Diplomacia del balón. El Mundial 2026 y la política
A Primitivo Rodríguez, en memoria.
México se prepara para recibir la Copa Mundial de Futbol 2026. Será la primera nación en organizar tres veces el torneo (1970, 1986, 2026), hoy bajo un formato que diluye el protagonismo entre tres países y, al mismo tiempo, concentra la presión logística en las ciudades sede.
Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México viven una transformación acelerada: obras de movilidad que buscan quedarse décadas, inversiones privadas que persiguen la demanda inmediata y una política pública que intenta equilibrar modernización con una realidad de desigualdad y déficit de vivienda.
El desafío: inclusión, conectividad, seguridad, hospedaje, ordenamiento territorial.
Jorge Valdano, campeón con Argentina en 1986 y exdirectivo del Real Madrid, nos decía que el futbol profesional opera como una industria del espectáculo, monetiza audiencias globales, marcas e infraestructuras, más que valores deportivos.
Su esencia no es la deportividad, sino el negocio construido alrededor del espectáculo que generan sus atletas.
La FIFA proyecta ganancias globales cercanas a 13 mil millones de dólares, mientras México apuesta a una derrama superior a 3 mil millones.
En CDMX, el Mundial impulsa más de 70 obras permanentes concentradas en el sur y el entorno del Estadio Azteca: mejoras al Metro, trolebuses, tren ligero, ciclovías y espacios públicos, junto con un fuerte componente de seguridad que vuelve la ciudad más transitable. También más vigilada.
Las afectaciones de estas obras se comienzan a notar. Comerciantes informales se quejan de una inminente expulsión y de falta de información por parte del gobierno capitalino.
La mayor tensión aparece en vivienda: el auge del hospedaje de corta duración puede sacar unidades del mercado de renta tradicional y convertir el Mundial en una disputa por el derecho a la ciudad.
El aumento en precios de hoteles, vivienda y restaurantes es, en principio, temporal. Sin embargo, la renovación de la ciudad y la mayor integración de plataformas como Airbnb fortalecerán los procesos de turistificación que ya asedian la capital.
El Mundial acelera la especulación y convierte la gentrificación en crisis de gobernanza.
El fenómeno se acompaña de una “burbuja” de servicios. Suben tarifas de transporte privado y seguros por siniestralidad y demanda; aparece la “gourmetización” que sustituye comercio local por franquicias y oferta de lujo, elevando el costo cotidiano en barrios intervenidos.
La gastronomía local se erosiona y las salsas se hacen cada vez menos picantes.
Los mundiales son siempre escenarios clave para la geopolítica. Los países anfitriones los utilizan para presumir modernidad y desarrollo, así como para fomentar el nacionalismo.
El mundial de Mussolini de 1934 fue un caso paradigmático de uso del deporte como propaganda política.
El mundial en Argentina (1978), en plena dictadura militar, supuso uno de los primeros casos de sportswashing, el uso estratégico del deporte para lavar o desviar la atención de violaciones a derechos humanos, autoritarismo y corrupción.
Las grandes y medianas potencias —así como los organismos internacionales como la FIFA o la UEFA— aprovechan estos grandes eventos deportivos para presionar y movilizar sus agendas particulares. Tras tras la invasión a Ucrania, se le ha prohibido a Rusia participar en competencias internacionales de futbol.
Diversos países europeos piden el mismo trato para Israel, pero la FIFA —tan cercana a Trump como para condecorarlo con un premio de la paz patito— no lo ha permitido.
Ahora, coincidirá con el inicio formal de la revisión del T-MEC. Veremos si la “diplomacia del balón” consigue cooperación.
Ante el ataque contra Venezuela y las amenazas de Trump contra Groenlandia, actores políticos europeos han llamado a arrebatarle el papel de anfitrión a EU o boicotear el Mundial.
Los llamados son ingenuos y serán a todas luces infructuosos, pero intentan que la edición del evento deportivo más seguido del mundo pueda moderar el actuar de Trump.
Si las movilizaciones sociales de Mineápolis se mantienen más tiempo y se extienden a ciudades anfitrionas —de mayoría demócrata, salvo Dallas—, Trump puede verse debilitado hacia las elecciones intermedias de noviembre.
El Mundial 2026 es, al mismo tiempo, acelerador y espejo. Acelera modernización urbana, integración económica regional y reposicionamiento internacional; y refleja las grietas: déficit de vivienda, desigualdad, presiones fiscales, tensiones metropolitanas.
El verdadero marcador estará en la capacidad de las ciudades para integrar las obras nuevas sin expulsar a sus habitantes.
El silbatazo final dirá si México usó el torneo como excusa para maquillarse o como oportunidad para transformarse.
¿Y después? El balance se medirá en mantenimiento e inclusión.
Lecturas sugeridas: “Futbol contra el enemigo” de Simon Kuper (Contra) y “Las futbolistas que desafiaron a Mussolini” de Federica Seneghini (Altamarea).
Gracias, LGCH.
