El legado ecológico del pueblo maya
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Una gran planicie sobre el lomo de un cocodrilo cósmico emergiendo de un estanque. Así imaginaban el mundo los antiguos mayas. Sus cuatro esquinas señalaban los puntos cardinales, y en el centro se erguía la ceiba sagrada que unía el cielo con el inframundo. Sobre esa Tierra inmóvil y plana (motivo por el que algunos consideran que fueron los primeros terraplanistas) los astros giraban con precisión matemática y no necesitaban telescopios para leer los eclipses ni brújulas para orientarse. Pero esta imagen del planeta no era un simple mito, era la base de una relación espiritual con el territorio, donde cada fenómeno natural tenía alma y propósito. Sin embargo, esta civilización, que se adelantó a nuestra comprensión astronómica y climática, que veneraba la lluvia como don divino y temía el rugido de Chaac, modificó su entorno de manera radical: cambió el clima antes de que Europa levantara sus primeras chimeneas industriales. «Al excavar canales y expandir su red agrícola para alimentar a una población creciente, liberaron gases de efecto invernadero y alteraron el equilibrio hídrico de la región. Su colapso coincidió con sequías prolongadas que sus propias prácticas intensificaron», explica el guía de turismo Raúl Villagómez mientras nos dirigimos al corazón del municipio de Tulum: el Parque del Jaguar. En este territorio único de casi 3.000 hectáreas, que integra el Parque Nacional Tulum y el Área de Protección de Flora y Fauna Jaguar, naturaleza e historia se entrelazan. Un proyecto ideado para preservar el equilibrio ecológico de la región de Quintana Roo, que atesora importantes valores ambientales y arqueológicos. Para ello han reorganizado senderos, creado ciclovías y rutas de transporte eléctrico para reducir el impacto y crear todo un corredor ecológico que conecta hábitats antes fragmentados y que ahora permiten el libre tránsito de la fauna: ocelotes, monos araña, pecaríes de collar, iguanas negras, armadillos... y en especial del jaguar, emblema vivo de estas tierras y figura sagrada en la que el dios del Sol se transformaba para viajar de noche por el mundo de los muertos. Pero además, este parque alberga la Zona Arqueológica de Tulum, tercer sitio prehispánico más visitado de México, y el Museo Regional de la Costa Oriental (Mureco), inaugurado en septiembre de 2024, que ofrece tres salas permanentes y más de 300 piezas que narran el esplendor de la cultura maya. Nos trasladamos en coche eléctrico por los senderos del Parque del Jaguar mientras pasamos por una colosal estructura circular de casi 30 metros de altura. Una torre de avistamiento que ofrece (eso sí, después de subir 137 escalones) vistas panorámicas de la selva y el mar. Caminamos bajo un sol imponente hasta la zona arqueológica de la ciudad que los mayas conocían como Zamá (amanecer). Un nombre nada casual ya que el primer rayo de sol que se alzaba sobre el Caribe mexicano bañaba sus murallas y templos, convirtiendola en una atalaya luminosa. «Los españoles la bautizaron como Tulum porque preguntaron a los nativos el nombre del lugar pero señalando a los muros que la rodeaban, algo poco común en las ciudades mayas», explica Raúl, quien puntualiza que fue un enclave marítimo crucial. A diferencia de otras ciudades mayas de interior, aquí el comercio se realizaba por mar. Hasta sus acantilados llegaban canoas cargadas de jade, obsidiana, sal y textiles que navegaban entre arrecifes (el segundo más grande del mundo después de la Gran Barrera de Coral en Australia) guiadas por 'El Castillo', la estructura más alta de la ciudad, que servía también como faro nocturno, gracias a antorchas que encendían en su cima. Pero Tulum también constituía un centro de observación y advertencia. En el Templo de Ehécatl —el dios del viento, asociado a Kukulkán— los mayas crearon un sistema ancestral de alerta de huracanes. La estructura, de base redonda, estaba diseñada para permitir que el aire circulara sin resistencia; cuando los vientos ciclónicos se acercaban, el flujo se concentraba en un pequeño orificio que emitía un silbido agudo y, a modo de sirena prehispánica, ponía en alerta a la población. Mucho antes de los satélites y radares meteorológicos, los mayas entendían los ritmos atmosféricos. Observaban la dirección de los vientos, las mareas, la formación de nubes y el comportamiento de los animales para anticipar tormentas tropicales y huracanes. Además, usaban los solsticios, equinoccios y los pasos cenitales del sol para medir tiempos agrícolas, plantar y cosechar. Pero además de estos edificios, encontramos el Templo de los Frescos, con murales aún visibles con representaciones de seres del inframundo; la Casa del Cenote, construida sobre una cueva con aguas subterráneas, que para los mayas unía el mundo humano con el espiritual a través del líquido sagrado. Los palacios, como la Casa de las Columnas o el del Gran Señor, que dan fe de una organización política y social sofisticada, mientras que los templos menores —dedicados al Sol, a Venus y a deidades descendentes— servían de calendario celeste y escenario ritual. Y, precisamente, uno de los rituales más antiguos de Mesoamérica es el que pudimos vivir en la comunidad maya de Dos Palmas: el temazcal. Su nombre proviene del náhuatl temazcalli, «casa de sudor», y se refiere tanto a la estructura circular de piedra como a la experiencia espiritual que tiene lugar en su interior. Porque para los mayas no era un simple baño de vapor, era un regreso simbólico al vientre materno, a la madre Tierra, y un espacio de purificación física, mental y espiritual. Hoy, muchos temazcales sobreviven en comunidades mayas de Quintana Roo, donde viajeros buscan reencontrarse con este conocimiento ancestral. Tras un ritual de iniciación entramos en una pequeña casa abovedada de unos cuatro metros de diámetro en cuyo centro se colocan piedras volcánicas que simbolizan a los ancestros. Cuando el chamán cierra la puerta comienza a verter agua infusionada con hierbas medicinales y aromáticas como copal, hojas de chukum y otras plantas locales. El silencio y la oscuridad son solo interrumpidos por los cánticos que rinden culto a la naturaleza. El sudor (doy fe) se convierte en ofrenda y en acto de purificación en este ritual que los mayas llevaban a cabo en momentos de transición como el inicio de un nuevo ciclo agrícola, el nacimiento de un hijo, la preparación para la guerra o la sanación después de una enfermedad. Era, y sigue siendo, un renacer y un acto de comunión con la Tierra. Al salir, nada como un baño en las transparentes y frescas aguas de un cenote. También el corazón húmedo y silencioso de la selva de Quintana Roo ha abierto recientemente sus puertas al público el complejo maya de Ichkabal. Su nombre significa «entre bajos», en referencia a la peculiar geografía de la zona: terrenos húmedos, depresiones naturales y masas de agua. Descubierta en 1995 por el arqueólogo Enrique Nalda, permaneció oculta bajo capas de tierra, raíces y la sombra de los árboles. Sus pirámides alcanzan hasta 40 metros de altura y su extensión de aproximadamente 30 km² la convierte en una de las mayores ciudades mayas conocidas. «Los vestigios indican que fue un centro político y económico clave desde el Preclásico tardío (alrededor del 400 a.C.) hasta el Posclásico tardío (1500 d.C.), mucho antes de que Chichén Itzá se consolidara como metrópoli», explica el guía del complejo. Su gran plaza, rodeada por tres colosales basamentos piramidales y una aguada de una hectárea, revela la sofisticada ingeniería hidráulica del pueblo maya que la almacenó y distribuyó para abastecer a miles de habitantes. Este dominio técnico, combinado con su urbanismo avanzado, sugiere que Ichkabal pudo haber sido el epicentro original del poder maya en la península del Yucatán. Hoy, caminar entre sus estructuras es adentrarse en un tiempo anterior. No hay multitudes ni carreteras asfaltadas que conduzcan directamente al complejo. Sólo hay selva, senderos y el murmullo persistente de la vida natural. La apertura de Ichkabal forma parte del programa de mejora de zonas arqueológicas ligado al Tren Maya, también llamado Tsíimin-K'áak, que significa 'Caballo de Fuego'. Constituye la infraestrucctura ferroviaria más importante de México y está impulsando el crecimiento económico y turístico del sureste, ya que con su recorrido se pueden hacer distintas rutas: arqueológica, reservas naturales y cultura viva. Lejos de lo que se podría esperar, un tren histórico o tematizado, tiene un diseño moderno y solo el exterior de los vagones está inspirado en la cultura maya, con colores y texturas del arte regional. Y es a través de sus amplias ventanas panorámicas desde donde se puede observar los imponentes paisajes, la cultura y la gente de los cinco estados del sureste que comprende su recorrido. Con todas estas joyas naturales y culturales, Quintana Roo, en el corazón del Caribe mexicano, es algo más que un destino turístico: es un puente entre pasado y futuro Este territorio recuerda que la grandeza de una civilización no se mide solo por lo que construyó, sino también por lo que protegió. Hoy, recorrer estas tierras no es solo descubrir templos, rituales y mitos ancestrales, es también heredar la responsabilidad de preservar un legado natural y cultural que pertenece a toda la humanidad. Información: Soltour . Vuelos: Directo a Cancún, todos los días desde Barcelona y Madrid. Dormir. Bahía Príncipe Grand Tulum; AVA Resort Cancún. Todo incluido.
