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El fútbol y la cultura de la violación

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Carlos Zambrano, Miguel Trauco y Sergio Peña han sido denunciados por violación sexual. Una vez se resuelva la controversia de competencia, entre el lugar de los hechos (Uruguay) y el de la denuncia (Argentina), lo más probable es que la investigación avance y se determine el tipo de responsabilidad penal. Sin embargo, el problema de fondo de este caso tiene otra ubicación: Perú.

Ni bien se difundió la noticia, los tres jugadores del Alianza Lima fueron separados del club y sometidos a un procedimiento disciplinario. Según un escueto pronunciamiento institucional, Alianza Lima está dispuesta a “colaborar con las autoridades mientras se realizan las investigaciones correspondientes”. El comunicado – que ni siquiera aparece en todas de las redes oficiales del club – no hace mención al tipo de denuncia: violación sexual. No hay ninguna reflexión en torno a la significancia de este tipo de agresión en nuestra sociedad.

Los tres jugadores han vestido también la blanquiroja y son referente para la juventud peruana. Frente a la denuncia y a las circunstancias en que habrían ocurrido los hechos, la Federación Peruana de Fútbol tampoco ha dicho absolutamente nada.

La normalización de la violencia

Conocida la denuncia, notorios personajes del mundo deportivo empezaron con el discurso justificador. Quizá uno de los más preocupantes es el de Pedro García, periodista deportivo que dijo “dentro del desatino, del error, del pecado de seducir a una chica, obligarla, presionarla y tener acceso carnal…dentro de esa inconducta hay la condición humana, eso es un ser humano, un ser fallido.”

Este discurso encierra varias afirmaciones preocupantes. Primero, una afirmación combatida hace mucho por el feminismo, equiparar un delito sexual, una agresión de género, con una debilidad carnal. Ponen la violación sexual como un acto que debe ser comprendido, aceptado, en el marco de una sorprendente solidaridad con el victimario. Peor aún, si el tema de fondo es el pecado, entonces la solución está en el fortalecimiento de la fe.

Como señala Rita Segato, la violación sexual no es un acto de placer. No es un problema de la libido descontrolada o el deseo desenfrenado. Es un acto de poder. Es un acto de dominación. Es un ejercicio pedagógico llevado adelante por un sujeto que está disciplinando a la persona violada, la mayoría de las veces una mujer. La transforma en un objeto, la reduce a un cuerpo despojado de su voluntad.

La cultura de la violación es escalofriante y lastimosamente sigue vigente en el país.

En segundo lugar, la afirmación de García incluye una valoración de la condición humana. Pero no se refiere a los seres humanos en general, está haciendo una afirmación sobre la condición masculina. Este tipo de “fallas” – como cometer una violación grupal contra una mujer – son parte constitutiva del ser masculino.

Volviendo a Segato, nuestras sociedades educan a los hombres en un mandato masculinidad, aprendida desde la crueldad, que no sólo normaliza la violencia, sino que la vuelve un imperativo, una condición necesaria para poder probar que son hombres.

Ella se lo buscó

Otro paquete de “defensores” usa la clásica falacia ad hominem: atacar a la persona que hace la denuncia. Acá las baterías están puestas en desacreditar a la denunciante. Aunque resulte triste, no es una sorpresa que otros exjugadores de futbol se sumaran a este discurso. Juan flores dijo “Yo también he sido futbolista. Creo que una mujer, cuando te invitan a cenar, ya es normal. Pero al siguiente día le dices ‘amiga, estoy en el hotel’. Si tú vas es por algo, no vas para vernos la cara”.

Este argumento es grave pues elimina del debate – pretendiendo también eliminarlo del análisis jurídico – cualquier hecho u acción que pueda haber ocurrido después que una mujer “va al hotel”. La lógica depredadora se muestra desnuda, si ella fue entonces quiere decir que sí quería y no hay más vuelta que darle. Es similar a quienes argumentan que las mujeres que sufren tocamientos indebidos en una discoteca “se lo buscaron” porque fueron “provocadoras”. Una versión pelotera del excardenal Cipriani que acusaba a las mujeres víctimas de violencia sexual de “ponerse en escaparates”.

Más allá de la “indisciplina”, la cultura machista

Los más críticos han hecho énfasis en los problemas de “indisciplina”, a que la presunta violación ocurrió cuando el equipo se encontraba fuera del país en una concentración de pretemporada. Navarro, directivo de Alianza Lima, ha dicho “lo que está confirmado es que ingresaron, esa es la indisciplina. Eso es lo más importante”.

Sí, está confirmado que los jugadores estuvieron con mujeres en habitaciones de un hotel por fuera de la concentración oficial del club. Pero no, no es lo más importante. Lo más importante es que hay una denuncia de violación que, dada la cultura machista en el fútbol peruano, es lamentablemente muy verosímil.

La indignación que ha generado en un sector de la hinchada, es que esta es una práctica bastante habitual. La “indisciplina” de los jugadores que se han mantenido en el club era conocida y pese a eso los directivos decidieron mantener sus contratos ¿No los hace entonces a ellos también en parte responsables?

El futbol es un deporte que despierta la pasión de millones. Pero también tiene una lógica perversa cuando se vuelve un espacio de reproducción de un tipo de masculinidad tóxica, violenta y machista.

Pero esto puede y debe cambiar. Las mujeres cada vez estamos más vinculadas al fútbol, no sólo como hinchas, sino como profesionales. Hay también jugadores, entrenadores e hinchas que han buscado combatir esta lógica perversa y cambiarla por una de compromiso profesional y ético, de respeto a todas y todos, pero siguen siendo una minoría.