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Fujimorismo censura los carnavales en Cajamarca

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En el corazón del Perú, donde la música y la alegría del carnaval resuenan como un símbolo de identidad cultural, la reciente norma emitida por el alcalde de Cajamarca, Joaquín Ramírez, representa un grave atentado contra la libertad de expresión.

Al prohibir las parodias y representaciones que aluden a figuras políticas, el municipio se erige como un censor de la voz popular y silencia una de las formas más auténticas de protesta y crítica social que poseen los ciudadanos.

No es sorprendente que esta medida provenga de un exmiembro de Fuerza Popular, quien mantiene una investigación por lavado de activos cuando era secretario general del partido fujimorista y además fue ayer allanado por el Ministerio Público.

La prohibición no solo busca acallar las voces disidentes, sino que también refleja un intento desesperado por mantener un control sobre la narrativa pública, especialmente en un contexto donde la cultura popular se ha convertido en el último bastión de resistencia frente a un Estado que ha optado por la represión violenta como al inicio del Gobierno de Dina Boluarte.

El carnaval de Cajamarca es mucho más que una celebración; es un espacio donde se entrelazan risas, críticas y recuerdos. En cada desfile, en cada disfraz, los cajamarquinos encuentran la oportunidad de expresar su descontento y sus esperanzas.

La historia reciente de Ayacucho nos recuerda que el carnaval no solo es una fiesta, sino un símbolo de resistencia. El padre de Clemer Rojas, un joven asesinado en la masacre de enero del 2023, al bailar con el sombrero que él usaba, no solo busco honrar su memoria, sino que también desafía el silencio impuesto por quienes desean olvidar las injusticias.

Esta es la esencia del carnaval: una celebración de la vida, un acto de resistencia, un grito de denuncia.

La censura de Ramírez es un intento por despojar a los cajamarquinos de su derecho a expresarse, a reírse de sus gobernantes y a reflexionar sobre su realidad a través del arte y la cultura.

Es imperativo que los peruanos en general se unan en defensa de su derecho a la libre expresión. El carnaval no puede ser un espacio restringido por el miedo a la crítica, sino un refugio donde la diversidad de voces se celebre y se escuche. La lucha por la libertad de expresión es una lucha por la identidad, por la justicia y por un futuro en el que cada peruano pueda manifestarse públicamente sin temor a la censura.