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Tres compositores y sus obras de alta intensidad

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Abc.es 
Tras la infrecuente propuesta que veíamos ayer protagonizada Cristina Bayón, cambiábamos hoy a un programa absolutamente tradicional de manos de la joven pianista Emma Stratton y el violinista Abel Tomàs : dos sonatas (de Mozart y Brahms) y una Fantasía (la última) de Schubert. Y está claro que cuando se hace con tan altas miras y entrega, el resultado no puede ser más que magnífico. Empezaban por la 'Sonata para piano y violín nº 18' en Sol mayor KV 301/293a de Mozart, de la que, como el resto de las obras, Stratton nos hablaría brevemente antes de tocarlas. Y de esta sonata sobresalía enseguida su carácter dialogante, relación que no tardamos en ver entre los dos instrumentos en igualdad de condiciones, de tú a tú, dinamizando con ello su relación, que resultaba ligera y luminosa, algo que la pianista destacó también debido a la tonalidad de Sol mayor. Fue una presentación en la que ahondarían, ya que fueron dejando ver su afinidad y aproximación musical . En ella nos llamó la atención que a pesar de este planteamiento 'tradicional' del programa lo hacía con una técnica moderna, flexible, usando todo su cuerpo para la expresión pianística, lo cual evidenciaba en el movimiento de sus manos en las que, sobre todo la izquierda, figuraban trazas de ballet, lejos de la común técnica de concentrar la fuerza sólo en los dedos. Y aún destacó un segundo rasgo referido a la expresión: disfrutamos viendo cómo se concentraba en plasmar la transparencia de las texturas , esas que hemos señalado que no conservaban a algunos grandes pianistas que se han atrevido con Mozart. Reducir el uso del pedal a lo imprescindible para no ensuciar el bordado de sus melodías, conservando el trazado límpido de sus melodías, es (o debe ser) muy moderno. También tuvo mucho que decir Abel Tomàs , desde el inicio del 'Allegro con spirito' , con el precioso sonido de su violín, recursos de expresión y el juego elegante de las melodías compartidas con la pianista. Y aún más: en el 'Allegro' final, capitaneó en su centro el paso al modo menor mediante una sucesión de trinos característicos y una suerte de nostalgia evocadora. Luego vino la 'Sonata para violín y piano nº 1' en Sol mayor Op.78 de Brahms otro monumento sonoro, primera de las tres que compuso y que están entre sus obras más logradas. También estuvo muy conseguido el equilibrio entre el violín (Brahms pensó en su amigo Joachim) y el piano que resume, como pocas, las cualidades compositivas del músico hamburgués. De nuevo Tomàs tuvo que asumir -magistralmente- la melancolía del recuerdo y la infancia, atesorados en el lied op. 59 nº 3, conocido por 'Regenlied' ('Canto de la lluvia') en el que se inspira, asumiendo además el papel 'vocal' que conserva el lied en su transcripción instrumental. El 'Adagio' atesora otra de esas bellas melodías brahmsianas, que introduce el piano y continúa el violín con una segunda idea de gran intensidad, y en la que Tomàs parecía sentirse especialmente a gusto. El nuevo conjunto de alternancias entre ambos instrumentos aportó la delicadeza, belleza y variedad de la sonata, con un marcado color romántico. Nuevamente y en poco tiempo, encontramos una obra que parece anticipar la muerte del propio músico. Otra despedida. Y si no a ver cómo Schubert pudo sacudir las formas para construir una 'Fantasía para violín y piano' en Do mayor D 934 y enlazarla en una sola pieza de casi media hora. La melodía emerge con el violín sobre unos inquietantes trémolos del piano. Si Brahms es la fuerza de la tierra, Schubert plantea con este principio la tormenta que está llegando a su vida. También acertó plenamente el violinista al asumir la 'voz' de Schubert, por su intensidad y a la vez zozobra, destacando pasajes imitativos estrechos, con dinámicas que explotan, o dejan que el violín exponga nuevas melodías mientras el piano apura las extensiones más extremas del teclado en el agudo. Hay que descubrirse ante la manera de sobreponerse de Stratton ante la dificultad descomunal que plantea la partitura y de la que salió prácticamente indemne. Sí hemos de decir que la presencia del pedal en el piano fue creciendo y aunque era indudable su cuidado, sí se fue dejando oír más, aunque no reduce ni un ápice las muchas exigencias técnicas y sonoras de esta 'Fantasía'. En cambio en la 'Danza del fuego fatuo' Tomàs la abordó de modo brusco y como desmandado: se trataba de un fuego controlado, no un incendio. Digamos por último que en el comentario de la actuación de Cristina Bayón creímos que la caja acústica de la escena recubierta por telas negras se relacionaban con el deseo de las intérpretes, pero al ver que se mantenía para este concierto también, con algunas consecuencias sobre la (falta de) brillantez del sonido, resulta que en realidad se relaciona con una avería en la maquinaria escénica del Turina , que no se va a poder arreglar en breve por falta de personal especializado y que podrá afectar a los espectáculos de la próxima semana al menos, o tal vez más.