Discursos en Davos, un nuevo orden mundial
Davos 2026 no fue un foro de consensos. Lejos de las declaraciones rituales sobre cooperación y estabilidad, las principales potencias llegaron a Suiza a explicitar cómo entienden el poder, la soberanía y la coerción en un sistema internacional que ya no opera bajo reglas compartidas. Como era de esperar, el eje de rotación fue la dominación cruda estadounidense y la nueva comprensión sobre relaciones bilaterales con el gigante norteamericano.
En perspectiva. Davos dejó claro que el segundo ciclo de Trump busca reordenar el orden internacional bajo criterios de utilidad estratégica directa para EE. UU., incluso al costo de erosionar alianzas y reglas previas.
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En su discurso, el Trump estableció que el acceso al mercado estadounidense y la seguridad ahora son beneficios condicionales. Las tarifas ya no son solo política económica, sino herramientas de coerción geopolítica y de negociación territorial, industrial y estratégica.
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Lutnick, el secretario de Comercio, estableció la narrativa ideológica-económica. La globalización fue sustituida por reindustrialización dirigida, cadenas de suministro securitizadas y política industrial agresiva.
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Bessent, el secretario del Tesoro, cumplió el rol de estabilizador financiero. El discurso intentó normalizar la volatilidad como costo aceptable y subordinó la arquitectura financiera —bonos, el dólar y la Reserva Federal— a la estrategia nacional.
Punto de fricción. En contraposición, Mark Carney, el primer ministro de Canadá, llegó a Suiza a abogar por el nuevo rol de los poderes medios del mundo, aceptando las nuevas reglas del juego.
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Carney describió un mundo que vuelve a una lógica de poder, donde “los fuertes hacen lo que pueden, los débiles sufren lo que deben”. Sutilmente, el primer ministro dilucidó que EE. UU. ha convertido la interdependencia y las cadenas de suministro en instrumentos de presión política.
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En su exposición, el mandatario dejó claro el rol de las potencias medias del mundo: o se construye una autonomía real o se acepta la subordinación estructural hacia las grandes potencias.
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Su discurso respondió preventivamente a la amenaza explícita de Washington de imponer aranceles del 100 % si Ottawa se desvía del alineamiento estratégico estadounidense para formar una alianza comercial con China.
Ecos regionales. Europa aparece en Davos como un actor que descubre tarde que el mundo ya no funciona por consensos, reglas implícitas y garantías automáticas.
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El enfoque sobre la autonomía estratégica de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, fue un reconocimiento de dependencia acumulada en materia tecnológica, militar, energética y financiera.
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Von der Leyen insiste en independencia, en defensa y tecnología e industria crítica, respondiendo de manera reactiva —por presión de las tarifas estadounidenses— y no por diseño propio.
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En paralelo, ha habido una escalada de militarización limitada en varios Estados europeos. No obstante, después de la debilitación de la OTAN, esto supone riesgos para estos países, haciendo memoria de los eventos anteriores a la Segunda Guerra Mundial.
En conclusión. El Foro Económico Mundial no mostró un mundo en transición ordenada, sino un sistema que sobrelleva una crisis por una ruptura tajante y estructural. El resultado del reorden del poder es un escenario más inestable, transaccional y propenso al conflicto, donde los fuertes vuelven a organizar la política internacional a su conveniencia.
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Las reglas, cada vez más, dejan de ser el punto de partida para convertirse en el botín de la negociación en un juego que seguirá sumando cero por un largo intervalo de tiempo.
