Mujeres promueven, inspiran y lideran la ciencia en Perú: "El conocimiento no tiene género, pero el impacto de una mujer puede cambiar la comunidad"
Cada vez más mujeres en el país ocupan espacios en ingeniería, tecnología, computación y la investigación científica, impulsando proyectos que combinan conocimiento, impacto social y, sobre todo, perseverancia. Desde laboratorios universitarios hasta agencias espaciales y estudios de biodiversidad, sus trayectorias reflejan un avance sostenido en las carreras STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), marcado no solo por el talento, sino también por la decisión de abrir camino en contextos aún desiguales y con recursos limitados.
Estas científicas no solo aportan con descubrimientos y soluciones tecnológicas; su presencia también redefine quién hace ciencia en el país.
Con una formación naciente en el sistema público, enfrentaron carencias, estereotipos y obstáculos estructurales; sin embargo, transformaron esas limitaciones en impulso.
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Jakelin Romero, la peruana de la ESA con un asteroide en su honor
Jakelin Romero creció en Villa El Salvador, y realizó sus primeros estudios en un pequeño colegio del distrito. Desde niña, encontró fascinación en las matemáticas. Para ella, era algo que compartía con su papá. “A mí me entretenían con números, facturas, con la computadora”, recuerda. Su padre, curioso y autodidacta, la introdujo sin saberlo al mundo de la lógica y la tecnología: “Para mí programar nunca fue una obligación. Es como un juego que no quiero soltar”.
En secundaria, rodeada de otros estudiantes destacados, empezó a ver la ciencia como un camino posible. En 2004, aún sin terminar el colegio y en medio de una pérdida personal profunda, postuló a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Elegir Computación Científica no fue sencillo. Los primeros ciclos estuvieron dominados por matemática pura, y el proceso fue largo. “No terminé en cinco años, fue difícil”, admite. Sin embargo, aprendió una lección que la acompañaría siempre: “No importa cuánto me tome llegar. Lento, pero seguro”. San Marcos, con profesores exigentes y aulas rigurosas, la formó no solo académicamente, sino en resistencia. “Ahí aprendí a no rendirme cuando algo no sale a la primera”.
En este proceso, la figura de una mentora fue clave: la profesora Roxana López Cruz. Fue gracias a ese vínculo académico que Yakelin se atrevió a dar un salto mayor: continuar su formación en Europa. Con su madre ya en Italia, decidió postular a una maestría en la Universidad de Florencia. El reto fue enorme: idioma, cultura y un sistema universitario completamente distinto. "A veces sentía que retrocedía, pero entendí que dar pasos atrás también es avanzar”, comenta. El apoyo de su madre fue constante, y con el tiempo, encontró su lugar.
El punto de quiebre llegó durante sus prácticas profesionales. Vio el impacto de su trabajo y entendió el motivo de su elección: “Fue cuando vi que el código servía para algo tangible”. Desde entonces, ha transitado por distintos sectores: software industrial, sistemas para túneles y, finalmente, la Agencia Espacial Europea (ESA), donde desarrolla herramientas digitales utilizadas por astrónomos de todo el mundo. Trabaja con mapas interactivos, bases de datos y visualización de objetos cercanos a la Tierra. Incluso, uno de los mayores reconocimientos llegó cuando un asteroide fue nombrado en su honor. “Al inicio no entendí la magnitud del gesto, pero fue muy emocionante”.
Lejos de idealizar su camino, Yakelin habla con honestidad sobre las dificultades, y a las nuevas generaciones les deja un mensaje claro: “Si aún no encuentras lo que te gusta, búscalo. Porque cuando lo hagas, solo ahí te sentirás libre”. Así, cuando piensa en cómo le gustaría que se lea su historia dentro de diez años, no duda: “Como una historia de perseverancia”.
Gabriela Lazo, inspirando mujeres en ciencia y tecnología
Desde niña, Gabriela Lazo entendió la ciencia como una forma de servicio. “En mi casa siempre se hablaba de pacientes, enfermedades y tratamientos”, recuerda. Su madre es enfermera y su padre, médico, y escuchar sus conversaciones al volver del trabajo despertó en ella una curiosidad temprana por la salud y el impacto real del conocimiento científico. Durante la secundaria, pensaba estudiar medicina. Sin embargo, todo cambió cuando conoció la carrera de Ingeniería Médica. "Me gustaban más las matemáticas, la física, y la idea de crear soluciones”, explica. Postuló a San Marcos e ingresó.
Gabriela enfrentó una carrera nueva y con recursos limitados. “No teníamos laboratorios especializados ni equipos”, contó. Esa carencia la llevó a buscar alternativas a través de voluntariados, becas y grupos de investigación. El esfuerzo rindió frutos en 2022, cuando obtuvo el primer puesto en el concurso PRO-CTIE, de San Marcos, con un prototipo de ECG para telemedicina, hito que marcó su ingreso formal a la investigación y abrió paso a proyectos, congresos y estancias académicas en países como México, Hungría, Chile, Brasil y Japón.
Uno de sus proyectos más representativos fue el desarrollo de una prótesis transradial con enfoque social, que integraba sensores, robótica blanda e inteligencia artificial. “Nos dimos cuenta de que había más personas amputadas de miembros superiores y queríamos aportar desde ahí”, explica. El camino no fue sencillo: limitaciones económicas, dificultades para conseguir sensores y tiempos largos de importación. “Pero cada obstáculo nos obligaba a pensar diferente”, afirma.
De sus propias dudas nació InspirHer Tech, una iniciativa que busca acompañar a mujeres interesadas en carreras STEM. “Yo sentí esa falta de referentes, esa disyuntiva en los primeros ciclos”, recuerda. Hoy, recibe mensajes de jóvenes que le preguntan por becas, intercambios o simplemente buscan orientación. “A veces solo necesitan que alguien les recuerde el valor de lo que están haciendo”.
Convencida de que el fracaso también educa, Gabriela sostiene que “cuantas más caídas, más aprendizaje”. Y aunque reconoce que hoy hay más mujeres en ciencia, cree que aún queda camino por recorrer. “El conocimiento no tiene género, pero cuando una mujer entra a la ciencia, no solo aprende: transforma su comunidad y el futuro”.
Dennisse Ruelas, ganadora de Unicef con su investigación pionera
Dennisse descubrió su pasión por la ciencia desde niña, fascinada por la biodiversidad y los documentales de naturaleza. “Es curioso que siendo un país tan diverso sepamos tan poco de nuestra fauna”, dijo. Su interés la llevó a estudiar Biología en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, donde entendió rápidamente cómo se hace investigación y vio que sí era posible dedicarle la vida a su pasión. Al estudiar Biología, Dennisse entendió qué significaba realmente “hacer ciencia”. “Ahí supe cómo se hace investigación, qué implica y por qué es importante”, recuerda. La amplitud de la biología, desde biodiversidad hasta salud y bases teórica, terminó de convencerla.
El apoyo silencioso de sus padres y su esfuerzo, incluso trabajando como mesera para financiar viajes a congresos, marcaron sus primeros pasos. Convertirse en científica implicó también salir de Arequipa. Vivir sola en Lima durante años fue uno de los mayores sacrificios. “No es para todos”, afirma. “Te pierdes momentos familiares importantes y cargas con una presión constante”. Aun así, lo resume con claridad: “Si el sacrificio no te llena completamente, no vale la pena”. Para ella, la investigación lo justificaba todo.
Hoy, su trabajo se centra en la historia evolutiva y diversificación de uno de los géneros de roedores más diversos de América, distribuidos en los bosques montanos de los Andes. Su proyecto, pionero en la región, utiliza filogenómica a gran escala. “Estoy trabajando con mitogenomas completos y cientos de genes nucleares”, explica. Esta información no solo permitirá aclarar relaciones evolutivas y taxonómicas, sino también fortalecer estrategias de conservación. “Para conservar, primero hay que saber cuántos son y dónde están”.
Junto al proyecto, llegó el reconocimiento a través del programa Para las Mujeres en la Ciencia, de Unicef y L'oreal “No solo es por la investigación, sino también por la formación de estudiantes y la educación ambiental”, afirma. Desde hace años, Dennisse acompaña sus proyectos científicos con actividades de divulgación. En uno de ellos, creó un cuento infantil sobre murciélagos que repartía en las comunidades donde enseñaba. “Quería que los niños conozcan al animal real, no solo el dibujo”, explica.
Sobre el panorama en nuestro país, es cautamente optimista. “Ha mejorado en comparación con hace diez años, pero no es suficiente”, señala. Reconoce avances en el reconocimiento de la investigación universitaria, pero insiste en que los fondos deben actualizarse y descentralizarse. “Todo sigue muy concentrado en Lima, y eso limita mucho”. A las jóvenes que quieren dedicarse a la ciencia, les deja un mensaje directo: “Que no tengan miedo de postular, de escribir correos, de intentarlo”. Sabe que muchas puertas se cierran, pero insiste en que “una negativa no significa el final de una carrera, sino una oportunidad para mejorar.
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