María Oruña destapa el mundo delictivo del arte
Hay mucho arte que no se ve. O, más bien, que se esconde. Más allá de museos, galerías, subastas y palacios, existen obras de arte que bien se mueven en el estraperlo, o que están al alcance de unos pocos. Es ahí donde reside gran parte del misterio de la historia del arte: en esas pinturas o esculturas perdidas, a las que se les ha perdido la pista o que simplemente han desaparecido de la vista pública por sospechosos motivos. Y es en esos recovecos donde María Oruña ha decidido asomarse para confeccionar su nuevo thriller. Publica «La cámara de las maravillas» (Plaza & Janés), una novela que mira al coleccionismo privado y a la industria cultural desde dentro, con una pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando el valor artístico se mezcla con el poder, el dinero y la reputación?
«La política quiere controlar la cultura. Todo está enlazado, y el arte funciona como un espejo del poder, de circunstancias sociales e históricas», opina la escritora, quien refleja esta idea en el lugar que da título al libro. La Cámara de las Maravillas es un lugar en el que la familia Mendoza guarda los más fascinantes tesoros. Un botín absolutamente atractivo para todo admirador del arte... o ladrón. Un espacio que, apunta Oruña, «ha sido objeto de problemas diplomáticos. Hoy hay un debate inacabado sobre el hecho de que muchos museos expongan objetos que fueron obtenidos en su día bajo presión política o bajo dominación colonial o bélica. No doy respuestas en este libro a este tema tan complicado, pero mi obligación sí es plantear debates y hacer preguntas».
La brigada de Patrimonio
La trama arranca en el majestuoso Palacio Dorado, en el centro de Madrid, donde lo más selecto del mundo del arte se reúne para la inauguración de Pentimento, un museo que muestra reproducciones de obras de arte icónicas en el contexto donde se exhibieron por primera vez. La anfitriona es Amanda Mendoza, quien observa con desconfianza a uno de los invitados: Dimas Chevalier, el ladrón de guante blanco más famoso de Europa que, tras pasar por la cárcel, asegura que se ha reformado por completo. No obstante, esa misma noche se convierte en sospechoso, después de que un asaltante que trata de hacerse con el botín de la familia cae fulminado en pleno robo y sin motivo aparente. «Con esta novela quería, por un lado, reflejar a nivel técnico y literario cómo sería la vida de un ladrón de guante blanco clásico. Y, por otro, quería hablar de la brigada de Patrimonio Histórico», apunta la autora. Dice haberse documentado bastante sobre la citada unidad de la Policía Nacional. «Mucha gente no la conoce –continúa–, porque su trabajo no se suele incluir en delitos de sangre, y eso quizá no llama la atención. Pero cuentan con un gran volumen de trabajo para proteger nuestro patrimonio».
Para Oruña, «la política quiere controlar la cultura. El arte es espejo del poder»
El arte no es sólo persuasión, belleza y entretenimiento. También es poder. De hecho, dice Oruña que el mundo delictivo del arte «es el cuarto tipo de delito que más dinero mueve en el mundo, después del tráfico de armas, el de drogas y el de personas». Un lado oscuro del coleccionismo, describe, que «no busca la belleza o la armonía visual, sino una fórmula de inversión. Me sorprendió al escribir este libro lo desconocido que es todo el tema de la brigada de Patrimonio. Luego, la propia brigada también se sorprendió de que yo fuera a preguntarles cosas». Con ellos, explica a este diario, se documentó sobre cómo trabajan ciertos ladrones o cómo se mueve el mercado del arte. «Cómo las obras de arte incluso pueden funcionar como garantía para que las mafias cierren una operación. He comprobado que hay mucho tráfico negro en países con conflictos bélicos. Es un mercado en el que también hay especulación y en el que también hay una jerarquía de poder».
Con esta trama, Oruña no celebra sólo haber aprendido más sobre los que bien podrían ser definidos como una suerte de «héroes españoles del arte». Sino que también ha cambiado su relación con los museos. Dice la autora que siempre ha frecuentado aquellos enfocados a la historia o el arte decorativo, pero no tanto los que exponen pintura. «En esto he cambiado. Para entender a mis personajes y adentrarme en este mundo, he tenido que visitar muchos más museos. Pensaba que me iba a aburrir, pero no. Depende del lugar, de cómo se exponen las obras, con qué luz, qué tipo de colección... He disfrutado de esa belleza, de esa armonía visual». Ha descubierto, por tanto, una faceta de sí misma como persona, pero también como escritora pues, tras pensarlo unos minutos, termina definiéndose como «una escritora de provocación y misterio. Porque para mí es un reto no aburrirme escribiendo, ni aburrir al lector», concluye.
Un ladrón creíble
Sucesos en el Louvre aparte, es común hallar historias que unen delitos y arte tanto en la realidad como en la ficción. En este último campo, suele ser el robo de pinturas y de piezas valiosas un gran recurso literario. Asegura María Oruña que su ladrón de guante blanco «se parece sobe todo al de Leblanc, Arsène Lupin. Pero menos teatral y exagerado. Yo quería que Dimas Chevalier fuera creíble, que fuera un juego y una provocación para el lector. Pero sí sigue el patrón del de Leblanc, o del estilo americano de David F. Dodge», describe.
