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La verdad detrás de los mentirosos compulsivos

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Abc.es 
Todos mentimos alguna vez: para evitar un conflicto, proteger nuestra intimidad, quedar bien o para escapar de una situación incómoda. Pero, ¿qué ocurre cuando la mentira se convierte en un patrón repetido que deteriora las relaciones y genera una realidad difícil de sostener? Aunque el término 'mentiroso compulsivo' lo usamos con frecuencia en nuestro día a día, no se corresponde con un diagnóstico propio de la Psiquiatría. «Desde un punto de vista clínico, es preferible hablar de conductas de mentira o de engaño, no de una enfermedad llamada 'ser mentiroso'. La mentira es una conducta humana. Puede ser puntual, social, defensiva, interesada o manipuladora. Sólo en situaciones muy concretas puede formar parte de un cuadro clínico más amplio, pero mentir mucho no convierte automáticamente a alguien en paciente psiquiátrico», subraya el doctor Sergio Benavente , jefe del Servicio de Psiquiatría y Psicología Clínica del Hospital Universitario Infanta Elena . Comenta, por ejemplo, que en determinados perfiles de personalidad, como aquellos con rasgos antisociales o narcisistas marcados, la mentira puede aparecer como una herramienta para obtener beneficio, evitar consecuencias, proyectar una imagen idealizada, manipular o mantener poder y control sobre los demás, algo que puede ser especialmente dañino porque puede generar culpa, sometimiento y relaciones de dependencia. Así, el doctor Benavente, explica que, en líneas generales, y detrás de las mentiras persistentes puede haber desde conductas aprendidas o estrategias para evitar consecuencias, hasta la presencia de otros problemas psicológicos. «Lo más riguroso es decir que la mentira puede aparecer en contextos muy distintos, como conducta social aprendida, como estrategia para evitar consecuencias, como forma de manipulación o dentro de algunos trastornos concretos. Pero la mentira, por sí sola, no diagnostica nada», reitera. Reconoce, además, que la mentira puede cumplir muchas funciones, entre ellas proteger la autoestima, evitar la vergüenza, conseguir atención, evitar un conflicto, mantener una imagen idealizada o influir en la conducta de los demás; si bien afirma que el hecho de que una mentira tenga una función emocional no la justifica. «Entender por qué alguien miente no significa disculpar el daño que produce. En clínica intentamos comprender las conductas humanas, pero comprender no equivale a justificar», asegura el doctor Benavente. En este contexto, este experto reseña que la mentira, con frecuencia, si es una estrategia que funciona para lograr los objetivos antes descritos puede repetirse y consolidarse. Eso sí, precisa este psiquiatra que sólo hablaríamos de patología cuando la mentira se integra dentro de un cuadro clínico más amplio, con otros síntomas, deterioro significativo y una evaluación profesional rigurosa. En este sentido, y más que hablar de «síntomas», tal y como puntualiza, se debería hablar de 'patrones de conducta', ya que puede haber mentiras frecuentes, contradicciones repetidas, relatos cambiantes, exageraciones, ocultación de información o distorsión de los hechos. «A veces las mentiras buscan evitar responsabilidades y otras obtener admiración, controlar una situación o proteger una imagen personal. Pero es importante no patologizarlo automáticamente. Una persona que miente de forma reiterada puede estar actuando de manera deliberada. Que una conducta sea dañina, persistente o moralmente reprobable no significa necesariamente que sea una enfermedad», agrega. De hecho, admite el jefe del Servicio de Psiquiatría y Psicología Clínica del Hospital Universitario Infanta Elena que la persona es consciente de que miente todo el tiempo en la mayor parte de los casos. No obstante, sí precisa que, «en algunos casos raros» la frontera entre la fantasía, el deseo y la realidad puede volverse más confusa. «Pero estos casos son excepcionales y muy infrecuentes y no deben utilizarse para explicar cualquier conducta mentirosa. La mayoría de las mentiras, incluidas muchas mentiras repetidas, son conductas conscientes. En la pseudología fantástica se han descrito mentiras elaboradas sin una ganancia externa evidente. Pero en la vida cotidiana la mayoría de las mentiras sí tienen una función, aunque sea emocional o social. No ver el beneficio no significa que no exista, e insisto en que la pseudología fantástica es una condición clínica discutida y muy infrecuente», insiste. Aquí descarta que un 'mentiroso compulsivo' acabe creyendo sus propias mentiras, aunque sí reconoce que algunas personas sostienen tanto una versión falsa de los hechos que acaban defendiéndola con enorme convicción, aunque precisa que eso no significa que todas crean sus mentiras. «Muchas personas saben perfectamente que están mintiendo. En algunos fenómenos clínicos muy raros puede haber una mezcla más compleja entre fantasía, identidad y relato personal, rozando la sintomatología psicótica. Pero, de nuevo, hay que evitar una idea peligrosa y es pensar que todo mentiroso 'se cree sus mentiras'. Muchas veces sabe lo que hace», insiste este psiquiatra. En última instancia, el doctor Benavente pone sobre la mesa uno de los principales impactos que puede tener el mentir de forma constante a otros, «un impacto muy destructivo», donde la mentira erosiona la confianza de la relación, de forma que, según prosigue, la persona engañada empieza a dudar de los hechos, de su propio criterio, y de la seguridad del vínculo. «Esto puede generar ansiedad, enfado, distancia emocional, rupturas, y aislamiento. Además, cuando la mentira se usa para manipular o controlar, el daño no es sólo interpersonal, sino que puede convertirse en una forma de abuso psicológico. Por eso hay que ser muy cuidadosos con no suavizar la mentira bajo un lenguaje excesivamente clínico», añade este psiquiatra. Dice en última instancia que este fenómeno puede trabajarse en terapia si la persona reconoce el problema y quiere cambiarlo, pero que no se «trata al mentiroso» como si ser mentiroso fuera una enfermedad, sino que se trabajan aspectos concretos como la impulsividad, la evitación, la vergüenza, la necesidad de aprobación, la baja autoestima, o los patrones de manipulación. «Tenemos que recordar que la mentira puede estudiarse desde la psiquiatría y la psicología, pero no debe medicalizarse sin más. Mentir no es un diagnóstico, y comprender los mecanismos de la mentira nunca debe servir para justificarla ni para quitar responsabilidad a quien engaña deliberadamente», concluye.