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Июнь
2026

Con 86 años, este herrero sigue trabajando 17 horas al día y creando cuchillos que duran toda una vida: "La gente es lo primero"

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A sus 86 años, este artesano japonés, que todavía se enfrenta a jornadas laborales de 17 horas, no concibe una vida que no transcurra entre chispas y piedras de afilar. "Trabajo 365 días al año", confiesa en un documental publicado por Japanese Food Craftsman con una sonrisa mientras prepara un gyuto, un cuchillo occidental para cortar carne.

La pieza que muestra esa mañana está forjada con acero de alta velocidad, un material que, según explica, mantiene el filo durante mucho tiempo y resiste la oxidación. El taller alberga maquinaria que décadas atrás adquirió por diez millones de yenes y que hoy valdría el doble. "Si traes máquinas como estas, tienes que producir mucho para recuperar tu dinero", recuerda mientras señala que hubo épocas en las que fabricaba alrededor de tres mil unidades.

La filosofía forjada entre brasas y clientes

Las manos de Nakamura son gruesas, deformadas por décadas de sujetar tenazas y balancear el martillo. Ni siquiera caben en unos guantes sin que él mismo los ensanche antes.

Con esas manos ha creado utensilios en los que pensó durante décadas. Una de sus herramientas más preciadas es un dispositivo para afilar hoces que ideó cuando recibió un pedido de cuatrocientas cuchillas.

"Pensé: necesito crear una herramienta para esto, y entonces se me ocurrió", relata con orgullo. Pero lo que de verdad ilumina su rostro es la visita de clientes que conoce desde hace treinta o cuarenta años. Algunos le traen cuchillos que él mismo fabricó hace cuatro décadas solo para un reafilado.

"Es lo mejor cuando la gente los usa con cuidado", afirma mientras inspecciona una hoja que reconoce al instante. Para él, cada etapa del afilado sigue un ritual preciso: nivela el filo, ajusta la parte superior y después trabaja toda la hoja. El acabado espejo final lo compara con el maquillaje de una mujer, una capa de precisión que borra cualquier imperfección.

El motor que ni el cansancio puede apagar

La energía de este herrero desconcierta incluso a quienes lo visitan a diario, cuando termina la jornada, el Shochu se convierte en su compañero inseparable.

Mientras bebe, sirve el licor con un método de mezcla que bromea haber patentado como "escuela Nakamura".

La charla se desliza hacia recuerdos más amargos. Explicó ante las cámaras de Japanese Food Craftsman que su padre fue enviado a la guerra y nunca regresó.

La familia sobrevivió gracias a los vecinos del pueblo, que durante sus años de primaria le daban dumplings y bolas de arroz. "Creo que de ahí viene. Eso se ha quedado conmigo todo este tiempo", reflexiona conmovido.

Por eso insiste, casi como un mantra, en que "la gente importa más". Esa gratitud de infancia se ha transformado en un respeto inquebrantable hacia cada persona que sostiene uno de sus cuchillos. Un pescadero que lleva veinticinco años comprando sus piezas resume la experiencia con una frase: "Con un cuchillo Nakamura, va perfecto". Al observar cómo el cliente retira la piel de una dorada, Nakamura sentencia que la habilidad es un cincuenta por ciento y el cuchillo, el otro cincuenta.

El herrero reconoce que nunca intentó dejar el oficio. "No había trabajo, así que me dediqué a esto. Al final, nunca logré dejarlo. El trabajo nunca me ha parecido una carga. Lo hago porque lo disfruto", explica mientras una hoja más grande que él reposa sobre el yunque. Su hijo continúa el legado en el taller, aunque Nakamura admite entre risas que su actitud es diferente y que le manda un mensaje claro en dialecto local: "Kibaiyanse", sigue trabajando duro.

Setenta y un años después de su primer día como aprendiz, el viejo artesano aún controla la temperatura del horno sin un termómetro. "Si no puedes leer la temperatura, no puedes forjar", sentencia.