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2025

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En tiempos en que no había radio ni TV en Cuba y apenas teléfonos, solo los periódicos podían reproducir el parte del tiempo y alertar a la población. Con independencia de lo que podía hacer la prensa escrita, la información más directa quedaba en manos del policía del barrio, que a voces y a golpes de silbato anunciaba la proximidad del meteoro.

Todavía ocurría así en La Habana a comienzos del siglo XX. El policía de a caballo, envuelto en su gran capa negra, iba deteniéndose en cada esquina y luego de hacer sonar su silbato desaforadamente, gritaba: ¡Ciclón! ¡Ciclón!

Entonces, el que tenía dinero para hacerlo salía disparado para la ferretería a comprar puntillas con las que asegurar puertas y ventanas, y enseguida se iba a la bodega para agenciarse los víveres que le permitirían capear el temporal. No se olvidaba de las velas, del alcohol para el reverbero ni de la luz brillante para el quinqué.

Lo malo de este aviso primitivo era que, en ocasiones, el huracán tardaba en aparecer menos de lo que se esperaba y el viento y la lluvia ahogaban los gritos y los pitazos del uniformado y terminaban tragándoselo a él mismo.

La bestia mecánica

Fue en el lejano mes de diciembre de 1898 cuando apareció en las calles de La Habana un ruidoso automóvil que se movía con bencina y podía desarrollar diez kilómetros por hora (km/h). Era un Parisiense francés que había costado mil pesos a su dueño y la revista El Fígaro le llamó «la bestia mecánica». Seis meses después llegó el segundo, un Rochet-Schneider venido de Lyon. Este vehículo, que perteneció al farmacéutico Ernesto Sarrá, tenía ocho caballos de fuerza y desarrollaba una velocidad de 30 km/h. Costó a su propietario 4 000 pesos. Un tercer auto, esa vez un vehículo de carga, llegó poco tiempo después para el servicio de distribución de una marca de cigarrillos.

En 1901 circulaban por las calles de La Habana 11 automóviles. Cuatro años después se expedían las primeras carteras dactilares, que entonces se llamaban títulos y sus portadores exhibían como si se tratara de diplomas universitarios. En 1906 ocurrió aquí el primer accidente automovilístico: Justo Fernández, empleado del comercio, murió luego de ser atropellado, en Monte y Ángeles, por el auto que, conducido por Luis Marx, transportaba al presidente Tomás Estrada Palma. En 1917 se concedió por primera vez entre nosotros el permiso para conducir a una mujer; correspondió a María Calvo Nodarse, la célebre Macorina. En 1910 comenzó a funcionar el primer semáforo del país, en la intersección de Prado y Neptuno, y en el mismo año, se instalaba otro en Belascoaín esquina a Zanja.  

Ya en la segunda mitad de la década de 1910 el coche de motor desplazaba a los vehículos de tracción animal. En 1913 circulaban por las calles de La Habana más de un millar de automóviles. En 1916 esa cifra pasaba de 3 000. En 1959 circulaban en Cuba 180 511 autos, casi todos de procedencia norteamericana. Las estadísticas revelan que Chevrolet era la marca preferida por los cubanos. Seguían los vehículos de la marca Ford en la preferencia de los compradores y, más atrás, las marcas Buick y Plymouth. 

 

Piedra apedreado

Se dice que el 25 de febrero de 1833 se detectó en La Habana el primer caso de cólera. Un tal José Soler, catalán recién llegado de un viaje a EE. UU., vecino y propietario de la bodega situada cerca de la esquina de Morro y Cárcel.

El doctor Manuel José de Piedra examinó al paciente y pronto se convenció de que estaba en presencia de un caso de cólera. Aun así, no quiso dar por confirmado su diagnóstico sin escuchar el parecer de otro especialista. Solicitó la presencia del doctor Domingo Rosain, médico de la Casa de Maternidad, situada entonces en Prado y Trocadero. Examinaron al paciente en conjunto y no les cupo duda alguna. Era un caso de cólera morbo asiático. Horas después fallecía Soler, y ese mismo día por la noche, en la casa de don Pancho Marty, uno de los hombres màs acaudalados de entonces, se reportaban cuatro esclavas enfermas. La epidemia adquiría ribetes alarmantes con el paso de las horas y ya en la jornada siguiente eran cientos los contagiados.

La primera reacción fue de incertidumbre y desconcierto. Aunque el cólera volvería a visitarnos en varias ocasiones (años de 1852, 1867, 1868 y 1871) era totalmente desconocida en la ciudad en aquel lejano 1833. ¿Estaba La Habana en verdad en presencia de una epidemia o todo obedecía a un mal diagnóstico del doctor de Piedra? Los habaneros se inclinaron por esta última variante y confundiendo la mala noticia con el mensajero, desataron sobre de Piedra una montaña de odio. La primera reacción fue la de apedrearlo en la calle. Luego quisieron lincharlo.

Para protegerlo, hubo que poner al médico escolta policial. Dos lanceros a caballo custodiaban de manera permanente su residencia y su consultorio, y otros militares lo acompañaban en sus salidas. Escolta que pronto se hizo innecesaria. Sus enemigos iban muriendo y los que no, se estaban muriendo de miedo.

A esa altura, los habaneros recapacitaban y decidían ofrecer a de Piedra un homenaje de desagravio. Acudieron en masa a su domicilio en una demostración de aprecio y respeto. 

El 19 de marzo, apenas un mes después de que diagnosticara el primer caso, de Piedra sintió los síntomas de la enfermedad mientras atendía en el Morro a un grupo de soldados infectados. Insistió en volver a su casa, y ya allí se hizo atender por un sabio colega, el doctor Tomás Romay, que lo arrancó de las garras de la muerte. Diez días después volvía de Piedra a su consulta y a sus pacientes.

El 20 de abril de 1833 se cantó un Te Deum en la Catedral de La Habana porque la epidemia se alejaba y se quería agradecer haber salido vivo de tan terrible azote. En verdad, el cólera siguió causando estragos durante todo otro mes. En dos meses había causado 8 465 muertes. Un mes más y fueron 12 000 las víctimas mortales.

Playa de Marianao

Arroyo Arenas, caserío situado en la carretera de La Habana a Vuelta Abajo, fue fundado en 1790. Su iglesia se construyó en 1811 y se reconstruyó en 1840. En 1847, el poblado tenía 290 habitantes diseminados en 11 casas de mampostería y tejas, siete de madera y tejas y 36 de embarrado y guano.

El Cano es de 1723. Se construyó sobre el terreno que donó con ese fin el propietario del central del mismo nombre. Su iglesia, que data de 1730, fue tenencia de la parroquia de Guanajay y parroquia en 1765, con iglesias auxiliares en El Guatao y Corralillo.

Fue El Cano un pueblo próspero. En 1841 tenía ya 1 128 habitantes, contaba con dos médicos cirujanos y delegaciones de medicina y cirugía, administración de correos y dos escuelas gratuitas, una para hembras y otra para varones, costeadas por el Ayuntamiento de Santiago de las Vegas, al que pertenecía esa localidad. Tuvo El Cano Ayuntamiento propio en 1879, pero en 1902 fue suprimido y el poblado quedó anexado a Marianao.

En 1726 se fundó La Ceiba. La Lisa, que en sus comienzos fue una aldea perteneciente a El Cano, surgió en 1862, en tanto que familias que solían pasar allí sus temporadas de baños dieron vida, en 1880, a la barriada de la Playa de Marianao, localidad que cobró auge a partir de 1884 con la inauguración del ramal del ferrocarril que salía desde la esquina de Zanja y Galiano.

Carreras 

En 1903 se efectuó en Cuba la primera carrera de autos. Se corrió el tramo Puente de La Lisa-Guanajay y fue ganada por Dámaso Laínez, propietario del primer servicentro que existió en la Isla, en la calle Egido, y organizador del certamen. La competencia tuvo una particularidad: los corredores llevaban como copilotos a sus respectivas esposas. Laínez, el triunfador, fue el único que la dejó en casa. Hizo el trayecto en 57 minutos.

Dos años después, el 12 de febrero de 1905, se celebraba en Cuba por primera vez una carrera internacional en el tramo Arroyo Arenas-San Cristóbal, en un recorrido de ida y vuelta de 158 kilómetros. Participaron corredores de varios países, algunos incluso con récords mundiales. El ganador, con tiempo de una hora, 50 minutos y 52 segundos, fue el cubano Ernesto Carricaburo, que nunca había participado en una competencia de este tipo e impuso récord mundial de velocidad.

Carricaburo fue el propietario de la primera piquera de taxis que existió en Cuba, frente al hotel Inglaterra, y, con el tiempo, chofer del presidente José Miguel Gómez.