La casa de playa existe, la oferta no: este es el nuevo engaño con alquileres vacacionales
Si usted está pensando en alquilar una casa para vacacionar este verano o en Semana Santa, conviene extremar precauciones. Lo que parece una búsqueda normal para un descanso familiar puede convertirse, sin previo aviso, en una estafa bien armada, de esas que se aprovechan de la confianza, la experiencia previa y la urgencia de asegurar alojamiento en temporada alta.
Eso fue lo que empezó a notar un empresario de apellido Soto, verdadero dueño de una casa de lujo ubicada en playa Flamingo, Santa Cruz de Guanacaste, cuando a finales del 2024, y con mayor fuerza a inicios del 2025, comenzaron a llegarle mensajes inesperados. Personas desconocidas le preguntaban si una oferta que habían visto en una página de Facebook era real.
La casa nunca se anuncia en redes sociales. Solo se alquila mediante plataformas formales como Airbnb. Sin embargo, delincuentes estaban usando fotografías reales del inmueble, su ubicación exacta y descripciones detalladas para ofrecerla como si fuera un “alquiler directo”, fuera de plataforma.
“El gancho casi siempre es el precio. La gente investiga, compara y algo no le calza. Entonces llegan a la referencia auténtica de mi casa en Airbnb y me escriben para preguntar si es cierto”, contó Soto.
No lo era. En todos los casos, se trataba de una estafa.
El libreto que usan los delincuentes está cuidadosamente ensayado. Aseguran que la casa aparece “bloqueada” en Airbnb porque se alquila directamente por fuera de la plataforma y, a cambio, ofrecen un precio “especial”. Aunque ese monto es irreal frente al valor real del mercado, resulta lo suficientemente atractivo como para generar confianza.
La conversación continúa por WhatsApp: responden rápido, envían más fotos, ofrecen documentos de identidad, supuestas cédulas jurídicas e incluso proponen videollamadas “para generar confianza”. El objetivo es claro: llevar a la víctima hasta el depósito inicial, casi siempre del 50%, por Sinpe o transferencia bancaria.
Dueño intentó alquilar su propia casa a un estafador
Para entender cómo operaban, Soto decidió seguirles el juego. Le ofrecieron su propia casa en ¢1,2 millones por varios días a fin de año y le pidieron un adelanto de ¢600.000. En realidad, esa vivienda −como otras similares en la zona− puede alquilarse hasta en $1.500 la noche (alrededor de ¢750.000 por noche).
Cuando el empresario pidió datos más precisos −número de cuenta, cédula y una fotografía del documento de identidad− la actitud cambió de inmediato.
“Me dijeron que estaba atentando contra su confidencialidad. Luego intentaron hacerme una videollamada. Yo no la acepté; no me interesa que un criminal me conozca”, relató.
Para Soto, ese recurso también forma parte del engaño. “No es para aclarar dudas, es para disuadir”, afirmó.
El impacto de este tipo de estafas va mucho más allá del dinero perdido. Al menos tres familias llegaron físicamente hasta la casa en Flamingo, convencidas de que tenían una reservación válida. Algunas viajaron hasta siete horas, con niños pequeños, luego de reunir con esfuerzo el dinero para vacacionar.
“Son personas de bajos recursos que llegan con toda su familia y se encuentran con que no hay ninguna reservación. Ahí se dan cuenta de que fueron estafadas”, contó el propietario.
Según sus estimaciones, entre 10 y 12 personas habrían hecho depósitos siguiendo los pasos de los estafadores, y al menos 18 afectados contactaron a Soto directamente. El propietario no se atreve a estimar el monto de las pérdidas, pero solo entre estas familias, la cifra podría superar varios millones.
El temor es que el esquema se reactive con más fuerza en Semana Santa.
Uno de los afectados fue un hombre de apellido Zamora, administrador de empresas, acostumbrado a alquilar casas vacacionales y familiarizado con estos procesos. El contacto fue el de siempre: primero Facebook, luego WhatsApp. El precio parecía razonable dentro del contexto de una “oferta”: ¢300.000 por dos noches, descuento por pago inmediato e incluso desayuno incluido.
“No levantó ninguna alerta. Yo nunca pago el 100%, siempre el 50% para reservar”, explicó.
Zamora transfirió ¢155.000. Al pedir más detalles, recibió documentos y datos que parecían legítimos. Todo encajaba, hasta que decidió cuestionar el precio.
“Cuando pedí más información y empecé a cuestionar el precio, la comunicación se cortó”, relató.
La confirmación final llegó al contactar al verdadero dueño a través de Airbnb: había sido víctima de una estafa.
Un delito que crece como la espuma
Las estafas electrónicas incluyen venta de bienes pequeños, como celulares o computadoras y servicios como el alquiler de las propiedades. Todas se han disparado en los últimos años. Este mes, el Organismo de Investigación Judicial (OIJ) confirmó que las denuncias por estafas electrónicas pasaron de 7.095 en 2024 a 10.027 en 2025 (41% de repunte), para un delito que se proyecta como el más importante para los próximos dos o tres años.
Tal es el impacto de este fenómeno, que los delitos contra la propiedad bajaron en ese mismo periodo un 11%, según datos del Organismo.
La Policía Judicial atribuye esta baja a que para los antisociales es más rentable y seguro dedicarse a estafar que arriesgarse a ser identificados o detenidos en un asalto o robo.
Para Soto y las personas afectadas, lo más alarmante es el nivel de sofisticación. No se trata de improvisación. Los estafadores conocen el lenguaje del alquiler vacacional, anticipan preguntas y se apoyan en la experiencia previa de las propias víctimas.
“El objetivo no es cobrar todo, es cobrar el enganche y repetir el mismo patrón con muchas víctimas”, resumió Zamora, quien ya presentó la denuncia.
El empresario también está en proceso de acudir a las autoridades y advierte de que las páginas falsas cambian constantemente de apariencia, aunque reutilizan la misma información.
Su recomendación es clara: desconfiar de precios demasiado buenos, evitar pagos fuera de plataformas formales, verificar directamente con los propietarios y denunciar cualquier irregularidad antes de que el engaño se repita.
