Melodramatizar: Premio Aguascalientes 2025
En la discordia entre los llamados poetas “afeminados” y los escritores de “la fiesta de las balas”, que vivieron contemporáneos, estridentistas y novelistas de la revolución en los veinte; o en la controversia entre poetas de la imaginación y poetas del compromiso, representados por Efraín Huerta y Octavio Paz a mediados del siglo pasado —uno con Los hombres del alba, el otro con Piedra de sol— y, más tarde en los años setenta, el propio Paz y Jaime Sabines, actualizando la disputa entre poetas cultos y poetas de la calle con poemas como Blanco y Algo sobre la muerte del mayor Sabines, da la impresión de que han tomado la delantera, en este primer cuarto de siglo, los partidarios de la invención directa, coloquial y, muchas veces, cimarrona. Pero, lo que leemos en nuestros días, ¿realmente deriva de aquellas diferencias y, en particular, de los mejores textos de aquella poesía que encarnaron tan bien Huerta y Sabines? En una primera aproximación diríamos que sí, porque lo que vemos en la nueva “lírica” mexicana es una abundancia encarnada con experiencias inmediatas y con dichos de nuestra habla. Sin embargo, al releer nos damos cuenta de que la confesión, la crónica, los diarios, las “micro historias”, los catálogos patéticos o los guiones intimistas, carecen del nervio expresivo de aquellos poetas. Huerta y Sabines podían haberse valido del recurso prosaico y del sentimiento crudo, pero huían de las emociones lacrimosas y la espontaneidad blandengue. El humor en uno y el impudor cínico en el otro atajaban, en sus piezas esenciales, el sentimentalismo de la experiencia común y no dejaban, contradictoria y lúcidamente, de ser líricos.Electrocauterización, algo como una llaga (FCE, 2025), de Anaclara Muro, nos ofrece una serie de textos objetivos y coloquiales, articulados en una narrativa fragmentada. Cada pieza explora la conciencia sorprendida y torturada por un padecimiento en los órganos sexuales femeninos y, en conjunto, nos propone crear el escenario de un malestar profundo. Sin embargo, el libro lleva el gran tópico del cuerpo y la enfermedad a un testimonio ideológico melodramático: “Él me pregunta si estoy bien/ y yo lloro/ y que más/ le grito que se vaya/ que no entiende/ que me deje en paz/ que necesito/ estar sola”. Monólogo lastimoso y realismo desgastado. Hace veinte años Pedro Guzmán publicó, bajo el auspicio de Hugo Gola, Hospital de Cardiología. El texto también exploraba la soledad, la enfermedad y usaba la visión realista, pero inventaba una reflexión penetrante de la modernidad. Un acto simple, acompañar a un familiar en terapia, trocaba a una idea múltiple y compleja. Este es el meollo del asunto. Un texto construido con puros hechos, con meras experiencias —factuales o verbales—, no crea un más allá poético ni correspondencias desconocidas. Cuando leemos a Idea Vilariño o a Carol Ann Duffy, nos deslumbra su capacidad para producir, con la experiencia, sentido y música significativos. En ellas, una circunstancia azarosa se vuelve conciencia necesaria, profunda mitología contemporánea. Muro vio un hecho auténtico, pero no lo volvió una idea poética, realidad honda. Otro problema es que los premios hayan dejado de ser una forma de valoración efectiva y acertada para convertirse en confusión, en malas elecciones y en promoción de grupos.AQ / MCB
