Venezuela por Ucrania
El poder de las armas es evidente. Un país que gasta cerca de 200 mil millones de dólares anuales en defensa, que invierte alrededor de 200 millones de dólares diarios y que, al menos en términos teóricos, cuenta con el mejor ejército del mundo debería ser capaz de imponer su voluntad. Sin embargo, conviene no perder de vista un dato incómodo: ese mismo ejército ha perdido, directa o indirectamente, todas las guerras desde el final de la Segunda Guerra Mundial. No es un detalle menor. Es una advertencia estructural.
Nicolás Maduro desafió a Estados Unidos y, tras la mayor exhibición de poder naval desde el desembarco de Normandía en 1944 –como la impulsada por Donald Trump–, las alternativas reales se redujeron drásticamente. O se ejecutaba una operación de extracción quirúrgica, con el fuego necesario para distraer y sacar a Maduro de su escondite, o se asumía el costo político de demostrar que el comandante en jefe puede tener poder formal, retórica y discurso, pero carece de la capacidad o de la voluntad para cumplir lo que anuncia.
El dilema entre Trump y Venezuela era irresoluble por otras vías. No podía permitirse perder, como le ha ocurrido a Vladímir Putin en Ucrania, una guerra frente a un ejército inferior en número y tecnología. Tanto Estados Unidos como Rusia presumen fuerzas armadas de vanguardia, pero la experiencia reciente ha demostrado que la superioridad teórica no garantiza la victoria.
Ucrania, gracias al respaldo europeo y estadounidense, lleva ya cuatro años resistiendo. Las cifras que se manejan sobre el costo humano para Rusia son la prueba más clara de que el león no es tan fiero como lo pintan. Su ejército podrá ser numeroso y temible, pero no ha demostrado la capacidad de ganar guerras de forma decisiva, que es, al final, la razón de ser de cualquier fuerza armada.
En ese contexto, Trump no podía permitir que Maduro lo venciera, ni siquiera mediante una salida transitoria del poder. Tampoco podía arriesgarse a llegar a noviembre, en pleno ciclo electoral, con Estados Unidos otra vez atrapado en una guerra que nadie deseaba y que no ofrecía beneficios claros.
Por eso, la opción de la extracción quirúrgica se convirtió en la única alternativa viable. Trump sabe que lo ocurrido en Caracas no sólo implica el despliegue de un control efectivo sobre la mayor reserva de petróleo del planeta, sino que también representa un movimiento estratégico en la guerra que verdaderamente importa: la competencia por los minerales críticos frente a China. Se trata de una jugada en cadena, ejecutada de manera calculada. Por un lado, se restituye el poder de Estados Unidos sobre el continente americano. Por otro, se envía un mensaje directo a Moscú: a partir de ahora, las campanas comienzan a doblar por Ucrania y por Volodímir Zelenski.
Desde ese momento, el Donbás pasa a quedar más bajo la órbita de Moscú que de Kiev. La consecuencia inmediata de la operación de los comandos especiales estadounidenses es la aceleración del final de la guerra en Ucrania bajo una lógica de hechos consumados: Trump consolida su control sobre Venezuela y deja que Putin consolide el suyo sobre Ucrania. Lo ocurrido hace dos días no es un episodio aislado, sino un movimiento de tablero que impacta de forma directa en Asia y en Europa.
En Asia, porque la guerra por el control de los materiales estratégicos –los que definen las guerras modernas y una parte creciente de nuestra vida cotidiana– ha comenzado sin margen para retrocesos que no desemboquen, al menos, en un empate forzado. En Europa, porque se profundiza su soledad estratégica frente al conflicto ucraniano y a su relación con Rusia. Una de las características de Trump es que suele decir lo que va a hacer. Aunque no siempre lo haga, en algunos casos la realidad termina alcanzando a sus palabras. En este, acabar con Maduro no era un asunto abierto a la discusión.
Todo esto ocurre en una escalada que deja a los demás actores con una capacidad de reacción cada vez más limitada. Trump lo ha dicho sin rodeos: Europa es un continente gobernado por élites envejecidas, sin capacidad real de autodefensa. Ucrania es Europa. Y el objetivo central de la nueva Alemania, de la gran Alemania, es cerrar este ciclo como la potencia militar dominante del continente, con la mayor tecnología bélica posible, todo para poder disuadir a Putin.
A partir de aquí, el foco se desplaza inevitablemente hacia Taiwán y hacia lo que ya está ocurriendo en Ucrania. Si los minerales estratégicos, las tierras raras y los semiconductores son los factores que condicionan el presente y articulan el futuro, no debe sorprender que la siguiente gran operación tenga a China como protagonista. Estados Unidos comenzó a corregir su dependencia tras la pandemia, con fuertes inversiones –incluidas coreanas– en lugares como el condado de Travis, en Austin, para romper el monopolio del suministro de chips que tanto daño causó durante la crisis sanitaria y sus efectos colaterales.
Venezuela, por su parte, tiene cada vez menos margen de maniobra. El vacío de poder no es una opción sostenible. A estas alturas, Edmundo González y María Corina Machado deberían estar ya a bordo de un buque de guerra estadounidense, rumbo a la tierra que los vio nacer.
El nivel de deterioro general es tal que resulta imposible ignorar la importancia estratégica de Venezuela. No sólo por su petróleo, sino porque en los últimos años se ha convertido, a través de su alianza con Irán, en una plataforma de proyección indirecta de conflictos que desbordan Medio Oriente. Irán atraviesa una de sus fases más inestables: sanciones económicas asfixiantes, una sociedad fracturada, protestas recurrentes, y un régimen que sobrevive gracias a su capacidad de exportar conflicto.
La república islámica ha consolidado una estrategia de guerra híbrida basada en milicias proxies y organizaciones armadas que operan desde Líbano, Siria, Irak y Yemen. Hezbollah, los hutíes y diversas milicias chiíes actúan como extensiones operativas de Teherán. Esa arquitectura no sólo desafía a Israel y a los aliados occidentales en Medio Oriente, sino que busca abrir corredores de influencia en otras regiones. Venezuela, mediante acuerdos energéticos, tecnológicos y de seguridad, se ha convertido en una de las principales puertas de entrada de esa estrategia en el hemisferio occidental.
Estamos, de hecho, en un año cero. Un momento en el que las reglas heredadas dejaron de ser funcionales y las nuevas aún no se han escrito del todo. En este tablero, quien no actúa pierde relevancia; quien duda cede terreno, y quien no entiende que el poder ya no se mide sólo en ejércitos, sino en energía, minerales, tecnología y control territorial, queda fuera del juego.
Venezuela no es el final de esta historia. Es apenas una casilla más en una partida que ya se juega a escala global. Ucrania, Taiwán, el Medio Oriente y América Latina forman parte del mismo conflicto estructural. Y la pregunta que queda abierta no es si habrá más movimientos, sino quién está realmente preparado para entenderlos… y sobrevivir a ellos.
