnóstico de la realidad. El novelista tiene que intervenir a través de sus historias. No tiene por qué aspirar a la verdad ni profetizar, y mucho menos dar modelos de vida». Pero sí puede ser un espejo de nuestra existencia, como ocurre con Ca’ Barbarigo. Un palacio tan majestuoso como debilitado por el paso del tiempo. Así como considera a Venecia «como el lugar ideal para una novela que reflexiona sobre la decadencia de Europa. Como ejemplo de esos lugares de paso, para consumirlos y hacerse fotos. Es difícil quitarse del ánimo esa sensación de que uno está penetrando en un decorado, un lugar que hemos dilapidado pro un mal uso del mismo, y que lo estamos convirtiendo en una carcasa», observa. Una reflexión a la que ha llegado, explica, «por el hecho de ser europeo. En los últimos años, es común entender que la capacidad de intervención de Europa como idea en el curso de la gran geopolítica se ha convertido prácticamente en una nota a pie de página. Pero al mismo tiempo seguimos conservando un puñado d valores que yo siento que hay que luchar por ellos».
Construye así Menéndez Salmón un mundo propio, que irremediablemente vive inmerso en el nuestro. Uno que se confronta con esa «especie de pérdida de adherencia con la realidad que tenemos», expresa. Que anima a cuidar la atención, tan valiosa pues nos permite ver, como ocurrió a lo largo de esta entrevista, que el sol siempre sale después de la tormenta.
