‘Severance’: De las muchas formas en que se dice una separación
¿Quién no ha soñado, luego de un largo día de trabajo, con ser desconectado de las preocupaciones laborales para disfrutar de, al menos, una pequeña fracción de tiempo libre? ¿Quién no ha anhelado el arribo del “fin de” para acceder a esa utopía mínima de sentarse en pijamas frente al tele, no tanto a no pensar en nada, como a no pensar en esas obligaciones nimias, y sin embargo ubicuas, que acabamos de dejar atrás con la semana? ¿Quién no ha deseado que las preocupaciones profesionales se queden allí adonde pertenecen, en ese mundo tan a menudo gris que reclama todas nuestras fuerzas de lunes a viernes?
Severance, la serie de Dan Erickson producida por Ben Stiller, indaga en la separación de base que estructura este tipo de anhelos. Se trata, en buena medida, de volver sobre la vieja pregunta por la alienación y de actualizar sus términos en el contexto del teletrabajo y el capitalismo informacional.
Resumen ejecutivo de ‘Severance’
En el caso de Severance, el argumento opera, en el sentido literal del término, a la manera de un alegato. Mark (interpretado por Adam Scott) es un hombre que sufrió la espantosa pérdida de su pareja y que se somete voluntariamente a un procedimiento para separar su yo profesional (su innie) de su yo personal (su outtie).
La separación compartimentaliza asimismo la memoria: el Mark de adentro no puede recordar lo que hace el Mark de afuera y viceversa. La alienación opera así en dos vías: por un lado, Mark se encuentra enajenado del producto de su trabajo, pero además, amputado de memoria, se encuentra expropiado de su pérdida afectiva.
La premisa de la serie es entonces, también, una declaración: dentro del estado actual de cosas nos encontramos más separados que nunca antes de nosotros mismos. La serie, vale decir, se presenta acaso como un diagnóstico sobre el efecto del trabajo en el sujeto contemporáneo, pues como Mark, también nosotros habitamos un mundo irremediablemente separado, donde nuestras auténticas aspiraciones no se tocan con esas odiosas tareas a cambio de las cuales recibimos un salario. Como Mark, también vivimos existencias separadas.
Tramas paralelas
En este marco, la serie despliega dos tramas paralelas (con sus correspondientes espacialidades, conflictos y estéticas) que no alcanzan a ponerse en contacto. La serie plantea en el espectador una expectativa extraña: la de ver actuar a un héroe que, para redimirse, requiere salir de la enajenación propia de esos dos mundos aparentemente inconmensurables pero fácticamente interconectados mediante la alienación.
Si para Marx, dentro del capitalismo, el tiempo de ocio es apenas el tiempo requerido para acumular fuerzas y así poder volver al trabajo, en Severance es más bien el trabajo el que prodiga alivio de un ocio acaso más insoportable que la vida laboral misma. Ocio y trabajo operan, de este modo, cada uno como el reflejo fantasmático del otro.
Uno de los aspectos más atractivos de Severance reside, así, en su reflexión acerca de la naturaleza del trabajo en este mundo ficcional dual tan similar al mundo contemporáneo. Una vez que Mark se interna en el edificio de Lumon Industries (la empresa donde labora y que, además, es la que ofrece el procedimiento médico que hace posible la separación) lleva a cabo una serie de tareas cuya finalidad desconoce.
Significativamente ubicada en un aséptico sótano (que opera como una suerte de localización del inconsciente del capital financiero, aunque también como una referencia a la caverna platónica), la oficina constituye un espacio lleno de frases motivacionales y de un “clima organizacional” (para hacer un uso de la jerga neoliberal hoy dominante en el mundo corporativo) donde prima un positivismo tóxico y un singular tipo de vigilancia en la que el “colaborador” no solo debe producir, sino también fingir que es feliz mientras lo hace.
La actividad que tiene lugar en Lumon (una indescifrable manipulación de números que no pareciera llevar hacia ninguna parte) escenifica el tipo de trabajo abstracto que prima hoy en el actual capitalismo informacional. Mientras que en las sociedades industriales los trabajadores que nos precedieron al menos guardaban una relación física y material con la mercancía que producían, los nómadas digitales y teletrabajadores del actual capitalismo cognitivo entablamos relaciones más bien abstractas y deslocalizadas con el resultado de nuestro esfuerzo.
Lo que no cambia es la dinámica de expropiación: si ayer se le sustraía al obrero su fuerza de trabajo a secas, hoy se le sustrae también el conocimiento, amén de su ligamen con las cosas y el mundo.
Políticas del olvido
Al lado de todas estas alegorías políticas, Severance presenta también una reflexión acerca de la relación entre vida y memoria. Ya hemos dicho que Mark se somete voluntariamente a la compartimentalización de sus recuerdos. Lo hace porque no puede sobrellevar de otra manera la pérdida que lo aqueja, pero también porque no consigue componer un relato coherente o integral en torno a su vida.
La ficción, que parece situarse en un tiempo fuera del tiempo (los acontecimientos podrían ubicarse en un futuro próximo, pero los modelos de los carros, los celulares y el resto de aparatos tecnológicos parecieran remitir mediante su estética vintage a un tiempo pretérito) apenas e hiperboliza un poco nuestra actual relación con el pasado.
Los recuerdos de Facebook, o ese catálogo de imágenes de nuestras vidas acopiado en el enorme repositorio que es Instagram, desdoblan el vínculo afectivo y lo convierten tanto en lo vivido como en lo representado. Las redes son hoy una prótesis de nuestra memoria, una tecnología que administra nuestra capacidad para fabricar recuerdos o, en su defecto, desecharlos.
No obstante este sombrío panorama, y sin ánimo de acabar con un olímpico spoiler, hay que decir que, además de todo lo anterior, la serie es también un recordatorio sobre la imposibilidad de colonizar por completo la psique. A saber: todo intento de separar al ser humano por completo de sí mismo se encuentra, al menos en el universo ficcional de Severance, condenado al fracaso, en la medida en que una fuerza invencible pareciera palpitar dentro de los personajes. Y lo que esa fuerza clama no es otra cosa que reconciliación.
