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La difícil opción entre cirugía y decrepitud

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Anda una reflexionando si envejecer según Nicole Kidman o como Brigitte Bardot, con la levedad ventajosa de que nunca será tan hermosa como ninguna de ellas (la bellas llevan sobre sí un peso superior, no sólo padecen un calvario con cada arruga, sino que perciben la desilusión del resto si flaquean). En la juventud, la mediocridad en el físico favorece lecturas ávidas, estudio profundo, empeño en las destrezas, lo he hablado a menudo con mi amigo Juan Manuel de Prada, que con su estilo literario prodigioso ha esquivado la gordura y se ha ligado las más hermosas mujeres hasta conquistar a la bella María. Al fin y al cabo, todo nuestro esfuerzo se encamina a conseguir que nos quieran, que tiene distintos nombres más o menos sinceros o engañosos, porque hay quien cree que la fama, el dinero o el poder son formas de amor y al final viene el drama de la estrella apagada, al estilo de Bette Davis en la maravillosa “¿Qué fue de Baby Jane?”. Aunque carecer del canon apolíneo tiene sus chances, no libera de la tentación de botoxes, vitaminas o lo que sea guarde la alquimia de la eterna juventud. Hay un momento en la vida en que una pasa frente a un espejo y se para de pronto, porque cree haber visto a su madre de soslayo (digo yo que en los hombres será con sus padres). Es fácil entonces meter tripa ante el azogue o tensar la piel de los pómulos con los dedos, para hacer de Dorian Grey por un segundo. Vano ejercicio, como advertía Jorge Manrique, “Dezidme la hermosura,/ la gentil frescura y tez/ de la cara,/ la color y la blancura, cuando viene la vejez,/ ¿cuál se para?/”. Generación tras generación tiramos de afeites, tan refinados ahora que podemos elegir entre cara de catálogo o seguir como papel de biblia ajado. Qué difícil opción entre perder los rasgos de antaño o resultar familiares (porque hay que ver cómo se distancian los operados de sus fotos de antaño). El problema es que la vejez no es sólo apariencia: memoria, reflejos, salud, autonomía y, finalmente, hálito vital, se entregan inexorablemente. Y eso es bastante más exigente que el espejo, que ya tiene lo suyo. Menos mal que podemos irnos preparando, hay algo sabio en que lo más difícil, la conquista de la cumbre, acontezca al final: “No se os haga tan amarga/la batalla temerosa/que esperáis (…) Y consiento en mi morir/ con voluntad plazentera,/ clara y pura,/ que querer ombre bivir/ cuando Dios quiere que muera/ es locura”. Perdonen ustedes que me haya puesto así, sólo por quitar el árbol y volver a la batalla.