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Los republicanos presionan a Trump para liquidar la guerra ante el temor de un castigo electoral

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La guerra contra Irán, iniciada por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero con una ofensiva aérea masiva contra instalaciones militares y gubernamentales iraníes, empieza a convertirse en un problema político para Donald Trump dentro de su propio partido. A menos de ocho meses de las elecciones legislativas de noviembre, un número creciente de dirigentes republicanos presiona al presidente para que busque una salida rápida al conflicto por temor a que una guerra prolongada se traduzca en un castigo electoral en las urnas.

El cálculo político es sencillo y brutal. En noviembre se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 34 puestos del Senado, y varios legisladores republicanos se juegan su supervivencia en distritos altamente competitivos. En ese contexto, una guerra abierta en Oriente Próximo —que además amenaza con elevar los precios de la energía— no figura entre los argumentos de campaña que más entusiasman a los estrategas del partido.

Las encuestas empiezan a reflejar esa inquietud. Un sondeo nacional de la Universidad Quinnipiac publicado esta semana indica que el 53% de los estadounidenses se opone a la intervención militar contra Irán, frente al 40% que la respalda. Cuando se pregunta específicamente por el envío de tropas terrestres, el rechazo es aún más contundente: el 74% de los votantes se opone a desplegar soldados estadounidenses en territorio iraní.

Otro estudio reciente muestra que el 42% de los ciudadanos cree que los ataques deberían detenerse, mientras que apenas el 34% considera que deben continuar. Además, casi dos tercios de los encuestados afirman que la Casa Blanca no ha explicado con claridad cuáles son los objetivos de la campaña militar.

Estas cifras preocupan especialmente a los estrategas republicanos porque el electorado estadounidense llega al ciclo electoral con una prioridad muy definida: la economía. El costo de vida y la inflación siguen siendo los principales problemas para los votantes, muy por encima de los asuntos de política exterior.

La guerra amenaza precisamente con agravar ese frente. Desde el inicio de las hostilidades, los mercados energéticos han reaccionado con volatilidad. El precio del petróleo ha superado momentáneamente los 100 dólares por barril, mientras el precio promedio de la gasolina en Estados Unidos se acerca a los 3,60 dólares por galón, un incremento que podría tener consecuencias políticas directas si se mantiene durante los próximos meses.

Para un partido que pretende hacer campaña denunciando el costo de vida y responsabilizando a los demócratas por la inflación de los últimos años, el aumento del combustible supone un riesgo evidente. Algunos legisladores republicanos reconocen en privado que una guerra prolongada podría erosionar su apoyo entre votantes independientes y en distritos suburbanos clave.

La presión también proviene de sectores del propio movimiento conservador. Parte de la base electoral que llevó nuevamente a Trump a la Casa Blanca lo hizo seducida por su promesa de evitar nuevas guerras en el extranjero. Esa narrativa, sintetizada en el lema “America First”, defendía una política exterior menos intervencionista y más centrada en los problemas internos de Estados Unidos.

El ataque conjunto con Israel contra objetivos iraníes ha reabierto ese viejo debate dentro del Partido Republicano entre los sectores más intervencionistas y aquellos que defienden una política exterior más prudente.

La tensión se ha hecho visible incluso en el Senado. Hace pocos días, un grupo bipartidista intentó impulsar una resolución para limitar las operaciones militares contra Irán sin autorización explícita del Congreso. La iniciativa fue finalmente bloqueada por la mayoría republicana, pero el senador libertario Rand Paul rompió filas con su partido y votó a favor de restringir el uso de la fuerza.

“Una guerra larga en Oriente Próximo no es lo que votaron los estadounidenses”, advirtió Paul en declaraciones recientes, reflejando un sentimiento cada vez más extendido entre algunos sectores del electorado conservador.

Mientras tanto, la Casa Blanca envía señales ambiguas sobre la duración del conflicto. En algunas intervenciones públicas, Trump ha afirmado que la campaña militar está “prácticamente completada” y que las capacidades militares iraníes han sido gravemente debilitadas. En otras ocasiones, sin embargo, ha señalado que Estados Unidos continuará las operaciones hasta lograr una “victoria total”.

La ambigüedad refleja la incertidumbre sobre los objetivos estratégicos de la operación. Informes recientes de inteligencia estadounidense indican que, pese a casi dos semanas de bombardeos, el régimen iraní no muestra señales de colapso y mantiene intacto el control del aparato estatal y militar.

Ese diagnóstico plantea un dilema para la Casa Blanca. Si el objetivo es provocar un cambio de régimen en Teherán o debilitar estructuralmente al gobierno iraní, la campaña militar podría requerir una operación mucho más prolongada. Pero cuanto más se alargue la guerra, mayor será el costo político para el Partido Republicano en un año electoral.

Por esa razón, varios analistas en Washington consideran que la estrategia más probable para Trump será declarar una victoria limitada y reducir gradualmente las operaciones militares en las próximas semanas.

Con el calendario electoral avanzando y la opinión pública dividida, el presidente enfrenta ahora un desafío que trasciende el campo de batalla: terminar la guerra antes de que empiece la campaña electoral de verdad.