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Backstreet Boys, NSync y la gran estafa piramidal de las "boy bands"

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Eran guapos, angelicales, terriblemente jóvenes. Firmaron contratos que no entendían y se encaramaron a las mayores escenas de histeria fan de la historia. Sin embargo, también conocieron el abismo de la avaricia, la mentira y la corrupción. Tanto Backstreet Boys como NSync’, las dos “boy bands” más famosas de los años 90, adoradas por millones de fans, fueron saqueadas y engañadas por el hombre que las creó: Lou Pearlman fue un personaje siniestro que montó, en torno a ese carisma natural y esas canciones prefabricadas un imperio de papel que colapsó con estrépito. Con su trayectoria a lo largo de tres décadas, Pearlman se ganó con justicia el título de uno de los personajes más siniestros de la historia de la industria musical, que ya es decir. Un documental, “Dirty pop, la estafa detrás de las boy bands”, cuenta su historia que es también la más duradera estafa piramidal de la historia de Estados Unidos.

Hay tantos ingredientes en esta historia que mejor que vayamos poco a poco. Estamos ante una de esas pesadillas genuinamente americanas, con tanto pedigrí estadounidense como los sueños de cinco chicos de clase baja que no han terminado la secundaria y llegan a convertirse en estrellas adolescentes. Pero el camino alcanzará cotas inusuales de extrañeza. Todo comienza con Lou Pearlman, judío neoyorquino, primo de Art Garfunkel, nada menos, quien lleva un negocio un tanto particular de dirigibles publicitarios y de alquiler de aeronaves. Un día, cuando transporta en una de ellas a New Kids On The Block ((pioneros de las “boy bands” en esta fase histórica) tiene una iluminación: decide buscar talento y cambiar de bando. Será él quien alquile un jet privado para sus estrellas. Hay que recordar que New Kids On The Block fueron, en 1990 (con “Step By Step”), el grupo que más dinero ganó en el mundo, por encima de Madonna y Michael Jackson. Pearlman convertirá Trans Continental, la compañía que hacía volar dirigibles de McDonald’s y alquilaba aviones privados, un conglomerado de compañías que abarcarán las relaciones públicas, la representación de artistas y hasta la producción musical que prometía beneficios a inversores particulares por encima de la media del Dow Jones o el Nasdaq en los que miles de personas confiaron durante tres décadas. Algunos recibieron los intereses prometidos. Ninguno pudo jamás retirar el dinero de su inversión. Pocos sospechaban, aunque empezaron a hacerlo cuando el castillo se derrumbó, que en realidad no había nada, absolutamente nada en Trans Continental. Ni aviones, ni dinero, ni por supuesto los sellos de garantía de los reguladores del mercado o las contabilidades que el propio Pearlman se encargaba de falsificar dibujándolos, creándolas como un auténtico artista del engaño. Bancos de nombre falso, direcciones inventadas, todo tipo de trampantojos daban forma a una pirámide invertida de imposible equilibrio.

Sin embargo, el castillo se mantenía por la habilidad de Pearlman, que, aunque truhán para las finanzas hay que reconocerle olfato para identificar la gran tendencia musical que estaba por venir y que personificó ese tiempo que fueron los noventa más “mainstream”: inofensivos, banales y de una sexualidad subliminal en cada poster, en cada carpeta. Pearlman seleccionó y entrenó a cinco chicos corrientes, con la medida justa de talento pero la cara de Club Disney, para que fueran la banda que él ya había soñado: los Backstreet Boys. Les entrenó y enseñó a cantar, les puso a actuar en cualquier momento y lugar. Por alguna casualidad, una de sus canciones cuajó en Alemania y allí que envió al quinteto a foguearse durante semanas. Pearlman estaba tan seguro de que había encontrado la Coca-Cola –a pesar de que nadie conocía a los Backstreet- que él mismo quiso fabricar, en paralelo (y en secreto ante sus otros chicos) a la Pepsi: otro quinteto que se llamarían NSync’, en el que militaba un imberbe Justin Timberlake. Hay que ser muy visionario para diseñar semejante plan y jugártela con un segundo grupo con un estilo que no ha tenido el menor éxito, pero a Pearlman le funcionó de maravilla. Los Backstreet Boys vendieron 20 millones de discos de su debut en 1997 y NSync’ otros diez del suyo, solo un año después.

Cuando recibieron su parte, los chicos de ambas bandas estaban desconcertados. Era mucho dinero, pero mucho menos de lo que se merecían. Así que demandaron a Pearlman y fue entonces cuando descubrieron que se hacía constar a sí mismo como el sexto miembro de facto de cada uno de las dos “boy band”, como si él mismo se subiera al escenario a bailar y cantar. Además, obviamente, percibía lo correspondiente como representante y todas las cantidades y comisiones que se le ocurrieron incluir. Aunque este puede parecer un relato dramático o forzado de una carrera musical, pero es asombrosamente común. Mánagers y sellos discográficos que extienden contratos abusivos ante jóvenes perplejos por los latinajos y la jerga jurídica. No saben lo que pone en esos papeles y si lo supieran no tendrían capacidad para cambiarlo. Así que lo firman, ante la muy improbable posibilidad de volverse millonarios. El problema es que, si no lo logran, malo, y si lo consiguen, peor.

Todos los grupos que Pearlman representó le demandaron en algún momento por las condiciones de sus contratos y los litigios siempre se resolvieron en un acuerdo extrajudicial. Sus dos primeros grupos tuvieron que abonarle conjuntamente 62 millones de dólares con los que financió la “fabricación” de otros conjuntos como O-Town, LFO, Take 5 y Natural y, por supuesto, mantuvo un tren de vida que era pura fachada. Vuelos privados, vacaciones pagadas para sus artistas en islas del Pacífico y, claro, el andamiaje de cartón de su propio disfraz. Pearlman logró presentarse ante autoridades políticas y judiciales hasta convertirse en una de las figuras públicas más reconocidas de Florida. Un día, el castillo, que se sustentaba en promesas financieras jamás cumplidas, se derrumbó. Nadie sabe cuánto ganó ni qué hizo con el dinero, pero había desaparecido, exactamente igual que las inversiones (más modestas, pero los ahorros de una vida) que, a lo largo de tres décadas, fue captando.

Quizá el episodio más truculento de la historia de Lou Pearlman sea el que concierne a su amigo de la infancia, «Frankie» Francisco Vázquez, a quien convenció para que invirtiese los ahorros de su madre en Trans Continental. Frankie participó en todos los negocios, fue su hombre de confianza, pero terminó estafado y desesperado. Vázquez le reclamó sin éxito a Pearlman el dinero de su madre, maestra de escuela en Nueva York y, al no conseguirlo, terminó suicidándose. Como el suyo, el documental recoge algunos testimonios de víctimas, personas corrientes que lo perdieron todo. Y, por supuesto, de la gran decepción que fue para artistas con una vocación genuina ver sus sueños convertidos en una gigantesca estafa. Ninguno, especialmente los que le llamaban «padre», parece haber superado esa enorme decepción.

Nadie sabe cuánto ganó ni qué hizo con el dinero –la demanda se fijó en 500 millones de 2.000 inversores–, pero había desaparecido, exactamente igual que las inversiones (más modestas, pero los ahorros de una vida) que, a lo largo de tres décadas, fue captando. Miles de personas se quedaron sin sus ahorros. Parte de la causa se sobreseyó, según parece, por las conexiones importantes que logró desarrollar con las autoridades locales. Fue condenado a 25 años de prisión y falleció entre rejas en 2016.