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Una estrategia para dominar el mundo

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La guerra en Irán es incomprensible si la entendemos como fruto de una pasión irracional de Donald Trump o si la vemos como el resultado de la presión de Benjamin Netanyahu sobre el presidente norteamericano. Tampoco nos convence que sus causas se reduzcan al control del petróleo. Se olvida que Estados Unidos es en estos momentos el mayor productor del mundo; la autonomía energética que tanto anhela Europa no es una preocupación en los Estados Unidos. La guerra en Irán es el resultado de una estrategia para mantener y reforzar la supremacía mundial que mucha gente veía en entredicho en un mundo multipolar.

Estados Unidos nunca ha renunciado a esa supremacía; lo que ha cambiado es cómo garantizarla tras una serie de fracasos: pequeños como en Somalia, muy costosos como en Irak y humillantes como en Afganistán. Los acontecimientos de los últimos meses muestran de forma cada vez más clara que Estados Unidos ha renunciado a la idea de un mundo multipolar con el propósito de imponer su hegemonía en el contexto internacional. Una hegemonía que respeta la posición de otros poderes, como Rusia, India o China, pero que está diseñada para contenerlos. Frente a China y Rusia –que no son integrables en el espacio norteamericano por múltiples y obvias razones– Estados Unidos aspira a constituirse en el gran espacio hegemónico capaz de convivir con ellos y, al mismo tiempo, superarlos en todos los órdenes.

Los estudios estratégicos nos ayudan a entender cómo quiere conseguirlo. Las grandes concepciones geoestratégicas suelen resumirse en dos: las que sostienen que el dominio del mundo se ejerce controlando los mares o las que afirman que implica controlar el territorio. Aunque podemos remontarnos a Atenas y Esparta, los teóricos de referencia son Alfred Mahan y Halford Mackinder. El primero defendió, en «La influencia del poder naval en la historia» (1890), que el comercio es el fundamento de la riqueza, que este se desarrolla fundamentalmente en el mar y que quien domina el mar, tanto militar como comercialmente, domina el mundo. No hace falta penetrar en el interior, con su duro coste en vidas y en dinero; hay que controlar los estrechos y los puertos clave. Las naciones orientadas al mar, como Inglaterra, son las que dominan el mundo y eso es lo que le aconseja a los Estados Unidos; no solo crear una flota de guerra imponente, sino volcar su economía hacia los océanos.

Pocos años más tarde, el británico Mackinder defendió la tesis opuesta en «El eje geográfico de la historia» (1904). A su juicio, el desarrollo del ferrocarril limitaba la importancia del comercio marítimo. En consecuencia, la clave del poder mundial está en el control de lo que llamó «el corazón de la tierra»: Europa del Este, Rusia y Asia central, Afganistán e Irán; zonas invulnerables al poder naval y tumba de los ejércitos de tierra.

Si la tesis de Mackinder es cierta, como la última experiencia americana en Irak y Afganistán confirma, el dominio mundial es imposible. Pero los Estados Unidos quieren el dominio mundial y Nicholas Spykman les explicó cómo conseguirlo en «La geografía de la paz» (1944). Spykman argumentó que el control del mundo no pasa por dominar esa gran masa territorial que identificaba Mackinder. En realidad, basta con controlar el anillo de tierra que la rodea. La frase que resume esta idea es: «Quien controla el anillo terrestre domina Eurasia; quien domina Eurasia controla los destinos del mundo». La mayor parte de la población y poder económico mundial está en ese anillo. Es una zona en la que el poder marítimo es fundamental, pero también lo es el tejer alianzas y tener bases que sirvan de contención del centro del continente.

Esta perspectiva no era la única forma de pensar la relación entre espacio y poder. Con su tesis, Spykman se alejaba de la teoría desarrollada dos años antes por Carl Schmitt en «Tierra y mar» (1942), según la cual la historia es una sucesión de revoluciones espaciales en las que el ser humano ha expandido su dominio sobre nuevos elementos. Mientras que durante la mayor parte de la historia, el poder político fue terrestre e implicó la toma de tierra, el descubrimiento de América y la expansión española y británica conllevaron el giro hacia el dominio marítimo. Para Schmitt, la aparición del poder aéreo puso en cuestión la idea del poder nacional basado en la posesión del territorio. Aunque Spykman reconocía que el poder aéreo había cambiado las reglas del juego, priorizaba la geografía sobre la tecnología como factor determinante de la política exterior. Desde un enfoque estratégico-militar, consideraba los avances tecnológicos una herramienta que permitiría a Estados Unidos proyectar su poder sobre las regiones costeras de Eurasia para evitar que una sola potencia dominara el continente. Durante décadas parecía que Estados Unidos se había olvidado de esta tesis; hoy numerosos indicios sugieren que ha regresado.

Una mala estrategia americana y una excelente estrategia china proyectaban una sombra de duda sobre el futuro que Estados Unidos se está encargando de despejar. Europa es ya tan claramente su patio trasero como lo es América, en la que se está encargando de poner orden en los pocos lugares que no controlaba. Ejerce su influencia en África con aliados clave como Marruecos, Kenia, Nigeria y Angola –más con vistas al futuro que como problema presente–, y se centra en el lugar en el que sigue estando la clave del dominio del mundo, Eurasia.

A la vez, se acerca a Rusia, potencia que históricamente ha desconfiado de China. Si Estados Unidos deja de ser enemigo de Rusia, la alianza chino-rusa carece de sentido. Se mantienen los aliados tradicionales en el Mar de China: Corea, Japón y Taiwán, además de animar las diferencias entre India y China. Y mantiene lazos estrechos con Pakistán. La guerra en Irán es parte de ese proceso: el control de Oriente Medio, permitiendo que Israel haga el trabajo que difícilmente puede hacer Arabia Saudí.

En los próximos meses veremos si se confirma que Estados Unidos está siguiendo las tesis de Spykman. Si es así, Estados Unidos se resistirá a invadir Irán. Veremos si tiene éxito la estrategia iraní de internacionalizar el conflicto con el fin de que los problemas económicos presionen para lograr una paz que permita la supervivencia del régimen de los ayatolás.

¿Y China? Su inacción es el reconocimiento del dominio de los Estados Unidos. Mientras no invada Taiwan, no lo pondrá en cuestión. El orden que se perfila no será multipolar, sino jerárquico: varios grandes espacios coexistiendo bajo una supremacía estratégica estadounidense. En ese escenario, la guerra de Irán no será una anomalía, sino un índice y un factor del nuevo orden mundial con hegemonía de Estados Unidos.