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Annette Messager: objeto de deseo

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Abc.es 
Después de casi diez años sin exponer de forma individual en España, Annette Messager (Francia, 1943) reaparece en la escena nacional con su primera individual en una galería, confirmando su posición como una de las figuras clave del arte contemporáneo. Sus credenciales artísticas se centran en el empleo de materiales cotidianos y domésticos, textiles, documentos varios, foto, dibujos y objetos encontrados a los que confiere una factura y una fisicidad muy personal, y con los que articula unas narrativas en las que la simbología de los elementos corporales, la vulnerabilidad, el deseo, la sexualidad, la identidad, la memoria y lo femenino, son protagonistas. 'Désirs / Disorders' reúne en Albarrán Bourdais una selección de obras realizadas desde finales del siglo XX, con esas primeras instalaciones fotográficas tan características, hasta piezas recientes, en torno a un tema central: el deseo entendido no como una fuerza armónica, sino como un ámbito turbulento y convulso, lleno de pliegues y bifurcaciones, en el que lo armónico se transforma en un vértigo desordenado. Annette Messager continua profundizando en esa poética del ensamblaje, que supone uno de sus principales patrones de referencia e identidad. Las obras que presenta, instalaciones, fotografías, dibujos y esculturas, parecen casi accidentales, como si hubieran sido construidas por un impulso doméstico y secreto. Sin embargo, esa apariencia cercana al bricolaje es el núcleo esencial de su sintaxis como artista: objetos cotidianos, ropa, textos, juguetes, cuerdas y redes, que se transforman en metáforas vivas del cuerpo y la emoción. Lo íntimo se entrelaza con lo extraño, y el espectador es absorbido por un espacio mental donde la lógica formal se rinde ante la lógica del deseo. El título de la muestra encarna esa tensión primordial, desordenada, capaz de producir belleza y perturbación al mismo tiempo. Sus figuras blandas parecen querer convertirse en cuerpos, pero se rebelan: se retuercen, se deforman, sólo consiguen ser como homúnculos. Los objetos se teatralizan y se comportan como una suerte de silenciosos actores que representasen el drama íntimo de una identidad corporal en continua mutación, nunca del todo estable. En esta dimensión casi onírica, Messager mantiene un diálogo con ciertas tradiciones del Surrealismo, pero al mismo tiempo ofrece una reflexión actual, más allá de narrativas cerradas. Lo más atrayente de esta espléndida exposición es tal vez esa conjunción de humor negro bretoniano e inquietante extrañeza. Algunas obras parecen casi infantiles –muñecos blandos, tejidos coloristas–, pero solo es necesario arrojar una mirada un poco más atenta para descubrir en ellas un nivel de inquietud más profundo. Poderosa y misteriosa resulta su instalación uterina, como una desasosegante vuelta al origen del mundo en plan Courbet 2.0, o esa galería de mujeres en la hoguera, a medio camino entre la hechicería y el sacro martirio. Al final, este proyecto expositivo trasciende el propio deseo, y se convierte en una reflexión sobre nuestra fragilidad, sobre cómo el cuerpo, las emociones y las identidades se construyen, se deforman y se reinventan sin cesar. Messager recuerda así, quizás con cierta ironía, que el deseo, lejos de ordenar el mundo, lo trastorna. Tal vez, sea en ese desorden –en ese temblor de lo incierto– donde el arte se imagina y se reinventa.