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Después del estremecimiento de las elecciones...

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Como un estremecimiento: así vivimos –creo que la mayoría– las recientes elecciones. Aun así, a estas alturas del paso del tiempo, ya tendríamos que estar en otra cosa: pensándonos como país, con un reguero de preguntas punzando nuestras cabezas.

A tal efecto, y después de hacer un llamado a que, como demócratas, sepamos aceptar su resultado como manifestación que es de la soberanía popular –bajo el resguardo de la institución más preciosa que tenemos, el Tribunal Supremo de Elecciones–, les propongo considerar, al menos, los siguientes ejes conceptuales.

Uno. Lograr que languidezca la profunda división que se manifestó y hacer que dure y crezca la buena voluntad de alianzas que vimos surgir entre la mayoría de los partidos de oposición, hasta contagiar al Ejecutivo, recordando que solo ayudándonos prosperamos como país; al igual que lo hizo la humanidad a partir de aquel fémur fracturado y curado que Margaret Mead supo interpretar como la primera señal de nuestro ser cultural.

Dos. La democracia no se agota con la elección. El resultado final es solo una parte de ella y, de cierta forma, un pequeño paso en el devenir de un país; por ello, encaremos tanto el triunfalismo como la amargura para darles un curso que no destruya lo que tenemos. Una forma es reflexionar –en política, la reflexión es lo que nos salva, por su naturaleza irracional– sobre el hecho de que se trata de la institucionalidad y esta no acepta términos absolutos: recordemos que quienes ganaron no han recibido un cheque en blanco de la ciudadanía, y que deberán dar la cara y demostrar que saben la diferencia entre ganar y gobernar.

Tres. Las elecciones nos dejan en evidencia un quiebre en la confianza de la autoridad y, a la par, una fragilización de lo público, como apuntó en su momento Hannah Arendt. La desconfianza que venía creciendo, agravada sobre todo por los discursos oficiales de odio, deberá ser atendida con acciones capaces de satisfacer las necesidades más vitales de la gente más marginalizada –como la salud, la educación y el trabajo– para favorecer así la reparación de la fe en las instituciones.

Cuatro. Nuestra responsabilidad no se terminó con el voto. Se abre un nuevo capítulo ciudadano como vigías del trabajo de aquellas personas que fueron elegidas y de sus equipos. Deberemos evitar el aplauso fácil y la complacencia, y cultivar la crítica; señalar las fallas sin rodeos, sin concesiones.

No debemos descuidar la responsabilidad de quienes ganaron: necesitamos liderazgos humanos, no infalibles; con autoridad, no autoritarios; que nos unan, no que nos separen más; que vuelvan la grosería algo de lo cual avergonzarse.

No nos desentendamos de los partidos que perdieron: tras pedir nuestro voto, deberán demostrar que querían algo más que un cargo y seguir trabajando por el bien del país. De otra forma, tendremos buena memoria la próxima vez que vuelvan a aparecer.

Asimismo, resguardemos directamente los contrapesos posibles gracias a los mecanismos institucionales y no gubernamentales; en particular, sepamos acuerpar a la prensa, defendiéndola de forma radical.

Cinco. Atendamos los detalles de lo que acaba de pasar para reflexionar sobre qué es lo que los diferentes sectores del país dijeron con sus dudas, indiferencia o enojo; con su voto válido, nulo o abstención. ¿Cómo se explica, en términos históricos y culturales, que la descalificación dejara de parecer una anomalía y se volviera una forma de liderazgo aceptable? ¿De qué forma el país y su tradición pacifista se ven interpelados debido a la normalización de una violencia oficial elogiada por muchos? ¿Qué es lo que se espera de la política: venganza, esperanza, aportes? ¿Cuáles son las implicaciones que este proceso electoral tiene para nuestra institucionalidad democrática, incluyendo la convivencia social? ¿Qué país nos queda, con cuáles heridas, cuáles aprendizajes?

Cierro con un recordatorio básico: sepamos acoger el conflicto como lo que es, parte de la democracia –como lo afirma Chantal Mouffe–, y aprendamos de su curso para lograr, como dice ella, un “consenso conflictivo”.

isabelgamboabarboza@gmail.com

Isabel Gamboa Barboza es escritora, profesora catedrática de la UCR y docente tiktokera. Galardonada con el Premio Nacional de Literatura Aquileo J. Echeverría 2025 en la categoría de Cuento.