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Un “Ficelle Picarde”, por favor

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Hace unos días tuve la suerte de viajar a la localidad francesa de Amiens, en el norte del país.

Recorrí sus calles, visité su imponente catedral gótica (la mayor de Francia en su estilo, fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1981), pude asombrarme con la espectacular representación de arte urbano existente en algunos de sus barrios, disfruté como un niño al conocer el Festival Internacional de los Jardines navegando por los Hortillonnages (un imponente conjunto de huertos y jardines rodeados por canales, perfecto para desconectar, muy cerca del centro de la ciudad), conocí la estrecha relación entre San Fermin y Amiens, supe que gracias al Tratado de Amiens de 1802 la isla de Menorca pasó a manos españolas poniendo fin al dominio británico, visité la Casa de Julio Verne (lugar donde ideó y escribió algunas de sus más famosas novelas), me quedé ensimismado con la gran riqueza artística que atesora el Museo Picardie (donde pueden admirarse, entre otros, cuadros de Ribera, El Greco o Picasso) y, en definitiva, descubrí una capital que merece la pena ser visitada y vivida.

Una ciudad animada, tranquila, cómoda para pasear, de dimensiones “humanas” y segura.

Como buen viajero, tenía que comer algún plato típico de estas latitudes.

Hay uno de ellos, muy popular en la región de Picardie (que tiene como capital a la localidad de Amiens), del que ya con antelación había leído y algunos amigos aseguraban que debía probarlo. Su nombre: “Ficelle Picarde”.

Se trata de una crepe salada enrollada, rellena de jamón y champiñones, que lleva por encima bechamel o crema. Como toque final, se gratina en el hormo con queso y se sirve caliente.

Una delicia gastronómica, muy popular en la ciudad, que naturalmente probé.

Alrededor de esta elaboración hay toda una cultura y una historia culinaria. Por citar algunos detalles curiosos, parece claro, aunque hay controversias, que la versión más extendida de su origen tiene que ver con un evento, en el que mucho tuvo que ver el chef Marcel Lefévre en el hôtel du Commerce cuando asistían grandes personalidades (algunos cocineros de renombre); los más puristas dicen que debe contener crema de nata y no bechamel; uno de los secretos de este plato está en la elaboración de la duxelles (una reducción, con todos los ingredientes picados muy finos, de champiñones salteados con mantequilla y chalotas); hay, naturalmente, algunas versiones más modernas que incluyen otros ingredientes y existe una Cofradía gastronómica integrada por personas que admiran y defienden este magnífico plato.

Seguramente, es la elaboración salada más conocida y enraizada de esta región, donde los platos con rellenos suelen ser habituales.

Sabiendo lo que iba a comer, ahora tocaba elegir algún restaurante de los muchos donde lo preparan.

Me aconsejaron que fuera al restaurante Le Quai ( www.restaurant-lequai.fr). Desde luego, un acierto de recomendación.

Situado en una de las orillas del río Somme, en pleno corazón de la ciudad y con la cautivadora presencia al fondo de la catedral de Amiens, el escenario era sublime e inenarrable.

Viendo las tranquilas aguas de esta arteria fluvial de Amiens, los pequeños puentes y sus numerosos canales no es de extrañar que también la conozcan como la “pequeña Venecia del norte de Francia”.

Déjenme que les relate, aunque sea someramente, esta bonita experiencia. De las que no se olvidan.

El bien tiempo acompañaba y nada mejor que reservar mesa en este restaurante situado en el muelle, a orillas del río, en pleno barrio Saint-Leu.

Las terrazas, repletas de comensales, ponían color y vida a esta zona tan animada, de aires románticos y bohemios, de Amiens.

Todo era perfecto: el restaurante, las vistas, la ubicación, el ambiente y mi deseado “Ficelle Picarde”. No se podía pedir más.

Sin duda, un entorno urbano con un encanto incuestionable.

A veces, los viajes se convierten en momentos, en sensaciones y en emociones que se archivan indelebles en nuestra memoria.

Decía Cesare Pavese, uno de los escritores italianos más influyentes de su tiempo, que “No recordamos los días, recordamos los momentos”.

Una frase que se puede aplicar perfectamente a esa sensación imborrable que tuve mientras comía un magnífico “Ficelle Picarde” sentado en la terraza de este conocido restaurante, a orillas del río Somme, con un grupo de patos chapoteando entre sus aguas y con la espectacular silueta de la catedral de Amiens como fondo de tan sublime escenario.

Poco más puedo decir. Apenas que ojalá vuelva a visitar, en un futuro no lejano, esta preciosa ciudad.

Webs: www.atout-france.fr , www.amiens-tourisme.com