Europa en la zona gris
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Todavía resonaba la última campanada que anunció el nuevo año cuando el enésimo golpe de efecto de Trump nos trajo una noticia buena y otra mala. Caía un dictador (aunque su dictadura siga en pie) y el presidente norteamericano reconocía abiertamente que sus motivos no eran los que nos gustaría: lo de dominar el «hemisferio occidental» parece mucho más urgente que lo de devolver la democracia a los venezolanos: un nuevo y evidente signo de la dinámica darwiniana que van adoptando las relaciones internacionales. Europa observa inquieta esos desplazamientos, entre los que se incluye la exigencia de Groenlandia , reconociendo ya la posibilidad de que el inquilino de la Casa Blanca termine desmontando la alianza que nos ha protegido durante medio siglo largo. Pero, en paralelo, los europeos tendremos que seguir lidiando con amenazas persistentes, como las planteadas por un terrorismo islamista algo decaído (pero todavía pujante en África), un crimen organizado cada vez más invasivo y una presión creciente por parte de Rusia, ejercida sin proclamaciones formales, en la que me centraré. Durante 2025 Europa encadenó diferentes incidentes atribuidos a Rusia. Así, el pasado abril un ciberataque impactó sobre el sistema de control de una presa en Noruega. En mayo, Polonia denunció el sabotaje de una línea ferroviaria utilizada para el tránsito de material hacia Ucrania. En los meses siguientes varios cables resultaron dañados en el mar Báltico. En septiembre, drones procedentes de Rusia sobrevolaron infraestructuras críticas de Polonia y Rumanía y cazas rusos se internaron en Estonia. Y en octubre Ursula von der Leyen presentó estos hechos ante el Parlamento Europeo recurriendo a una etiqueta inquietante: «guerra híbrida». Por su parte, la primera ministra de Dinamarca, Frederiksen, advirtió que la guerra híbrida de Rusia colocaba a Europa en la situación más peligrosa desde la Segunda Guerra Mundial. Más preciso, el canciller Merz puntualizó que europeos y rusos hemos dejado de vivir en paz, aun cuando no estemos en guerra. En rigor, una guerra híbrida es un conflicto armado que mezcla el combate ordinario entre fuerzas regulares con acciones no militares, luego Merz tiene razón: no estamos en guerra con Rusia. Aun así, Putin lleva años provocando y hostigando a Europa con acciones ilegales y medidas dañinas que no reconoce: a los sabotajes, ciberataques y violaciones del espacio aéreo antes mencionados hay que sumar campañas de desinformación, operaciones de injerencia política, cortes de suministro, alteración de precios dirigidos a explotar nuestra dependencia energética, actos vandálicos, incendios, asesinatos, incluso el empleo instrumental de los flujos migratorios (con la ayuda de Bielorrusia). La acumulación de tales acciones, desplegadas tanto en las naciones del flanco oriental (Polonia y los bálticos) como en países del norte, del centro y del sur de Europa (España incluida) revela una estrategia rusa de «zona gris»: forma de confrontación en la que un Estado promueve acciones híbridas, al tiempo que niega su implicación y controla la escala y visibilidad de dichas acciones para evitar que desencadenen un conflicto armado. Promovidas mediante la intervención de los servicios de inteligencia y otras estructuras, funcionarios y figuras políticas de la Federación Rusa, medios de comunicación, empresas militares y de seguridad privadas y elementos criminales controlados por Moscú, las actividades rusas en la zona gris buscan alimentar divisiones dentro de nuestras sociedades y entre los Estados miembros de la Unión Europea, castigar a éstos por su apoyo a Ucrania, condicionar decisiones en Bruselas y tantear y calibrar el tiempo y la capacidad de reacción europea. Analistas y responsables europeos auguran una intensificación de toda esa actividad hostil de Rusia contra Europa a lo largo de 2026. Y pueden acertar. A fin de cuentas, Rusia necesita reducir la ayuda a Kiev, pero no puede usar medios militares convencionales para logarlo, ya que se arriesgaría a iniciar una guerra que no podría ganar. En esta coyuntura, continuar presionando mediante operaciones en la zona gris sigue siendo su mejor opción. Los niveles actuales de polarización política y la impresión de debilidad proyectada por la reducción de fuerzas estadounidenses en Europa y por las inciertas relaciones con Washington también podrían incentivar a Rusia. Además, el calendario político europeo para 2026, con elecciones previstas en Francia, Polonia, Bélgica, Rumanía o los Estados bálticos, ofrecerán nuevas oportunidades para intentar influir en los procesos democráticos y agitar el debate político con campañas de desinformación. Finalmente, incluso si Trump obligase a Zelenski a pactar un cese de las hostilidades en Ucrania (lo que no es descartable) las acciones híbridas podrían continuar, dado que Europa seguiría oponiéndose a los esfuerzos de Putin para ampliar y consolidar su influencia sobre el espacio postsoviético. En Casteu, la pequeña localidad belga que alberga el Cuartel General Supremo de las potencias aliadas de la OTAN en Europa, e igualmente en Bruselas, París o Berlín, se teme que la campaña que Rusia está librando en la zona gris contra Europa de lugar a algún incidente con consecuencias trágicas que podría ponernos al borde de una conflagración real. Pero también se tiene claro que la presión y los intentos de injerencia rusos obligan a actuar. La última versión de la Estrategia para la Seguridad Interior presentada por la Comisión Europea el pasado mes de abril ya instó a los Estados miembros de la Unión a incrementar la «resiliencia» frente a las amenazas híbridas, vinculando ese incremento al refuerzo de los sistemas de protección de infraestructuras críticas, redes de transporte, telecomunicaciones y de la ciberseguridad. Con todo, una estrategia integral contra las acciones hostiles de Rusia no puede articularse en torno al mantra único de la resiliencia. Es imperativo aumentar el trabajo de inteligencia y la colaboración entre servicios y agencias de seguridad europeas con vistas de elevar las opciones de anticipar las maniobras maliciosas e identificar y perseguir a sus autores. Asimismo, la lógica prioridad de evitar una guerra con el oso ruso no debería servir de excusa para permanecer pasivos ante sus acciones hostiles. Rusia debería aprender que tales actos traerán consecuencias: nuevas sanciones, medidas diplomáticas, acciones legales, etc. Aunque es en este último punto donde aparecen las disensiones: países como Polonia o los Estados bálticos defienden respuestas más firmes y visibles, mientras que Alemania o Francia prefieren un enfoque más prudente y no hay motivo para creer que tales discrepancias estén a punto de resolverse. También aquí, la endémica dificultad de los europeos para forzar acuerdos sobre asuntos estratégicos amenaza con retrasar una política necesaria frente a un adversario que nunca duda.
