Béla Tarr, ‘El caballo de Turín’ y el cine que se convierte en espera
El cine, decía Susan Sontag, es la forma que más directamente nos sumerge en lo real. Esto es exactamente lo que hace Béla Tarr, poeta melancólico del minimalismo húngaro que murió el pasado 6 de enero. Se le recuerda hoy por las secuencias hipnóticas en que retrata un mundo sin esperanza.No hay cineasta tan contrario al cine comercial como Béla Tarr. Más que arte, lo suyo es filosofía. No es de extrañar. Quería dedicarse profesionalmente a filosofar, pero las autoridades comunistas le impidieron estudiar el arte de pensar cuando vieron sus primeros documentales. Sus censores eran astutos. Tarr es contestatario. A causa de su etapa en el realismo socialista (1977-1984), se ha pensado que estaba influido por Cassavetes y Tarkovski. Él dijo que Fassbinder era el autor que en ese tiempo atraía su mayor interés. A partir de 1984 dirigió su mirada hacia la soledad en el colectivismo. Comenzó a usar planos larguísimos, se movió hacia el simbolismo, pero la revolución estética tuvo lugar, sin embargo, con esta obra mayestática: Sátántangó (1994), que es, para mí, su obra maestra: ciento cincuenta cortes directos en siete horas y media de duración. Un desafío basado en la novela del premio Nobel László Krasznahorkai que contiene escenas icónicas de lo que será llamado remodernismo: el enfoque de la vacuidad en el mundo posmoderno: las vacas se mueven sobre el fango, hay lluvia y… detengámonos aquí. ¿Qué estamos viendo? La realidad transformada en una suerte de poética oriental. Un haikú de siete horas. Se dirá, sin embargo, que los haikús brillan por su concisión mientras que Tarr no podría ser más extenso. Habrá que resolver esta cuestión.Después de Sátántangó, vino Werckmeister Harmonies (2000). Una ballena muerta simboliza el caos en un pueblo violento. En 2007, Tarr adaptó a Simenon con El hombre de Londres y, finalmente, en 2011 su testamento fílmico: El caballo de Turín, esa película que hizo exclamar al afamado Carlos Boyero que estaba harto de que llamaran arte a esos bodrios insoportables. Boyero estaba hablando —me parece— en forma general del Slow Cinema que tanto ha influido a Oriente y América Latina. En Tailandia, por ejemplo, Apichatpong Weerasethakul es heredero de Tarr. En nuestro país, Carlos Reygadas y Amat Escalante siguen sus pasos, si bien puede decirse que, tal vez, lo han recibido a través del ojo de Lucrecia Martell, cuya obra maestra, La ciénaga, debe mucho a Damnation, dirigida por Tarr en 1988. De ahí la obsesión de ciertos latinoamericanos por el sonido: el goteo de un grifo, el zumbido de las moscas o el silencio. En Post Tenebras Lux de Reygadas, se mezcla lo surreal y lo real en un mundo deliberadamente lento. En Escalante, la lentitud nos introduce en la violencia de películas como Heli, lo cual remite a la cuestión abierta antes: ¿cómo es que digo que Tarr está produciendo haikús de siete horas? Lo hace justamente por la dilatación extrema del tiempo que nos obliga a vivir la realidad aparentemente pedestre de hervir una papa. Como en la poesía japonesa, nos sumergimos en la pura materialidad y la epifanía, si sucede, tiene lugar en lo más cotidiano. No es un truco, es el reconocimiento de que la contemplación mística reside en la contemplación de la desnudez material que nos sumerge en un aquí a menudo insoportable. Algo similar a un servicio cristiano ortodoxo de seis horas o al cine de Tarr que contempla una cucaracha o escucha las campanas vehementes de un caballo ciego.¿Dónde ver El caballo de Turín?El caballo de Turín de Béla Tarr está disponible para rentar o comprar en tiendas digitales.MCB
