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Juanma Bajo Ulloa: "No puedo mostrar un lado oscuro sin mirar el mío propio"

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Precoz catador del reconocimiento –con sólo 24 años consiguió alzarse con la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián por su extraordinario bautismo en el largo, «Alas de mariposa»–, adjudicador consciente de riesgos creativos, eterno reivindicador de la independencia autoral y consolidado verso libre de nuestra industria con tolerancia reducida y en ocasiones inexistente a la docilidad, Juanma Bajo Ulloa vuelve tras cinco años desde su última propuesta («Baby») a la adicción que genera ponerse detrás de una cámara con «El mal». En este último trabajo, el realizador vasco deposita la esencia destilada de todas sus fijaciones y vuelve a proponer una disección –más madura, más universalista, más ambiciosa– de las contradicciones del comportamiento humano y los rincones más ensombrecidos, amenazadores y problemáticos de nuestra psique. Ulloa se acomoda en la silla de una de las estancias de un céntrico hotel madrileño para dejar que nosotros nos metamos, o al menos lo intentemos durante un rato, en la suya.

¿Hasta qué punto dirías que esta cinta compendia de alguna manera su mirada total como director en términos de estilo y temática?

Bueno sin duda yo creo que aquí se puede de alguna forma ver la esencia de mis obsesiones y de mi forma de rodar, sin duda. Lo que se va repitiendo con el paso del tiempo en mi caso es la obsesión creativa y también narrativa de las cosas que me preocupan y que me alteran y me apasionan como puede ser la iconografía cristiana o las iglesias. También los espejos y los reflejos, que son metafóricos. Uno se mira en el espejo para que le devuelva información sobre quiénes somos. Te miras al espejo y seguramente no aceptas quién eres. Los niños también me interesan. La madre y el niño, la maternidad analizada con dolor. Todo esto yo creo que está en cada una de mis películas y «El mal» efectivamente tiene un poco de cada uno de esos elementos perseguidos. Mi forma de trabajar es indagar en una dirección o en otra, siempre tratando de encontrar la razón del comportamiento humano, que es lo que me preocupa por encima de cualquier cosa, y de iluminar el alma humana, conocerla, saber qué nos mueve, pero utilizando estos elementos que me cautivan. Al final lo que yo hago son cuentos para adultos y en los cuentos uno encuentra todas las metáforas imaginables: hay mucho de «Caperucita roja» o «El patito feo». Además de diversas metáforas sexuales o metáforas emocionales. Me interesa mucho todo ese mundo de lo simbólico, de lo que no se explica de una forma literal.

¿Están las sociedades contemporáneas enclavadas en esta idea maniquea de «lo bueno y lo malo» a la hora de analizar el mundo y su funcionamiento?

Mucho, porque digamos que al ser humano le cuesta mucho responsabilizarse de todo. De lo que hace, de lo que piensa, y normalmente su construcción del criterio está en manos de alguien que le da esa información y que le da instrucciones. La mayoría de la gente prefiere que le digan lo que tiene que hacer que decidirlo por sí mismo. Desarrollar tu propio criterio te obliga a ser responsable. ¿Qué ocurre? Que el poder, el sistema, llámalo como quieras, alimenta eso, porque en la medida en la que tú desarrollas tu propio criterio dejas de ser manejable, ya no eres manipulable. Pero en la medida en la que tú aceptas lo que te ofrecen y encajas dentro de los márgenes de esa manada de borregos inofensivos te conviertes de forma automática en alguien dócil. Es decir, en un objeto de consumo, que es lo que le interesa al poder. En el momento en el que tú te responsabilizas de tus actos aceptas que tienes vicios, debilidades y temores, que no eres perfecto, que tienes una parte oscura, negativa y eso da miedo. La iluminación del lado oscuro es lo que te permite convertirte en una persona mejor. Y en esta película hay una persona que representa la maldad en estado puro, sin filtros ni pretextos, que es Martín (Natalia Tena) y a lo largo de la película, gracias a la aparición de un sentimiento, empieza a cometer errores, se vuelve falible, ya no puede ser tan implacable y empieza a convertirse en persona: va hacia la luz.

Y en el reconocimiento inverso de ese camino hacia la luz, es decir, en el proceso de detección de las sombras personales, ¿has aceptado con responsabilidad la consciencia de las propias?

(Risas). Te diría que las he aceptado con bastante naturalidad. No puedo no puedo estar empeñándome en mostrar que tenemos un lado oscuro en mis películas sin mirar el mío propio. Hay una cosa muy interesante que aprendí de algún terapeuta sobre cómo te castigas a ti mismo o te fustigas con la culpa, algo que tiene que ver con la herencia esta judeocristiana y católica y que tiene que ver con los juicios que hacemos en general antes de conocer a la persona. Algo que hacemos permanentemente y ni te cuento ahora en pleno siglo XXI a través de las redes, donde todo es juicio, todo es comparación todo es señalamiento, todo es alienación. La idea viene a resumirse en que no te mata lo que entra por tu boca, sino lo que sale de ella. Es decir la calumnia, la injuria, la bordería, el juicio. Simplemente hay que ser conscientes de lo que pensamos y también de lo que decimos. Con eso bastaría.

¿Qué le genera auténtico miedo a un cineasta acostumbrado a utilizar este sentimiento como sustento narrativo de su obra?

Me da miedo no ser comprendido, no ser amado y en general, que no se me considere. La consideración hacia el otro. Creo que eso es lo que nos mueve un poco a todos en general. Tengo cierta obsesión por explicarme, porque se me entienda sin ser demasiado explícito.