De la Rubia, el rey del instrumento
0
Una nueva propuesta de la OBS, en este caso contando con dos solistas, de los que uno era responsable de la dirección del conjunto. Este no era otro que el violinista Ignacio Ramal , colaborador habitual de la orquesta como concertino; y el invitado era el organista Juan de la Rubia que si su instrumento era nombrado en el programa como el rey de los instrumentos, a él lo podríamos nominar como rey de la velada y del instrumento que toca. Lo ha traído en un vehículo y a pesar de ser un órgano 'pequeño' , debe pesar lo suyo. A cambio nos garantizó que cada vez que lo hacía sonar hacía hervir la sangre de cualquier melómano que se precie, sin dejar atrás que el impulso que lo mueve es tan imperioso como el mismo instrumento. La entrada, por ejemplo, en el 'Grave' del 'Concierto para violín y órgano' en Re menor RV 541 ya nos ponía en antecedentes de su manera de entender el atractivo del órgano, y no es otro que mantener con vigor la melodía y aplicar, ya como entrada o sobre el acompañamiento, notas pedales (tenidas), pero de diferentes 'colores' o sonidos. Estos los cambiaba a la vista del público mediante un sistema que nos recordaba a las marchas de un gran vehículo y que seleccionaba para buscar una variedad tímbrica espectacular, de forma que no nos cansase nunca cualquier elección propuesta. Así, esta entrada bellísima sobre estos largos sonidos dio paso a un pasaje contrapuntístico 'a solo' de una claridad y brillantez portentosa. A Miguel Rincón no lo veíamos desde 'Il Combattimento', y aquí le pudimos oír con claridad en los ribetes que tejió en su acompañamiento al órgano. Naturalmente, tanto en el primer movimiento como en el tercero asistimos a las imitaciones de ambos instrumentos solistas o su superposición, alcanzando un máximo virtuosismo en este último 'Allegro'. Y qué decir del 'Concierto para órgano y orquesta' en Fa mayor, 'El cuco y el ruiseñor', HWV 295 en donde las melodías se cruzaban con el 'piar' de los pájaros, aportando esa ficción de sentir las aves interrumpiendo el canto del instrumento desde distintos puntos (a diferentes alturas del teclado). No cabía duda de que el programa era de gran alegría y brillo, a la vez que de variedad, como la ' Sonata en trío para flauta de pico, violín y continuo' en Do menor HWV 386' , en donde la flauta era asumida por Pedro Castro , habitual colaborador de la OBS como oboísta, que aquí hacía dúo con Ramal. Nos extrañó que este abandonase su puesto de concertino para situarse a la derecha, dejando su puesto a la flauta: su violín proyectaba hacia el fondo del escenario, con lo que perdía presencia. Puede que pensase que así equilibraría el sonido de la flauta, pensando en ella como sonido más débil, y creemos que no. Ya nos había llamado la atención ver en el grupo al completo las violas a la derecha, junto al continuo . Esto no es extraño, pero desde el inicio notamos los violines algo opacos, y encima con las violas 'de espaldas' al público y al otro lado del escenario: pensamos que así no se ganaría brillo precisamente. Tampoco es la primera vez que se colocan todos de pie , incluyendo el violonchelo. Estos instrumentos no están pensados para esto, y su sonido más bien grave tiende a expandirse hacia todos lados, al contrario que los agudos que priorizan la línea recta. El único que tocó sentado fue Rincón, imaginamos que por estar en primera fila, pero hemos visto a Múlder tocar la tiorba de pie en innumerables ocasiones. En fin, ya desde el principio notamos un sonido oscuro y poco definido, lo que podía afectar a los pasajes polifónicos, desde un punto de vista textural, e incierto, en tanto presencia de color, por mucho que afinaron durante toda la velada. La presencia de Ramal fue continua, casi siempre como coprotagonista del órgano, excepto en el 'Concierto para violín en Re menor BWV 1052R' de Bach , 'reconstruido` por él mismo. No sabemos si el instrumento, las cuerdas, la resina o qué otorgaban a su violín un carácter de sonoridad recortada, a lo que se añadía el empeño de reducir una partitura para teclado al violín, lo que en pasajes más polifónicos, por ejemplo (dobles cuerdas a velocidad diabólica), pusieron en verdadero aprieto al joven violinista. La verdad es que el 'Concierto para órgano y orquesta' en Sol menor HWV 289 con el que concluía el programa vino a traer lo mejor del programa por parte de todos, en pos de la antorcha organística que iluminaba el camino: de nuevo la melodía surcaba las notas tenidas de alturas y colores diferentes, con un plus de espacialidad más propio de un teclado electrónico que de este mecánico. No es de extrañar que lo lleve consigo. Tras el 'Larghetto' siguió un 'Allegro' al que seguía sacando los colores y añadía un virtuosismo feroz, a partes iguales. El 'Adagio' fue para él solo, y su claridad expositiva, su gradación tímbrica o su invisible vaivén iba envolviéndonos en una trampa de la que no queríamos salir. En el último movimiento, la orquesta pareció alejar sus velos y procuró perfectas afinaciones, compartiendo unísonos pulcros y meritorios, tanto solos como con el órgano. Todavía cupo una brevísima propina, en la que De la Rubia no tuvo empacho en darnos hasta su número de opus: HWC 292 ('Allegro') , que tuvo el mismo rotundo éxito.
