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Santiago Carrillo: una "puta vieja" con peluca

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Muchos han recordado estos días la presentación de Santiago Carrillo por Manuel Fraga en el Club Siglo XXI en 1977. Se ha puesto como ejemplo de tolerancia frente a la intransigencia actual de personajes mediocres, en lo relativo al cansino tema de la Guerra Civil. La España que se inició en 1975, tras la muerte del dictador, tuvo mucho de responsabilidad y sensatez, evitando, de un lado y otro, a los intolerantes. Una de esas escenas para la concordia fue la entrada clandestina en España de Carrillo el 7 de febrero de 1976.

Es cierto que el líder comunista se calzó una peluca que, según su amigo Teodulfo Lagunero, le hacía parecer una «puta vieja». Sin embargo, hubo cierta connivencia en su entrada en España. No en vano, José María Armero se entrevistó con Carrillo en agosto de 1974 en París, en nombre del entonces príncipe Juan Carlos de Borbón. La muerte de Franco estaba cerca, y el sucesor debía ir colocando las piezas en el tablero político para conformar el paisaje de una democracia plural. El PCE era imprescindible, pero en una versión que no confirmase los temores del inmovilismo franquista, que no fuera el demonio revolucionario que quemaba iglesias y ejecutaba derechistas, sino una organización sometida voluntariamente a la ley.

Nada de Juan Carlos "el Breve"

El mensaje era claro: integración en la democracia a cambio de la aceptación de las reglas de juego de una monarquía parlamentaria. Eso le dijeron también Nicolás Franco, poco después, y en diciembre de 1975, siendo Juan Carlos Rey de España, Manuel Prado y Colón de Carvajal en Bucarest. El enviado a Rumanía prometió la legalización en poco tiempo –uno o dos años, como así fue– a cambio de que rebajaran el tono revolucionario y dejaran de decir que era una «marioneta» y que sería «Juan Carlos, el Breve». Dicho y hecho. A los dos meses, Carrillo compró una peluca y decidió pasar la frontera con destino a España.

Teodulfo Lagunero, conocido en los ambientes como «Fufo» y amigo millonario del comunista, fue quien financió la logística. La peluca la confeccionaron el poeta Marcos Ana y el peluquero Gonzalo Arias, que trabajó con el pintor calvo Pablo Picasso. Domingo Malangón, experto falsificador, le proporcionó documentación para pasar la frontera, con nombres como José Menéndez Rocamora, Alfredo Solares Martínez o Simón Garnica Gómez. Parecían personajes de Jardiel Poncela, pero la calidad de la copia aseguraba que los agentes de seguridad se tragaran el engaño. El nombre elegido fue Raymond B., de profesión, arquitecto. Para aparentar dicha profesión, Lagunero llevó a Carrillo a una tienda de ropa de lujo en Cannes.

¿Dónde está el tabaco?

Consiguieron un coche Mercedes, y los dos hombres se hicieron acompañar por sus respectivas esposas. El viaje fue tranquilo. Atravesaron Montpellier, Narbona y Perpiñán, hasta que llegaron al punto crítico del trayecto: el paso fronterizo de La Junquera. La aduana francesa no puso ningún problema, pero la española fue otra cosa. El destino quiso que detrás del Mercedes hubiera un camión de «Transportes Carrillo». Los guardias pararon el automóvil y lo revisaron de arriba abajo, buscando tabaco de contrabando. No llevaban nada, salvo al líder comunista, por lo que les dejaron seguir camino hacia Figueras, y de ahí, a Madrid, a un chalet que Lagunero había comprado en El Viso para la ocasión.

Pasaron muchos meses, y el 22 de diciembre de 1976, casi un año después de su entrada clandestina, Carrillo fue detenido por agentes de la Brigada de Información de Madrid. Rodolfo Martín Villa era el ministro de la Gobernación del primer Gobierno formado por Adolfo Suárez. En el registro de la casa, sita en la calle Padre Jesús Ordónez, así como del vehículo, las fuerzas de seguridad encontraron una bata de enfermero, un bigote de pega y una peluca postiza. Carrillo salió de prisión ocho días después tras el pago de 300.000 pesetas de fianza. Lo esperaba un Seat 1430, con el que fue llevado a su casa. Allí esperó y negoció para que el 9 de abril de 1977 fuera legalizado el PCE.

Por cierto, el 1 de octubre de 1996, el mismo ministro que ordenó su detención, Martín Villa, devolvió a Santiago Carrillo la peluca con la que entró en el país. El acto se celebró en la sede del Ministerio del Interior, siendo su titular Jaime Mayor Oreja. Hay quien ha dicho, entre ellos el propio Carrillo, que aquel postizo no era el auténtico, sino que había aparecido en un archivador de cartón y alguien pensó que fue el que utilizó el líder comunista. Hoy se puede ver –la peluca, no a Carrillo–, en el Centro Documental de la Memoria Histórica, en Salamanca.