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El consuelo de Moncloa en Aragón: perder por menos que en Extremadura

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El nuevo relato interno del PSOE en Aragón es tan elocuente como inquietante dentro del partido: perder cinco o seis diputados ya no debe vivirse como una derrota severa, sino como un mal menor. Basta con que la caída no sea tan brusca como la de Extremadura para dar la prueba por superada. «Cuando un partido deja de preguntarse cómo ganar y empieza a preguntarse cómo perder sin hacerse demasiado daño, algo esencial ya se ha roto», sentencian en el PSOE asturiano ante el argumentario oficial que ya ha empezado a circular.

En Extremadura, el PSOE sufrió en las últimas autonómicas uno de los mayores desplomes de su historia reciente: una pérdida de diez escaños, el hundimiento del voto socialista por debajo de sus suelos tradicionales y, sobre todo, la caída de un territorio considerado bastión.

Extremadura no fue solo una derrota aritmética. Fue una derrota simbólica porque confirmó lo que ya se había visto en Andalucía, que al PSOE ya no le quedan territorios seguros e inmunes al desgaste del Gobierno central y a la desmovilización de su electorado. El golpe fue tan profundo que dejó secuelas internas: cuestionamiento de liderazgos, desorientación orgánica y un mensaje demoledor para el conjunto del partido.

En Aragón, todas las encuestas publicadas dibujan un escenario claro: el PSOE retrocede, pero lo hace siempre en una horquilla menor al batacazo extremeño. En términos objetivos, es una derrota relevante. En términos internos, empieza a presentarse como una derrota asumible.

El razonamiento oficial es perversamente sencillo: si el golpe es menor que en Extremadura, entonces no es un desastre. «Así se construye el consuelo del perdedor: no se celebra el resultado, pero se lo reencuadra para que no active una crisis política inmediata», sentencian fuentes del PSOE manchego.

Este giro es clave. El PSOE en Aragón no compite por liderar el Gobierno autonómico, sino por no protagonizar un titular devastador. Este cambio de marco tiene consecuencias contundentes, según la lectura interna.

«Si la expectativa pública se fija en una derrota limitada, el liderazgo regional, y nacional, puede presentarse como resistente, incluso perdiendo. Pero el consuelo del perdedor ya no es eficaz a corto plazo, y a medio plazo es devastador porque normaliza la derrota y la convierte en parte del paisaje socialista. Cuando un partido se acostumbra a perder un poco, deja de construir mayorías y empieza a gestionar decadencias», añaden en la federación manchega.

Este relato no está pensado para el votante, sino para la organización, porque el elector progresista no se moviliza porque su partido caiga menos que en otro sitio. Al contrario: la resignación desmoviliza, enfría y refuerza la sensación de fin de ciclo.

Extremadura fue otro duro aviso del desgaste, y Aragón amenaza con ser la confirmación de una tendencia: el PSOE ya no mide su éxito en ganar territorios, sino en no perderlos de forma demasiado estrepitosa. «Cuando el listón de la ambición política se coloca tan bajo, la derrota deja de ser una anomalía y se convierte en rutina. Esto será también parte de la herencia sanchista».