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Июнь
2026

La vejación como entretenimiento: lo que va de 'Jackass' al Black Mirror de Simón Pérez

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Abc.es 
A finales de los 90, el aspirante a actor Johnny Knoxville propuso un artículo a la revista 'Big Brother' donde probaría artículos de defensa personal en su propio cuerpo. La idea convenció al editor de la publicación, Jeff Tremaine, quien además le convenció de grabarlas en vídeo. Aquellas primeras grabaciones, en las que Knoxville era rociado con spray de pimienta, recibía descargas de un táser e incluso se dejaba disparar con una pistola mientras llevaba un chaleco antibalas, no solo llamaron la atención por su carácter extremo, sino que acabarían convirtiéndose en la semilla de uno de los fenómenos más impactantes y polémicos de la televisión y el cine de los años 2000: 'Jackass'. Al proyecto se sumaron figuras como el cineasta Spike Jonze, cuya experiencia en el mundo del videoclip y el cine independiente resultó clave para dar forma al programa. 'Jackass' se convirtió rápidamente en un fenómeno de masas. Primero triunfó como serie de televisión en MTV, donde sus tres temporadas alcanzaron un enorme éxito entre el público joven, y después dio el salto al cine con una saga que amplió aún más su popularidad. Su propuesta era tan sencilla como radical: someter a sus protagonistas a pruebas absurdas, dolorosas y, en muchas ocasiones, peligrosas, llevando al límite tanto su resistencia física como su capacidad para soportar la humillación. Entre las escenas más recordadas figuran ser embestidos por un toro, situarse frente a una mina Claymore adaptada para disparar pelotas de goma o esnifar wasabi. Finalmente, tras tres temporadas, cinco películas y más de dos décadas, el 26 de junio se estrenó 'Jackass: la última y nos vamos', la cual pretende ser la que cierre la franquicia. Su influencia, sin embargo, fue mucho más allá de la propia saga. El éxito del formato dio lugar a numerosos imitadores que trasladaron ese mismo tipo de humor físico y extremo a internet. En España, uno de los ejemplos más conocidos fueron los 'Dickstroyers', un grupo de creadores que durante años construyó su popularidad en Youtube a partir de pruebas de riesgo, bromas y desafíos inspirados en ese espíritu irreverente, acumulando más de 6,5 millones de visualizaciones en la plataforma. Contactados para este reportaje, declinaron, amablemente, participar. Sí lo hicieron los australianos Marty & Michael , dos de los creadores de contenido más populares de su país –más de 7 millones de seguidores en sus diferentes redes sociales y casi 600 millones de visitas en Youtube– y colaboradores de la última película de la franquicia. A su juicio, el secreto del éxito de 'Jackass' nunca ha estado únicamente en las acrobacias o el dolor. «La incertidumbre de no saber qué va a ocurrir genera mucha curiosidad, pero no creo que sean solo las acrobacias lo que hace que la gente vuelva; también está la comedia», explican a ABC. «La risa ayuda a las personas a sobrellevar momentos difíciles, y nosotros utilizamos nuestras acrobacias y nuestro dolor para hacer reír». Su análisis coincide, en parte, con el de la escritora e investigadora británica Tiffany Watt Smith, autora de 'Schadenfreude: El placer de la desgracia ajena' . Para ella, el atractivo de este tipo de contenidos tampoco puede reducirse al sufrimiento. «Esta idea es muy antigua. Muchas culturas tienen una palabra para describir esa experiencia de sentir placer por la desgracia de otra persona», explica. Lejos de ser un fenómeno propio de internet o de formatos como 'Jackass', la fascinación por el tropiezo ajeno lleva siglos formando parte de la cultura. La autora recuerda incluso un estudio de la Universidad de Oxford según el cual las mayores carcajadas suelen producirse ante la comedia física, basada en golpes, caídas o accidentes. La risa compartida, sostiene, cumple además una importante función social. Sin embargo, el éxito de este tipo de contenidos no se explica únicamente por el dolor. «Disfrutamos porque creemos que esa persona se lo merecía. Es una especie de justicia », afirma. Cuando quien acaba haciendo el ridículo es alguien arrogante, excesivamente seguro de sí mismo o ha traspasado determinados límites, la humillación adquiere para el espectador un cierto sentido de justicia poética. Ese placer, no obstante, tiene un límite. Como señala Watt Smith, la diversión desaparece en el momento en que el espectador percibe que el daño deja de formar parte del juego y se convierte en un sufrimiento real . Quizá ahí haya residido siempre parte del delicado equilibrio de 'Jackass': hacer creer al público que el riesgo era auténtico, pero no tanto como para dejar de resultar divertido. Marty & Michael apuntan precisamente en esa dirección cuando sostienen que el legado del programa no reside solo en sus acrobacias, sino en la complicidad de sus protagonistas. «Todos eran amigos de verdad, y esa química se trasladaba a la pantalla», explican. «Crearon un género» . Pero si el mecanismo emocional lleva siglos acompañándonos, ¿por qué parece ocupar hoy un lugar tan destacado en el entretenimiento? Para la socióloga Amparo Lasén , especialista en cultura digital, la respuesta no está en que las redes sociales hayan inventado estas emociones, sino en que han aprendido a explotarlas. «Hay una especie de pedagogía de las redes», explica. Los algoritmos descubren rápidamente qué contenidos generan más interacción y terminan enseñando a los propios usuarios qué comportamientos funcionan mejor para captar la atención . El resultado es una escalada en la que el ridículo, la confrontación o la humillación se convierten en recursos especialmente eficaces para destacar entre millones de publicaciones. Esa lógica también ayuda a entender por qué el universo de 'Jackass' y buena parte de sus imitadores no son exactamente lo mismo. Mientras Marty & Michael atribuyen buena parte del éxito del programa a la amistad y la química entre sus protagonistas, Lasén observa que muchas de las dinámicas actuales responden a incentivos distintos. En 'Jackass', la humillación formaba parte de una puesta en escena colectiva y voluntaria; en otros casos, especialmente dentro del ecosistema de las redes sociales, la exposición al ridículo se convierte además en una mercancía . Es el caso de Simón Pérez , el economista que, tras el éxito viral de las «hipotecas de tipo fijo», se ha convertido en un creador de contenido que acepta retos humillantes y peligrosos —desde salir a la calle disfrazado y gritando hasta consumir grandes cantidades de droga— a cambio de dinero. Para Lasén, este tipo de fenómenos no solo hablan de quienes se exponen, sino también de quienes observan e incluso pagan por hacerlo. «Son pequeñas recompensas afectivas », explica. Humillar o contemplar la humillación de otra persona puede proporcionar durante unos instantes una sensación de superioridad o de reconocimiento difícil de encontrar en otros ámbitos de la vida. La socióloga sitúa ese fenómeno en un contexto social más amplio. En una sociedad cada vez más individualizada, donde el reconocimiento depende de la capacidad de destacar, muchas personas experimentan una constante sensación de insuficiencia. «He tenido un mal día o en mi trabajo estoy siempre en una posición subalterna; pues ahora me voy a permitir pasar por encima de un desconocido », resume para explicar cómo algunas personas utilizan las redes sociales como un espacio donde recuperar, aunque solo sea de forma simbólica, una posición de poder. A su juicio, tampoco es casual que muchos de los ejemplos más extremos de este tipo de entretenimiento estén protagonizados por hombres. «Los hombres se juegan su identidad en demostrar que tienen poder y control», señala. Cuando ese reconocimiento no llega a través del éxito profesional, económico o social, algunos recurren a formas de hipermasculinidad basadas en el riesgo, la agresividad o la humillación, tanto propia como ajena. Las plataformas digitales amplifican estas dinámicas. Ya no basta con consumir contenidos: también invitan constantemente a comentar, valorar, dejar reseñas o responder a otros usuarios. Cada interacción ofrece una oportunidad para emitir juicios y, en ocasiones, para situarse simbólicamente por encima de los demás. La economía de la atención no solo recompensa a quienes consiguen hacerse visibles, sino también a quienes participan activamente en esa competición por decidir quién merece la aprobación, el ridículo o el escarnio público. Quizá esa sea una de las principales herencias de 'Jackass'. Como recuerdan Marty & Michael, la franquicia «creó un género» difícil de reproducir porque se sostenía sobre la amistad y la complicidad de sus protagonistas. Tiffany Watt Smith sitúa ese éxito dentro de una emoción tan antigua como la humanidad, mientras que Amparo Lasén explica cómo las plataformas digitales han aprendido a convertir esa emoción en un recurso especialmente rentable. Entre unas y otras explicaciones hay un hilo común: 'Jackass' quizá no inventó nuestra fascinación por el ridículo, pero sí contribuyó a popularizar una forma de convertirla en espectáculo que internet ha multiplicado y transformado. La pregunta, más de 25 años después de que Johnny Knoxville decidiera ponerse delante de una cámara para recibir un disparo con un chaleco antibalas, sigue siendo la misma: ¿qué buscamos realmente cuando disfrutamos viendo caer a otro ?