El gran error de nuestra búsqueda: por qué estamos 'ciegos' a las señales alienígenas
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Llevamos más de medio siglo escuchando el cielo. Ponemos la oreja en el cosmos, orientamos nuestras gigantescas antenas parabólicas hacia el centro de la galaxia y esperamos. Esperamos un 'hola', una secuencia matemática, algo que nos confirme que no estamos solos en esta inmensidad aterradora. Pero, salvo algún susto ocasional y mucha estática, el resultado es siempre el mismo: silencio. Un silencio obstinado, profundo y a menudo descorazonador. Pero, ¿y si el problema no son ellos, sino nosotros? ¿Y si hemos estado buscando la cosa equivocada todo este tiempo? Veamos. Durante décadas, la búsqueda de inteligencia extraterrestre (SETI, por sus siglas en inglés) se ha basado en una premisa lógica, pero quizás demasiado humana: asumimos que una civilización avanzada se comportará... bueno, más o menos como nosotros. A mediados del siglo XX, descubrimos las ondas de radio y pensamos: «¡Así es como se habla a través del espacio!». Acto seguido, lanzamos el Proyecto Ozma en los años 60 y, más tarde, iniciativas titánicas como Breakthrough Listen , con el objetivo de 'cazar' transmisiones de radio artificiales o incluso emisiones térmicas de megaestructuras alienígenas (las famosas esferas de Dyson). Sin embargo, y a pesar de todos los esfuerzos, hasta ahora no ha habido resultados. Sí, es cierto que hemos tenido algún vuelco al corazón, como el de la famosa señal de radio 'Wow' de 1977, 72 segundos de una intensidad inusual que, por desgracia, nunca más se repitieron. O las misteriosas fluctuaciones de la estrella de Tabby , que algunos soñaron que eran paneles solares gigantes (aunque el polvo cósmico aguó la fiesta). Pero no hay nada definitivo. Ni una llamada clara. Ahora, un nuevo estudio liderado por la Escuela de Exploración Terrestre y Espacial de la Universidad Estatal de Arizona sugiere una (otra) fascinante posibilidad. ¿Y si somos víctimas de una 'ceguera antropocéntrica'?. Es decir, ¿y si nos hemos estado centrando, erróneamente, en la búsqueda de tecnologías que reflejen nuestro propio desarrollo actual?. El estudio, que se publicará próximamente en 'Nexus', puede consultarse ya en el servidor de prepublicaciones ' arXiv '. Pensémoslo un momento: la Tierra se está volviendo cada vez más silenciosa. Con la fibra óptica, los satélites láser y las comunicaciones digitales encriptadas, ya no 'gritamos' tanta radio al espacio como en los años 50. Y si una civilización nos lleva, por ejemplo, mil años de ventaja, ¿por qué iba a seguir usando una tecnología tan primitiva y ruidosa como esa? Bajo la dirección de Estelle Janin, el nuevo estudio ha encontrado una posible solución cambiando radicalmente la estrategia de búsqueda. ¿Y si resulta que las civilizaciones avanzadas se están comunicando por medio de sutiles, rítmicos y eficientes destellos ópticos, diseñados específicamente para destacar sobre el fondo natural de estrellas? No sería tan raro, porque aquí mismo, en la Tierra, las luciérnagas hacen algo muy parecido: emiten luz para ser vistas por sus congéneres en medio de un bosque oscuro y ruidoso. Cuando estos insectos buscan pareja, se enfrentan a un serio problema: necesitan ser vistos por los suyos, pero sin gastar demasiada energía y, sobre todo, sin alertar a los posibles depredadores. La solución evolutiva ha sido crear patrones de parpadeo que son sutilmente distintos del ruido visual de su entorno. Janin y su equipo proponen que alguna inteligencia extraterrestre podría haber llegado a una conclusión similar. Y en lugar de enviar la enciclopedia galáctica completa por radio, podría estar usando balizas de luz, 'tecnofirmas' sencillas que simplemente digan 'estamos aquí' mediante un patrón que rompa la naturalidad del cosmos. «La comunicación -explica Janin- es una característica fundamental de la vida en todos los linajes y se manifiesta en una maravillosa diversidad de formas y estrategias. Tener en cuenta la comunicación no humana es esencial si queremos ampliar nuestra intuición y comprensión sobre cómo podría ser la comunicación extraterrestre». Para poner a prueba su hipótesis los investigadores, evidentemente, no miraron a los insectos, sino mucho más arriba, a un tipo muy concreto de estrellas muertas, los púlsares. Un púlsar es, en esencia, un faro natural. Son estrellas de neutrones que giran a velocidades vertiginosas y emiten haces de radiación con una regularidad asombrosa. De hecho, cuando se descubrieron en 1967, sus señales eran tan precisas que los astrónomos pensaron, medio en broma medio en serio, que podrían ser alienígenas, hasta el punto de que los llamaron LGM-1, por Little Green Men o 'pequeños hombres verdes'. En su modelo informático, el equipo de Janin utilizó datos de 158 púlsares reales, obtenidos de la base de datos del Telescopio Nacional de Australia, para crear un 'ruido de fondo' galáctico. Imaginaron ese campo de púlsares como el bosque donde viven nuestras 'luciérnagas espaciales'. A continuación, simularon una señal artificial y la hicieron 'evolucionar'. Al igual que la selección natural afila los instintos de un animal, los algoritmos de los investigadores buscaron qué tipo de señal gastaría la mínima energía posible y fuera, al mismo tiempo, inconfundiblemente distinta del ritmo de los púlsares cercanos. Los resultados fueron reveladores. El modelo generó patrones de destellos que no se parecían a nada natural. No eran mensajes complejos con números primos o fórmulas químicas. Eran simplemente ritmos estructuralmente únicos. La lección es que tal vez no necesitemos un decodificador universal para entender a los extraterrestres. «Demostramos -afirma Janin- que las señales extraterrestres no tienen por qué ser complicadas o semánticamente descifrables para ser reconocibles. Más bien, su estructura inherente puede identificarse como un producto de la selección y la evolución, lo que implica de forma única y robusta la presencia de vida». Dicho de otra forma, no busquemos un 'hola', sino algo que sea demasiado ordenado, o demasiado distintivo, para ser una simple piedra girando en el vacío. Los autores definen su trabajo como un 'provocador' experimento mental. Uno, por cierto, que llega en un momento crucial, justo cuando la tecnología SETI avanza a pasos agigantados y ya no solo 'escucha', sino que busca también láseres ópticos, neutrinos e incluso ondas gravitacionales como posibles signos de inteligencia. La idea de que una civilización avanzada podría estar comportándose como un enjambre de insectos luminosos puede parecer humillante, pero en realidad resulta esperanzadora, porque nos recuerda que la inteligencia no tiene por qué seguir nuestro mismo camino tecnológico. Por eso, el estudio advierte que seguir buscando 'señales de radio como las nuestras' es condenarnos a buscar solo civilizaciones que estén exactamente en nuestra misma fase de adolescencia tecnológica: una ventana de tiempo minúscula en la historia del Universo. Sin embargo, una señal tipo 'luciérnaga', optimizada para durar y ser vista sin gastar demasiados recursos, podría ser la marca de una civilización que ha sobrevivido millones de años. «Nuestro estudio -concluye Janin- es una invitación para que el SETI y la investigación de la comunicación animal se comprometan más directamente». La propuesta es sencilla: unir biología evolutiva y astrofísica. Al fin y al cabo, si buscamos vida, ¿quién mejor que los biólogos para decirnos cómo es más probable que esa vida se comporte?
