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El PP ya no teme a Vox en los gobiernos

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La decisión de Alberto Núñez Feijóo de acudir a la cita convocada este lunes en La Moncloa se enmarca en la concepción clásica de la política institucional y del papel de la oposición en un sistema parlamentario, pero también forma parte de la batalla de este nuevo ciclo electoral. En un momento de creciente polarización, el líder del principal partido de la oposición ha optado por mantener el contacto formal con el Ejecutivo, aun con cero expectativas sobre el contenido y los resultados del encuentro. Esta posición contrasta con las dinámicas más propias del populismo, basadas en la deslegitimación del adversario y en la negativa a participar en cualquier foro que no garantice rédito político inmediato, que es la política en la que Vox está instalado.

Su estrategia diaria se sostiene en la confirmación de que, para ellos, la política se reduce a un relato de confrontación permanente, en el que el gesto institucional se interpreta siempre como debilidad porque integrarse en las instituciones desnuda la ausencia de un programa de gobierno.

Desde la llegada de Feijóo a la Presidencia del PP, el partido ha experimentado un crecimiento sostenido tanto en intención de voto como en implantación territorial. Pero ahora el cambio más relevante se está produciendo en el mapa provincial porque en un número creciente de circunscripciones el PP no solo lidera el bloque de la derecha, sino que el PSOE se está desplazando a la tercera posición, por detrás de Vox. Este fenómeno tiene consecuencias directas en el sistema electoral porque penaliza a los socialistas en el reparto de escaños, reduce su capacidad de competir por el último diputado en provincias medianas y pequeñas y debilita su papel como partido hegemónico de la izquierda.

El adelanto de Vox al PSOE en determinadas provincias introduce, además, una doble presión sobre el socialismo: pierde representación y refuerza el relato de un cambio de ciclo político que erosiona su posición como alternativa natural de gobierno.

El efecto acumulado no es solo aritmético, sino simbólico y estratégico. En este contexto, la formación del próximo gobierno en Extremadura es clave en un clima ya de campaña en Aragón. La entrada de Vox en el gobierno de Guardiola empieza a ser vista en Andalucía, por ejemplo, como la oportunidad para que el votante tome nota de que, si no da una mayoría amplia al PP, tendrá que «tragar» con un gobierno de coalición, igual que puede ocurrir en la Junta extremeña. Y, sobre todo, para visualizar el desgaste de Vox en la gestión real.

En este pulso de estrategias, el PP confía en que, en Aragón, Jorge Azcón sea capaz de conseguir una mayoría lo suficientemente amplia como para gobernar con el apoyo de Teruel Existe sin depender de Vox, pero la suma no da, por ahora. «Aragón y Castilla y León deben servir, utilizando como ejemplo lo que está pasando en Extremadura, para reforzar la idea de que solo una victoria amplia permite gobernar sin tensiones internas», explican desde el partido.

En todo caso, no hay unanimidad sobre este análisis. Así, la eventual vuelta de Vox a los gobiernos autonómicos introduce una variable relevante en el escenario de las próximas elecciones generales. No tanto por el impacto inmediato en la gestión territorial, sino por sus consecuencias demoscópicas y estratégicas en el conjunto del bloque de la derecha y, en particular, en la capacidad del PP para consolidarse como alternativa de gobierno.

Los estudios de opinión coinciden en que la entrada de Vox en ejecutivos autonómicos produce un efecto doble. En una primera fase puede contribuir a normalizar a la formación y a reforzar su imagen de partido «útil», capaz de gestionar y no solo de protestar. Este fenómeno podría ampliar su base electoral más allá del voto estrictamente ideológico y reducir las reticencias de algunos electores conservadores, que lo veían como una opción testimonial. Sin embargo, ese mismo acceso al poder activa, a medio plazo, el llamado coste de incumbencia. La gestión obliga a fijar posiciones concretas, asumir decisiones impopulares y convivir con la lógica presupuestaria y administrativa. En ese marco, Vox deja de ser un actor externo al sistema y pasa a ser evaluado con los mismos criterios que cualquier otro partido de gobierno, lo que históricamente ha provocado desgaste en formaciones de perfil populista.

Por tanto, la visibilidad institucional de Vox puede reforzar su voto en el corto plazo, pero tiende a beneficiar al PP en el tramo decisivo de unas generales. La experiencia demuestra que una parte del electorado de centro-derecha, ante la perspectiva de inestabilidad o conflicto interno en los ejecutivos, opta por concentrar su voto en la fuerza mayoritaria para garantizar gobiernos sólidos.

Seguir manteniéndose fuera de los gobiernos resulta más rentable para Vox desde el punto de vista electoral. Mantiene un discurso de exigencia permanente sin asumir costes directos de gestión y conserva su perfil de partido «imprescindible» para la formación de mayorías. Mientras que, para el PP, en cambio, implica una presión constante y un mayor riesgo de fragmentación del voto en provincias donde cada décima es decisiva. En términos provinciales, la clave está en las circunscripciones medianas y pequeñas, donde la fragmentación penaliza al bloque y donde la percepción de estabilidad y capacidad de gobierno resulta determinante. Ahí es donde el PP puede convertir la experiencia de gobierno y el contraste con el populismo en ventaja electoral. «La ecuación es clara: cuanto más se juegue la campaña en términos de gestión, estabilidad y poder efectivo, mayor será la capacidad del PP para contener a Vox. Cuanto más derive hacia la política de gestos y la confrontación simbólica, mayor será el espacio para su crecimiento».