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Cuestiones castellanoleonesas

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Lo que Castilla y León tiene de escenario político no es su fragmentación, que no es mayor que la de otros territorios, sino su representatividad. Es la comunidad autónoma o región más extensa de la Unión Europea, al tiempo que es una de las más despobladas (ha perdido cerca del 10% de su población en los últimos 20 años), con provincias como Zamora o Soria, que figuran entre las de menor densidad demográfica de todo el continente. Su economía agroindustrial soporta el 12% del PIB regional y sostiene cadenas de valor que llegan hasta los mercados internacionales, pero sobre una estructura territorial en la que la inmensa mayoría de los municipios tiene menos de 1.000 habitantes.

Esta realidad trae consigo una paradoja: exigiendo, por sus circunstancias, que las lejanías entre representantes y representados, que son propias de toda democracia representativa, se achiquen lo máximo posible, la sobreexpone, precisamente, a esas distancias que van desde Madrid a Bruselas y que generan flujos de hartazgo, frustración y enfado ciudadano.

Y esa es la primera de las cuestiones que se pone a examen este domingo: a dónde han ido a parar esos flujos. En las elecciones anteriores, Vox logró canalizarlos y trazó como único camino posible, el del acuerdo y la coalición. Por primera vez en la historia del partido, estaba en disposición de formar parte de un gobierno. Y lo hizo.

Aquel experimento, que duró algo más de dos años, se rompió en julio de 2024 por la decisión de la Junta de acoger veintiún menores migrantes procedentes de Canarias, dentro de un reparto voluntario entre comunidades autónomas. Vox abandonó el gobierno y el PP continuó en minoría hasta agotar el mandato. Las coaliciones, en la política real, no se sostienen sobre programas, sino sobre tensiones administradas; son concilios de miradas permanentes.

Esta es la segunda de las cuestiones que se someten a examen: si Vox, que abandonó sus responsabilidades al frente del ejecutivo autonómico presentándolo como gesto de integridad ideológica y programática, será o no capaz de capitalizar ese requiebro y, sobre todo, si es capaz de gestionar la propia contradicción a la que la realidad –de momento, según todas las encuestas– le lleva: ser necesario y, por lo tanto, ser responsable.

La tercera cuestión es, claro, Pedro Sánchez y el PSOE. La tendencia que arrojan las encuestas indica que los socialistas resisten mejor que en Extremadura y que en Aragón. Para esto pueden aventurarse dos razones: la dispersión demográfica, que prima la estructura y la infraestructura de los grandes partidos y su implantación en todos los territorios; y la decisión estratégica del candidato socialista de parecerse poco a lo que Pedro Sánchez y su PSOE proyectan. Es decir: aparato y medio foco. Si el PSOE resiste, será por eso. Por nada más. Toda vez, además, que Sánchez ha asumido la pérdida territorial como pérdida menor en su estrategia a medio y largo plazo de aquí a las elecciones generales.

Y la cuarta, la más relevante para el futuro, es el horizonte que cada bloque sea capaz de proyectar. Porque la concatenación de distintas elecciones autonómicas –Extremadura, Aragón, Castilla y León y las próximas en Andalucía– crean un contexto de hiperactividad política y electoral en el que el horizonte, el marco de conversación pública, deja de ser finito, que se desvanece con la resaca electoral, y pasa ser igual que un pórtico de piedra que permanece.

La izquierda tendrá que empezar a pensar en practicarse a sí misma un exorcismo. La decadencia, que en Castilla y León puede verse disimulada por la estructura, no desaparece por vídeos de TikTok jugando con perros en los jardines de la Moncloa; ni tan siquiera la oculta. Y el PSOE se parece más a una estantigua que a un partido; a una reunión de espectros liderados por un presidente del Gobierno que juega a la nigromancia política, intentando mantener en pie lo que a vista de todos no es más que un cuerpo esclerotizado y sin fuerza.

La derecha se enfrentará al mismo dilema que llevan rondándole, como mínimo, un año; y que seguirá rondándole en los siguientes, porque la expectativa de su votante es nítida y nada mudable. La estrenada claridad del Partido Popular respecto a Vox desplaza el peso de ese dilema hacia Abascal, que tarde o temprano, lo quiera o no, tendrá que resolver si, como es evidente que le pide su electorado, facilita la superación de la etapa de Sánchez o no.

El error extremeño debería ser precisamente eso; un error; que ni exime a María Guardiola de los suyos ni puede ser disimulado a posteriori. No cabe en la lógica de ningún votante de centroderecha que, superando a la izquierda en todos los indicadores –porcentaje, votos y escaños–, la derecha no sea capaz de un acuerdo y de un gobierno estable. Y como las expectativas están tan afiladas, también pueden estarlo las decepciones.