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Septenario de la Esperanza de Triana: lección de humildad

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Abc.es 
La noche se metió en agua, pero aun así se agolpaba en la entrada por Vázquez de Leca (qué injusticia se cometió en el nomenclátor) bajo los paraguas un puñado de incondicionales que aguardaba, sin poder entrar, que acabara la misa de 19.30 de la parroquia. A las ocho se abrieron las puertas y dio comienzo el rosario y el ejercicio del septenario, en el que se recitó -pasemos de puntillas- el magníficat, aunque mutilado porque se prescindió de su último párrafo. El septenario de la Esperanza de Triana en la tercera semana de Cuaresma es uno de esos 'imprescindibles' de los cultos cofradieros. Sorprende, y para bien, la destacada presencia de gente joven en un lunes lluvioso, señal siempre de vitalidad en la hermandad. Por la calle Pureza viven tiempos de euforia tras la misión popular desplegada en el Polígono Sur entre octubre y noviembre pasados. Por eso cobró más valor si cabe la predicación de Marcelino Manzano , el delegado diocesano de hermandades y cofradías, que ha ocupado la cátedra sagrada todos los días del septenario. Se centró en la belleza de la humildad, que el predicador observa en «la profundidad de los ojos grandes de la Esperanza». «¿Puede ser guapa la humildad, hermosa la pequeñez?», se preguntó retóricamente don Marcelino antes de apoyarse para su exordio en el relato de Naamán el sirio de la primera lectura y el propio Evangelio de la jornada. Bien hecho, porque con harta frecuencia, el predicador de los cultos cofrades se desentiende de explicar la Palabra. O sucede lo contrario, que de tanto embeberse con la explanación de las Escrituras, se olvida de citar a los titulares de la hermandad incluso. Así que don Marcelino estuvo en el centro, como fiel de una balanza . Y dijo lo que quería decir: «A veces, pensamos que la vida de hermandad es como una escalera en la que se busca el carrerismo, saber más secretos que el otro, tener más responsabilidades que los demás y nos olvidamos de que para subir, hay que bajar y no buscar el aplauso, ni rivalizar ni querer los primeros puestos». También dijo más. Que «la humildad de María es fuente de esperanza » y que «no es posible tener esperanza si no hay humildad y pequeñez». Como la había en la devoción de «los humildes y los sencillos» que le traía el eco de la misión evangelizadora del pasado otoño en el Polígono Sur. Iba leyendo la homilía, pero la adobaba con sus gestos y sus modulaciones de voz. ¡Ay, la modulación! El talón de Aquiles de los coros y rondallas populares como el que cantó, con demasiado volumen e intensidad para gusto de este cronista, la misa. Otra cosa son los cantos elegidos. Hombre, el septenario de la Esperanza de Triana es una ocasión única, pero que el canto de entrada, el ofertorio y la comunión sean variantes de esa devoción mariana trianera como que resulta redundante. Al menos, el kyrie (sin responsorio, sólo la aclamación), el sanctus y el agnusdéi se salvaron de la inflación semántica en torno a la cerámica, la marinería y los gitanos, considerados en nuestros días el alma verdadera de Triana, que transpiraban los versos cantados. El oficiante, por su parte, cantó con buen tono y afinación el prefacio y la doxología . Y el oficio religioso acabó con toda la asamblea entonando a capella la hermosísima 'Salve marinera' de la hermandad. De la forma más humilde, allí todo el mundo cantaba acompasado para hacer realidad el remate de la homilía: «Pidamos que nos libre de los orgullos que matan la Esperanza y nos dé un corazón sencillo que se abandone en Dios». Así sea.