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La industria automotriz debe redefinir su historia

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Entre 2018 y 2024, las exportaciones manufactureras de la industria automotriz crecieron a una tasa anual promedio de 4.9 por ciento.

En 2025, por primera vez en mucho tiempo, no solo no crecieron, sino que cayeron en 4.2 por ciento.

Esto refleja un cambio importante en la estructura de las exportaciones mexicanas.

Al término del año 2022, las exportaciones automotrices representaban el 33 por ciento del total de las exportaciones manufactureras.

Al final del año pasado significaban el 27 por ciento del total.

Es muy claro que las exportaciones tanto de autos como de partes de vehículos han ido perdiendo terreno en el comercio exterior de México.

Por eso, la reunión sostenida por la industria del automóvil hace pocos días con la presidenta Sheinbaum es muy relevante.

México sigue teniendo al ecosistema automotriz como su principal rama de la industria.

Si logra revertir la tendencia a la baja, habrá muchas regiones en las que el desempeño económico será mucho mejor.

Pero, además, existe el dilema de las ventas de vehículos en el mercado interno. La llegada de los autos chinos en los últimos 5-10 años, cambió las reglas del juego.

¿Qué es lo que va a pasar ahora?

Trump ha dicho que quiere solo vehículos producidos en Estados Unidos, cosa que nunca va a suceder. Pero, al menos quiere que sus socios tengan reglas de acceso a los vehículos chinos semejantes a las que tiene Estados Unidos.

Eso significa poner aranceles altos a los vehículos chinos.

¿Encarecerán sus precios? ¿Cambiará la estructura de los mercados?

Hay demasiadas interrogantes respecto a esta reestructuración de la industria automotriz.

¿Cuáles son las grandes tendencias que habrán de prevalecer?

La primera es política y comercial. En Estados Unidos, como han reiterado la USTR, el Departamento de Comercio y asociaciones como la Alliance for Automotive Innovation, el auto dejó de ser un bien más: es un activo estratégico. El foco ya no es solo el precio, sino el control de insumos críticos y del software. Si Washington decide “cerrar puertas” a China, presionará a sus socios para que no se conviertan en ruta de entrada.

La segunda es tecnológica. La Agencia Internacional de Energía y BloombergNEF han documentado que la electromovilidad está trasladando el valor del motor al paquete de baterías, a la electrónica de potencia y al código que administra todo. En ese tablero, producir autos ya no es suficiente. La pregunta es si México puede escalar hacia componentes críticos e ingeniería, o si se quedará en el ensamble y en autopartes maduras, con menor margen y mayor vulnerabilidad.

La tercera tendencia es regulatoria. En Europa y en EU, los filtros se están moviendo del arancel al estándar: trazabilidad de origen, huella ambiental, seguridad del vehículo, ciberseguridad y cumplimiento aduanero. Para México, eso significa que el T-MEC será cada vez más una aduana con lupa. Quien no documente, no entra; quien no cumpla, paga. Esto vuelve esencial profesionalizar verificación, reglas de origen y control en la cadena de proveedores.

La cuarta es competitividad doméstica. Consultoras coinciden en lo mismo: energía suficiente y confiable, logística predecible, Estado de derecho y certidumbre regulatoria. Son variables que determinan dónde se instalan las nuevas líneas. Una planta de vehículos o baterías no se decide por un discurso, sino por kilowatts, tiempos y riesgo. En un entorno de tasas altas y competencia global, cualquier fricción se vuelve un impuesto.

La quinta es el mercado interno. La entrada de marcas chinas amplió oferta y presionó precios; también elevó la vara para el resto. Si se suben aranceles, la mezcla del mercado cambiará y el consumidor resentirá; si no se hace nada, la inversión productiva regional se desincentiva. El punto fino no es “cerrar” o “abrir”, sino poner reglas parejas y exigibles: seguridad, emisiones, verificación aduanera y condiciones fiscales equivalentes, de modo que la competencia sea real y no una asimetría.

Por eso la reunión con la presidenta importa: lo que está en juego no es un capítulo coyuntural, sino el lugar de México en la siguiente ola industrial.

Si el sector quiere recuperar dinamismo exportador, tendrá que acometer cambios estructurales: política industrial moderna, formación técnica, impulso a proveedores de electrónica y software, infraestructura, energía y logística.

En un mundo que se reordena a golpes, la resiliencia se construye con capacidades, no con nostalgia.