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Bolivia como centro

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El mayor fracaso de Bolivia no ha sido la falta de recursos, sino la renuncia sistemática a pensar estratégicamente el país. El Hub de Viru Viru y la integración ferroviaria no son proyectos regionales; son decisiones de Estado que han sido bloqueadas por el prejuicio político, por un centralismo incapaz de pensar el país como un todo y por la renuncia a una visión de largo plazo.

Bolivia ocupa una posición geográfica que muchos países desearían y que no se ha sabido aprovechar. En el corazón de Sudamérica, con acceso natural a los mercados del Cono Sur, la Amazonía y el eje andino, el país tenía —y aún tiene— las condiciones para convertirse en una plataforma logística regional. Sin embargo, durante décadas optó por el camino de la improvisación y el cortoplacismo, agravados por la politización de toda decisión estratégica.

Consulte también: Liberarse del masismo

El proyecto de convertir al aeropuerto de Viru Viru en un hub aéreo no es una ocurrencia reciente ni una fantasía tecnocrática. Es una idea estudiada desde hace años, sustentada en datos objetivos: baja altitud, disponibilidad de espacio para expansión, ubicación central que reduce distancias hacia los principales destinos regionales y cercanía a un polo productivo dinámico. Ninguno de estos factores es ideológico; todos son técnicos. Aun así, el proyecto fue postergado una y otra vez, no por inviabilidad, sino por desconfianza política hacia Santa Cruz y por la incapacidad del Estado de pensar el desarrollo más allá de la coyuntura.

Un hub aéreo no se impone ni “destrona” a otros. Se construye gradualmente, con estabilidad institucional, reglas claras que se sostienen en el tiempo y la decisión de pensar más allá del corto plazo. Puede complementar rutas, especializarse en carga, aliviar saturaciones regionales y conectar mercados hoy dependientes de terceros. Bolivia pudo haber avanzado en ese camino. No lo hizo.

Pero el error fue mayor. Incluso el mejor aeropuerto pierde sentido si no forma parte de una red logística multimodal. Ahí aparece el segundo gran proyecto abandonado: la articulación ferroviaria entre el oriente y el occidente del país. La desconexión histórica entre ambas regiones no es sólo un problema de transporte; es una falla estructural de integración nacional y de competitividad económica. Sin trenes que unan producción, aeropuertos, fronteras y corredores internacionales, Bolivia queda condenada a exportar e importar a un costo más alto y resignarse a ser un actor marginal en las cadenas regionales de comercio.

La combinación de un hub aéreo funcional con una red ferroviaria integrada habría permitido reducir costos logísticos, atraer inversión en servicios de carga y mantenimiento, generar empleo calificado y dar mayor valor agregado a la producción nacional. Pero el impacto no habría sido sólo económico. La infraestructura que conecta también integra, acerca regiones históricamente aisladas, dinamiza economías locales, amplía el acceso a mercados para pequeños y medianos productores y fortalece la cohesión territorial de un país fragmentado más por decisiones políticas que por su geografía.

Durante años se habló de corredores bioceánicos que atravesarían Bolivia y la convertirían en un eje natural entre el Atlántico y el Pacífico. Hoy, esos corredores avanzan por rutas alternativas. No fue un accidente. La inestabilidad social recurrente —bloqueos, conflictos permanentes, ausencia de garantías— actuó como un poderoso disuasivo para inversiones estratégicas y proyectos de largo aliento. Ningún corredor logístico se consolida donde el tránsito puede ser interrumpido por la arbitrariedad o el chantaje político.

Así, Bolivia fue quedando al margen. No por conspiración externa, sino por irresponsabilidad interna.
Pensar al país como plataforma logística exige algo más que obras; requiere un cambio cultural y político profundo. Supone entender que aeropuertos, trenes y carreteras no son botines regionales ni instrumentos de propaganda, sino infraestructuras de interés nacional. Supone aceptar que sin estabilidad, sin institucionalidad y sin reglas previsibles, ninguna ventaja geográfica basta.

El hub aéreo de Viru Viru y la integración ferroviaria no compiten entre sí; se necesitan. Juntos, podrían articular un sistema logístico capaz de insertar a Bolivia en las dinámicas regionales de comercio y transporte. Separados, y eternamente postergados, se convirtieron en símbolos de una oportunidad desperdiciada.
El problema, en el fondo, no ha sido técnico ni económico. Ha sido político y moral. Un país que renuncia a pensar estratégicamente termina siendo gobernado por el conflicto y desplazado silenciosamente de las grandes decisiones regionales.

Bolivia aún puede corregir ese rumbo. Pero para hacerlo debe abandonar la comodidad del discurso y asumir que el desarrollo no se proclama; se decide y se construye. Exige planificación y una visión de Estado capaz de imponerse a la mediocridad.

¿Habrá llegado, por fin, ese tiempo?

(*) Johnny Nogales Viruez es abogado y analista político

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