Crítica de 'Il trovatore': Juego de espectros
'Il trovatore', de Verdi. Reparto: Artur Rucinski, Marina Rebeka, Ksenia Dudnikova, Piotr Beczala, Krysztof Baczyk, Rocío Faus, Fabián Lara, Juan Manuel Muruaga, Claudia Agüero. Orquesta y Coro del Teatro Real. Director: Nicola Luisotti. Madrid, 29-VI-2026.
Ha vuelto, después de siete años, al Real, esta caprichosa lectura teatral de la gran ópera de Verdi, que nos ha demostrado de nuevo la artificiosidad de sus planteamientos en una lectura que trata de hurgar en los comportamientos, en los fantasmas, recurriendo a un rosario de metáforas nada convincentes, distorsionando acciones y hechos. Hay una permanente recurrencia a lo sucedido en el pasado, una utilización excesiva de la memoria, lo que se hace en un escenario vacío con elementos simbólicos.
La dirección teatral de Negrín, puesta ahora en pie por Jean-Michel Criqui, está cargada de lugares comunes, de reforzamiento de las evidencias. Durante casi todo el metraje vemos, encaramada a una alta pasarela, la figura de la gitana madre, empuñando en ocasiones una guadaña, con signos evidentes de haber pasado por la hoguera; como el fantasma del hijo de Azucena, un niño también requemado que zascandilea permanentemente por la escena a veces provisto también de una guadaña. Como era de esperar que el fuego castigador –'Stride la vampa'– hiciera también su acto de presencia; que en este caso es constante y repetitiva por activa y por pasiva.
El espacio escénico, con distintos planos establecidos por aisladas, móviles y estratégicas líneas verticales y horizontales, otorga, sin embargo, al conjunto un interesante juego de abstracciones. Su diseñador, Louis Désiré, es también el autor de unos bellos, a veces intemporales, figurines. Muy feo el armatoste –una suerte de torreta metálica- que se bambolea peligrosamente sobre la escena y que se supone representa el lugar donde ha sido encerrado Manrico y que queda allí plantificado, no haciendo más que estorbar. Para subrayar lo fantasmal del asunto los integrantes del coro, sean gitanos o soldados, semejan también auténticos espectros. Las gitanas, sin embargo, llevan unas vestimentas extrañas, como pertenecientes a una ignota secta. En un par de ocasiones, Ferrando actúa, no se sabe por qué, de cuenta-cuentos ante un pequeño grupo de infantes.
La función se salvó en todo caso, y bien, gracias a lo sonoro. En primer lugar por la actuación del foso, llevado en volandas por Nicola Luisotti, que, tras un comienzo algo difuso, con confusionismo de planos y aceleraciones inusitadas, templó gaitas y realizó una lectura verdiana de primera, con esa rara habilidad que posee su batuta para mantener y reforzar el siempre difícil tempo-ritmo del compositor de Le Roncole. La orquesta cumplió mejor que bien y el Coro mantuvo su nivel habitual de la mano de Basso: afinación, cohesión, precisión, elocuencia.
Afortunadamente en esta ocasión las voces brillaron a buena altura. Hablaríamos primero del barítono Artur Rucinski, viejo conocido ya por estos pagos. Es un lírico de grato color, de agudo algo falto de sustancia pero bien colocado. Centro amplio y lustroso y grave suficiente. Cantó muy bien un aria tan difícil como 'Il balen del suo sorriso', con oportunas y nada fáciles matizaciones. A su lado brilló, con voz ahora de lírico-spinto, el tenor, también polaco, Piotr Beczala. Sonidos vigorosos, en punta, centro cómodo, graves bien apoyados, agudos restallantes, medias voces casi ausentes, filados escasos. Cantó estupendamente 'A si, ben mio coll’essere', con los trinos bien reproducidos y con agudo final no escrito. En la Pira se lució menos, posiblemente baja de tono. En general, sobresaliente si aceptamos sus permanentes golpes de glotis.
La voz de la letona Marina Rebeka es ampliamente lírica, perfumada, dotada de un metal muy rico y resplandeciente. Graves algo débiles, agudos y sobreagudos (de los que hizo gala) perfectamente apoyados. En general cantó cómoda y también, en ocasiones, pasajeramente destempladilla. Sobresaliente para su 'D’amor sull’ali rosee', un aria dificilísima con ascensos al Re sobreagudo y agilidades a porrillo. Nos sorprendió gratamente el caudal, la robustez, la seguridad de la mezzo uzbeka Ksenia Dudnikova, elástica y vigorosa; aunque no domina los trinos de 'Stride la vampa'. Nota aceptable para el bajo Krysztof Baczyk (otro polaco) como Ferrando, caracterizado por Negrín como un malhechor de guardarropía. E insistamos: es injusto que dos buenos tenores como Moisés Marín y Fabián Lara sean minusvalorados ofreciéndoles los partiquinos de Mensajero y Ruiz. Bien Rocío Faus como Inés.
