¿Quién fue el primer europeo que se atrevió a colonizar Groenlandia? Era uno de los guerreros más temidos y ni siquiera era danés
Travesía escandinava - El navegante pasó temporadas enteras recorriendo costas frías, memorizando fiordos y buscando zonas donde asentarse mientras sobrevivía con su grupo entre hielo, temporales y estancias prolongadas lejos de cualquier apoyo estable
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Las disputas por el control de territorios remotos han acompañado a los imperios desde que existe la idea de frontera. Las intenciones de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, sobre Groenlandia ha revivido esa pulsión por dominar espacios considerados estratégicos. Su comentario, en el que cuestionó la soberanía de Dinamarca sobre la isla porque “uno de sus barcos atracara allí hace 500 años”, recordaba viejas ambiciones de conquista.
Aludiendo a la posibilidad de actuar “por las buenas o por las malas”, Trump presentó a Groenlandia como una pieza codiciada en el tablero del Ártico. Con ello dejaba al descubierto una aspiración tan antigua como los primeros viajes hacia el oeste: el deseo de apropiarse de tierras nuevas para ampliar poder e influencia.
Un colono nórdico abrió camino tras un pasado marcado por la violencia
Erik el Rojo fundó el primer asentamiento europeo en Groenlandia hacia el año 985, tras ser desterrado de Islandia por varios homicidios. Según las sagas islandesas, su llegada abrió un capítulo inédito en la historia de la exploración nórdica, marcada por la violencia, la ambición y la búsqueda de un nuevo territorio donde rehacer su vida. Desde la costa de Islandia, partió con una pequeña flota y logró establecer una colonia estable en una región hasta entonces solo divisada por otros navegantes.
Era un hombre violento y temido. Desde joven mostró un temperamento irascible que lo convirtió en un personaje al que convenía no provocar. Se le describía como impulsivo, con tendencia a resolver disputas con el hacha antes que con la palabra. Su fama creció porque nunca dejaba una ofensa sin respuesta y respondía con dureza ante cualquier ataque. Esa reputación lo protegía tanto como lo aislaba: quienes le rodeaban preferían mantener la paz antes que enfrentarse a su furia. La autoridad que ejerció en Groenlandia nació de esa mezcla de respeto y miedo que inspiraba entre los suyos.
Su historia estuvo marcada por la herencia familiar. Su padre, Thorvald, había sido desterrado de Noruega por homicidio, y la familia entera se trasladó a Islandia para empezar de nuevo. Sin embargo, Erik repitió el patrón. Ya adulto, varios conflictos con vecinos y granjeros desembocaron en muertes y venganzas. En una sociedad donde la fuerza y el honor eran la base del prestigio, esos actos lo convirtieron en un hombre peligroso incluso para sus aliados. Finalmente, los jefes islandeses lo condenaron al exilio durante tres años, una pena reservada a quienes representaban una amenaza para la comunidad.
Aquel destierro fue el punto de inflexión que transformó a un guerrero violento en explorador. En lugar de aceptar la condena como derrota, decidió convertirla en una oportunidad. Había oído hablar de tierras situadas más allá del mar occidental, y se lanzó a buscarlas. Con un grupo de hombres, su familia y algunos sirvientes, navegó durante años entre tormentas, hielo y corrientes desconocidas. Pasó inviernos en pequeñas islas y fiordos, y utilizó los veranos para recorrer la costa y memorizar cada accidente del litoral. La travesía no fue un viaje único, sino un proceso de reconocimiento que culminó cuando halló zonas habitables y fértiles en el sur de la isla.
Un nombre atractivo ayudó a reunir familias y barcos para colonizar
Cuando terminó su periodo de exilio, Erik regresó a Islandia con un relato convincente: había descubierto una tierra nueva y prometedora. La llamó Groenlandia, lo que viene siendo Tierra Verde, un nombre elegido para atraer a colonos y ocultar la dureza del entorno. Con esa mentira, demostró tanto astucia como liderazgo. Organizó una expedición de unas 25 naves cargadas con familias, animales y provisiones. De todas ellas, solo 14 lograron completar el trayecto.
Los supervivientes fundaron los dos principales asentamientos vikingos en la isla. Erik estableció su residencia en Brattahlid, desde donde gobernó a los colonos con firmeza. Su autoridad se basaba en la experiencia, su fama de violento y la gratitud de quienes habían sobrevivido gracias a su iniciativa. La colonia prosperó lo suficiente como para mantener contacto con Islandia y Noruega durante siglos, hasta que el clima y el aislamiento acabaron por extinguirla.
