Los orígenes de la Exposición de 1929: de la primera idea a la comisaría general
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La Sevilla de principios de siglo no era ajena al auge de las exposiciones comerciales, convertidas en escaparates de los productores nacionales y ferias de intercambio para los pujantes negocios industriales que ansiaban expandir mercados. De hecho, Sevilla había tenido presencia en el pabellón español de la primera exposición universal de 1851 en Londres a través de la miel y el paloduz de la vega del Guadalquivir aportados por los propietarios José María Benjumea Vecino e Ignacio Vázquez Gutiérrez, terratenientes de La Rinconada y Alcalá del Río. Así que cuando el capitán Luis Rodríguez Caso lanzó la propuesta de una exposición hispanoamericana en Sevilla en el transcurso de un banquete en su honor el 25 de junio de 1909 sólo estaba cristalizando la nebulosa iniciativa que flotaba en el ambiente hispalense desde cuatro años antes. Su acendrado patriotismo, unido a un exagerado idealismo, le llevó a pensar que tal certamen podría reanudar «nuestros lazos de familia» con las naciones hispanoamericanas a fin de afianzar «la gran familia española», tal como apareció en el diario 'El Liberal' el 26 de junio de 1909. Rodríguez Caso había acotado las fechas para su celebración sin atenerse a la realidad: del 1 de abril a noviembre de 1911, con menos de un bienio para su puesta en marcha. Al día siguiente, un editorial de este periódico alertaba de la carrera de obstáculos en que iba a convertirse la celebración de la exposición sugerida, toda vez que otras ciudades como Valencia o Santiago de Compostela acariciaban proyectos de muestras regionales con parecidas características. Madrid había acariciado una exposición hispanoamericana en 1908, sólo una década después de la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, los restos del imperio español. Más en firme resultó la amenaza de Bilbao , que aspiraba a un certamen para 1912 con el membrete de hispanoamericano. Una abigarrada comisión de 72 (número bíblico) personas partió de Sevilla el 16 de marzo de 1910 para conferenciar en Madrid con los impulsores de la muestra vizcaína al tiempo que hacía valer ante el Gobierno los títulos históricos de la capital andaluza para albergar el abrazo de las Españas peninsular y de ultramar. La primera reunión con el presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas presente, fue estéril puesto que nadie quería ceder. Fue un acuerdo informal entre el sevillano Tomás Ibarra y el bilbaíno Fernando Ibarra (parientes y líderes de las facciones conservadoras en sus respectivas ciudades) a los pocos días el que desbloqueó la situación con destacado protagonismo del fundador de ABC, Torcuato Luca de Tena. Sevilla cedía en la fecha, renunciando a celebrar su exposición en 1912 en favor de Bilbao para programarla en 1914, y la villa vasca renunciaba al marbete de hispanoamericana (trocado por el de anglo-ibero-americana) dejándole campo libre a Sevilla. Tras el acuerdo, ambos alcaldes brindaron por sus ciudades en el despacho del director del periódico vitoreando cada uno a la ciudad contraria. Despejado el panorama institucional, la comisión gestora constituida en febrero de 1910 tuvo que abordar el más acuciante de los problemas: la financiación. El primer presupuesto , poco más que un brindis al sol, cifraba en 5,7 millones de pesetas los gastos y en 6,1 millones de pesetas los ingresos, con lo que se salvaba el 'saldo cero' Mientras los promotores de la exposición se lanzaban al mercado de capitales en busca de crédito con el que iniciar su operación. El 17 de octubre de 1910 quedó constituido el comité ejecutivo que presidía el alcalde Antonio Halcón. En 1911, la Exposición Hispanoamericana de Sevilla tenía dinero (escaso), recinto (sin delimitar del todo) y proyecto urbanístico, para el que Aníbal González se había alzado vencedor en el concurso convocado 'ad hoc'. Pero el tiempo pasaba y los apoyos mermaban hasta el punto de que en 1912 se resquebrajara la adhesión de la opinión pública y surgieran las primeras desavenencias notables. El periódico 'El Pueblo' puso voz al sentir que se incubaba: «La Exposición no debe dar un paso más, porque será nuestra vergüenza, nuestra deshonra y nuestra ruina». En medio de un mar de rumores y exigencias de dimisión, plasmadas en un mitin en el teatro Eslava de junio de 1912, el alcalde Halcón había convenido con el presidente del Consejo de Ministros Canalejas un aplazamiento de la inauguración del certamen En 1914, el nuevo alcalde, Carlos de la Lastra, decide remodelar el comité ejecutivo que venía encargándose de los trabajos -hasta entonces atascados- de la exposición. El cambio más significativo, sin embargo, es la creación de una comisaría general que iba a desempeñar quien había lanzado la idea un lustro atrás: Luis Rodríguez Caso. Pero los avatares del proyecto no iban a disminuir por ello. Quedaban aún quince largos años hasta que se materializara.
