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Así es Roma en invierno


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Roma no entiende de estaciones, pero solo bajo la calma del invierno la Ciudad Eterna se despoja de su máscara turística para recuperar su verdadera intimidad. Y es que, lejos del frenesí estival, la capital italiana muestra una cara más humana y auténtica, convirtiéndose en el escenario idóneo para una escapada. Febrero y marzo, antes del bullicio de la Semana Santa, son los meses perfectos para detenerse en los detalles y permitir que el patrimonio romano vuelva a ser, ante todo, un espacio de contemplación.

A este interesante pulso más pausado se une el descubrimiento de una ciudad que celebra sus ritos lejos de los grandes focos. Febrero despierta el espíritu del Carnaval, que, tras décadas de celebraciones más discretas, fue revitalizado en 2009, vistiendo las calles de máscaras y música mientras las pastelerías se rinden al aroma de los frappe y las castagnole. Y con la llegada de marzo, Roma se convierte en el lienzo de su propia historia con citas como la conmemoración de la muerte de Julio César en el Área Sacra de Largo Argentina, una experiencia que solo es posible cuando el ritmo urbano permite que el pasado tome la palabra.

El privilegio de la calma

En esta ausencia de multitudes, los grandes hitos de la capital se revelan de forma privilegiada. Recorrer el área arqueológica del Coliseo y el Foro Romano en estos meses permite una conexión mucho más profunda con el pasado. Sin las largas esperas habituales, la Vía Sacra y los miradores del Palatino recuperan su solemnidad, invitando a perderse entre las ruinas sin prisas. Es, sin duda, el momento de apreciar la magnitud de la arquitectura imperial.

Esa misma sensación se extiende a las plazas más icónicas. Enclaves como la Fontana di Trevi o la Piazza Navona parecen recuperar su escala monumental al no estar masificados. Es una oportunidad única para detenerse ante la arquitectura barroca y escuchar el murmullo de las fuentes de Bernini sin interferencias, redescubriendo la urbe a través de una experiencia mucho más personal y tranquila. A pocos pasos, el Panteón de Agripa recobra su misticismo; bajo el óculo de su inmensa cúpula, el paso de las horas crea un juego de luces y sombras que inunda el espacio de un recogimiento absoluto.

Arte y museos

Un museo al aire libre. Ese concepto define Roma, pero su legado artístico se despliega también en una red de instituciones que permiten profundizar en la historia y el arte de la ciudad. La Galleria Borghese ocupa un lugar central entre ellas: sus salas concentran algunas de las obras más emblemáticas del Barroco italiano, donde la escultura de Bernini alcanza una expresividad casi teatral y la pintura de Caravaggio revela su fuerza dramática. En la colina capitolina, los Museos Capitolinos ofrecen una visión complementaria y esencial, trazando el relato de Roma desde sus orígenes hasta su consolidación como capital imperial. Esculturas, relieves y retratos construyen una narrativa sólida que ayuda a comprender la ciudad más allá de sus ruinas.

Otros museos fundamentales se suman a esta constelación de espacios para completar la experiencia cultural. El Palazzo Massimo alle Terme, una de las sedes del Museo Nazionale Romano, alberga una de las mejores colecciones de frescos y mosaicos de época romana, proporcionando una mirada íntima a la vida privada, la estética y las costumbres del Imperio.

Finalmente, la temporada baja es la llave para una visita de calidad al Vaticano. Febrero y los primeros días de marzo son idóneos para explorar los Museos Vaticanos y la Basílica de San Pedro. Sin las corrientes humanas propias de julio o agosto, la experiencia se transforma por completo. Es entonces cuando se puede contemplar la Capilla Sixtina o las Estancias de Rafael con la pausa y el silencio que requieren estas obras maestras.

La Roma más desconocida

La misma serenidad que transforma los grandes monumentos es la que invita, además, a desviarse de los itinerarios marcados para profundizar más allá de las rutas convencionales. El Barrio Coppedè es un ejemplo perfecto de esta Roma alternativa; un enclave residencial que se aleja de la solemnidad del mármol para adentrarse en una experimentación arquitectónica donde el art nouveau, el gótico y el barroco se funden en fachadas de fantasía.

Esta Roma más desconocida se revela con especial nitidez en el Monte Aventino, una de las colinas más elegantes y silenciosas de la ciudad. En los días invernales, la ausencia de esperas permite disfrutar del pequeño ritual de mirar por la Cerradura de la Orden de Malta para descubrir la cúpula de San Pedro perfectamente enmarcada por un túnel de setos, una de las perspectivas más curiosas de la capital italiana.

Resulta muy recomendable continuar hacia la Central Montemartini, uno de los museos más singulares de Roma. Ubicado en una antigua central termoeléctrica, propone una puesta en escena impactante donde la estatuaria clásica descansa entre gigantescas turbinas y motores diésel. El itinerario encuentra su punto más evocador en el Cementerio Acatólico, un jardín romántico situado a la sombra de la Pirámide Cestia. Aquí, el reposo de figuras como Keats y Shelley bajo los cipreses adquiere una sobriedad especial durante la estación fría.

El recorrido por lo “escondido” no estaría completo sin adentrarse en el Barrio Judío. Considerado el gueto más antiguo de Europa, resulta un laberinto de calles adoquinadas en fascinante contraste con la imponente cúpula cuadrada de la Sinagoga y las ruinas imperiales que lo rodean.

Aquí se alza el Teatro Marcello, el «hermano pequeño» y boceto arquitectónico que inspiró al Coliseo, dialogando con los restos del Pórtico de Octavia, antigua entrada al mercado de pescado. El paseo invita a descubrir rincones de elegancia inesperada, como la Piazza Mattei, donde sorprende la refinada Fuente de las Tortugas.

Regalos de Roma

Uno de los muchos regalos de Roma al viajero lo ofrece la iglesia de San Pietro in Vincoli: el privilegio de observar el Moisés de Miguel Ángel en un silencio que pesa tanto como el propio mármol.

Tras pasear por la cara menos transitada de la ciudad, el invierno invita a refugiarse en la calidez de las tabernas con solera, donde la cocina de temporada toma el protagonismo. Es el momento de las alcachofas en sus dos variantes más célebres —alla romana o alla giudía—, y de platos contundentes como la coda alla vaccinara o los clásicos tonnarelli cacio e pepe. Y para vivir esta experiencia con autenticidad, nada como las mesas compartidas de Da Felice a Testaccio, un templo de la cocina romana, o el ambiente histórico de Checchino dal 1887.

Viajar a Roma en invierno es, sin duda, un acto de justicia con la propia ciudad. Una oportunidad para descubrir que Roma no necesita del sol estival para brillar, sino del silencio de quien sabe caminarla con la pausa que merecen sus monumentos, sus plazas y, sobre todo, su milenaria historia.

Sí, es ahora cuando la Ciudad Eterna se permite ser, simplemente, ciudad.