Celestino: laberinto de tiempo para la joven narrativa cubana
HOLGUÍN.— En 1999, un periodista de 30 años, acostumbrado a contar la urgencia de la realidad contrarreloj, decidió confiarle sus dudas y sus sueños a un recién nacido concurso literario que llevaba el nombre de un personaje alucinado: Celestino, aquel niño que escribía en los troncos de los árboles antes del alba.
No sabía entonces, por propia confesión, «ni puñetera idea» de lo que vendría después, pero al ganar la primera edición del Premio Celestino de Cuento puso un pie en una historia que hoy cumple 27 años y que sigue cambiando destinos, página a página.
Ese narrador es Rubén Rodríguez, y su gratitud viva resume el espíritu de un certamen que no solo entrega un diploma, concede permiso para atreverse, abre una puerta en el tiempo y convierte la vocación en certeza.
La 27ma. edición del Premio Celestino de Cuento fue presentada en la sede de Ediciones La Luz, en Holguín, casa editorial que, junto a la Sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), vuelve a lanzar una convocatoria que ya es rito y estación de paso obligada para los jóvenes narradores cubanos.
Con el auspicio del Centro Provincial del Libro y la Literatura y la Dirección Provincial de Cultura, el encuentro estuvo conducido por el poeta Luis Yuseff, director de la editorial, quien dio la bienvenida y recordó la singularidad de este premio dentro del mapa de la literatura joven en el país.
Se trata, en medio de los avatares, de reactivar una tradición que ha sabido resistir los vaivenes de la diosa Fortuna y mantenerse fiel a su cita anual, desde Holguín para toda Cuba.
En voz de Lorena Vázquez Fraga, jefa de la Sección de Literatura de la AHS en Holguín, se escuchó la lectura oficial de las bases, verdadero mapa para quienes sueñan con que sus cuentos dejen el escritorio y salgan a la intemperie de los lectores.
Podrán participar todos los escritores cubanos, residentes en el país, miembros o no de la AHS, que no sobrepasen los 35 años de edad. Deberán concursar con un cuaderno inédito de cuentos, con una extensión mínima de 45 cuartillas y máxima de 70, en letra Times New Roman de 12 puntos e interlineado 1.5, rasgos formales que afinan la disciplina y el rigor de la propuesta.
Los originales se recepcionarán únicamente por vía electrónica, a través del correo 27premiocelestinodecuento@gmail.com, en dos archivos separados e identificados: uno con el libro en concurso y otro con la plica, resguardando así el necesario anonimato del proceso.
La convocatoria permanecerá abierta hasta el 18 de mayo de 2026, fecha límite para enviar los manuscritos, mientras que el fallo del jurado se dará a conocer el 12 de junio, en la peña Abrirse las Constelaciones, otra casa simbólica de la narrativa joven en Holguín.
El premio consistirá en un diploma acreditativo, 10 000 pesos en moneda nacional y, sobre todo, la publicación del libro por Ediciones La Luz, tanto en formato impreso como en versión digital, con el correspondiente pago del derecho de autor.
Más allá de las cifras, la verdadera recompensa es ingresar al catálogo de una de las editoriales más prestigiosas en el ámbito de la literatura joven cubana, y dialogar con una tradición que se ha ido consolidando libro tras libro.
El jurado estará integrado por figuras de reconocido prestigio en nuestras letras, garantía de la seriedad y la exigencia que desde siempre han distinguido al Celestino.
Uno de los momentos singulares del lanzamiento fue la intervención del diseñador Robert Ráez, responsable de la gráfica que acompaña la convocatoria y que, este año, se deja atravesar por los laberintos borgeanos.
El creador compartió claves del proceso conceptual y visual que dio cuerpo a la imagen de la edición: un universo donde se cruzan el tiempo, los espejos y las bifurcaciones, como si cada portada fuese también un mapa del cuento por venir.
En tiempos en que la imagen es puerta de entrada y carta de presentación, la gráfica del Celestino propone una atmósfera, una complicidad con los imaginarios de los jóvenes narradores que se atreven a entrar en ese laberinto de palabras.
Este año, el Premio Celestino de Cuento está dedicado a la obra del escritor argentino Jorge Luis Borges y al aniversario 40 de la Asociación Hermanos Saíz. Bajo el lema Celestino en un laberinto de tiempo y el guiño 40 años sin el hacedor, la convocatoria es diálogo vivo con una de las voces esenciales de la literatura universal.
Borges entendió el cuento como un «jardín de senderos que se bifurcan», como un espacio donde el tiempo se detiene, se repite, se curva sobre sí mismo o se desdobla en infinitas posibilidades.
Ese mismo juego con el tiempo, al decir de Rubén Rodríguez, convierte al relato breve en género de la espera y la esperanza, capaz de contener mil años en una frase o fijar para siempre un instante mínimo, un Aleph doméstico que lo condensa todo.
Rubén Rodríguez recordó ante el público cómo el Celestino nació por iniciativa del escritor holguinero Ghabriel Pérez y un grupo de jóvenes narradores que soñaron con un concurso que llevara el nombre del protagonista de Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas, una de las cuatro mejores novelas cubanas de la década de 1960 junto a Tres tristes tigres, El siglo de las luces y Biografía de un cimarrón.
La intención era fundar un espacio para la joven narrativa, levantar una trinchera para quienes apenas empezaban a tantear los abismos de la literatura.
En sus inicios, el certamen tuvo carácter local y se concursaba con un solo cuento; luego, gracias al tesón de Ediciones La Luz y la AHS, se hizo más exigente, pidió un libro y abrió sus puertas a participantes de toda la Isla, fueran o no miembros de la organización.
Con el paso de los años, ese movimiento de expansión convirtió al Celestino en un faro visible desde cualquier punto del país, ansiado por autores matanceros, espirituanos, habaneros o camagüeyanos que hoy engrosan el palmarés del premio y, al mismo tiempo, la familia que lo sostiene.
La seriedad de la convocatoria, la calidad de sus jurados, la publicación del libro ganador y esa capacidad de convertir la entrega en una verdadera fiesta del cuento —con paneles, presentaciones y debates— han cimentado un prestigio que trasciende las fronteras de Holguín.
«Celestino se ha vuelto una especie de secta —confiesa Rubén—, nuestra benévola, misteriosa y gozosa secta», donde cada nuevo ganador se suma a una genealogía que lo antecede y lo respalda, una red que acompaña, dialoga y discute, pero nunca deja solo al que empieza.
Para el autor que ganó la primera edición, el premio no fue únicamente un reconocimiento en papel o una modesta dotación económica con la que saldar alguna deuda mínima. Fue, sobre todo, el permiso para atreverse, la confirmación de que aquellas historias que no cabían en la noticia diaria merecían existir y ser leídas.
Desde aquel 1999 no ha dejado de narrar historias y reconoce que cada libro que ha publicado tiene una deuda impagable con ese momento fundacional. La imagen de Ediciones La Luz como paritorio e iluminación se repite, entonces, en cada cuaderno premiado. De la oscuridad del archivo surge un volumen que se coloca en manos de otros, y en ese tránsito el autor también se descubre y se redefine.
No es casual que la nueva edición llegue, como subraya Rubén, atravesada por un aniversario mayor: los 40 años de la muerte de Borges. «Digo muerte y no alguna melindrosa perífrasis —aclara—, porque Borges fue un amo de las palabras y aprender a nombrar las cosas reviste un poder iniciático».
Nombrar el tiempo, el laberinto, la espera, la relectura infinita: ahí se juega parte de la lección borgeana que dialoga con los jóvenes narradores cubanos que hoy afinan sus manuscritos para enviarlos al Celestino.
A fin de cuentas, escribir cuentos es también aprender a administrar el tiempo: detenerlo antes del alba, escribir «antes que anochezca, después del crepúsculo y también, junto a Celestino, antes del alba, con sus altas estrellas», como recomienda el autor, hasta que el amanecer nos sorprenda todavía escribiendo, «toda La Luz».
Al cierre de sus palabras, el narrador holguinero apeló a otra voz imprescindible, la del poeta Eliseo Diego, quien legó en su testamento literario el más sencillo y el más vasto de los bienes: «Les dejo el tiempo, todo el tiempo».
Ese tiempo es el que hoy Ediciones La Luz y la AHS ponen en manos de los nuevos Celestinos que, en cualquier provincia de Cuba, dudan, corrigen, rehacen, escriben a escondidas o creen que ya es demasiado tarde para presentarse a un concurso.
La convocatoria de este 27mo. Premio Celestino de Cuento les recuerda que nunca es tarde para empezar de nuevo, que un cuento puede ser el principio de todo y que, mientras haya alguien dispuesto a teclear en la penumbra, el premio seguirá allí: fuerte, vivo, fiel a su propósito de abrir senderos para la joven narrativa, esperando descubrir nuevas voces para que el mundo retumbe con su fragor y, como decía Eliseo, recordarnos que «aquí no pasa nada; no es más que es la vida».
