La Paz enfrenta las subnacionales sin centro político dominante
Las elecciones subnacionales que se avecinan en el departamento encuentran un escenario político profundamente transformado en el departamento de La Paz. El colapso del MAS, la dispersión de las élites tradicionales y la deslegitimación de las dirigencias sociales han desarmado los grandes bloques identitarios. Durante dos décadas estos elementos estructuraron la disputa por el poder en la región. Lo que queda es un campo fragmentado, sin centros de gravedad claros, donde la anomia convive con la emergencia de nuevos discursos. El voto reactivo —votar en contra del otro antes que a favor de alguien— parece ser la única lógica dominante en la coyuntura.
Para entender este momento, conversamos con dos analistas que lo observan desde ángulos complementarios. Guido Alejo es arquitecto e investigador social con experiencia directa en la política alteña —llegó a ser precandidato a la alcaldía de esa urbe— y ofrece una lectura desde el territorio. Rafael Loayza Bueno es comunicador social y sociólogo, autor de varios libros sobre comportamiento electoral boliviano. Aporta una perspectiva estructural construida sobre años de investigación cuantitativa y cualitativa en casi todos los departamentos del país. Ambos coinciden en un diagnóstico de fondo: Bolivia, y La Paz en particular, atraviesa el momento más difícil de su polarización reciente. No porque la división haya desaparecido, sino porque ha perdido los mecanismos que antes la ordenaban.
El ocaso de los grandes bloques
El punto de partida para entender el actual desorden político es la caída del MAS. Pero tanto Alejo como Loayza advierten que esa caída no debe leerse de manera simple. «No hay que equiparar al MAS con Evo Morales», señala Alejo. «La caída del MAS no tiene mayores repercusiones en la población, pero es Evo Morales quien mantiene un cierto capital político. No hay que negarlo, por más que a menudo se lo quiera minimizar”. Para Loayza, el fenómeno es aún más estructural: «Evo Morales se fue y todo su electorado votó por otro. Todo su electorado. Ni siquiera fue transversal: mitad por aquí, mitad por allá”.
Lo que esto revela, según Loayza, es que el vínculo entre sociedad e ideología se había roto mucho antes. «A partir de los noventa, los partidos dejaron de representar una línea ideológica y se transformaron en taxis», afirma. «No hay ideología. ¿Qué es lo que moviliza socialmente a la gente?» Su respuesta es contundente: la identidad. Una identidad que precede y condiciona a los propios líderes. «No es que las élites influencien a las bases. Por eso las élites están constantemente cambiando de ideología», asevera.
Sin centro de gravedad
Alejo coincide en el diagnóstico aplicado al nivel local. «Lo que era la polarización política se ha diluido», observa. «Hemos visto que a nivel de la última elección había una polarización, ya no con el MAS de por medio, pero eso se ha diluido ahora”. El resultado es un escenario donde, en palabras de Loayza, «tenemos un país sin centro de gravedad ideológico, ni a la izquierda ni a la derecha. Sin proyectos políticos. Es un voto reactivo, es un voto en contra del otro. No es un voto a favor de” algún candidato o proyecto.
A esto se suma un fenómeno que ambos analistas subrayan con énfasis: la deslegitimación de las dirigencias sociales. «Tener a un dirigente social en la plancha está afectando a muchas personas», dice Alejo. «Todo por la predisposición a la cooptación y la degeneración total que han tenido estas organizaciones”. El resultado es paradójico: «Hay un antimasismo, sí, pero también hay un antidirigentismo. Lo que se busca actualmente es gente nueva y gente profesional”.
La sede de gobierno
En la ciudad de La Paz, el colapso del MAS no ha dejado un vacío que alguien haya sabido llenar. La Comunidad Ciudadana, que nucleaba a buena parte de la élite política paceña progresista, aparece dispersa. Samuel Doria Medina no logró cohesionar ese bloque en las elecciones nacionales ni ocupar claramente el espacio dejado por Carlos Mesa y Comunidad Ciudadana.
El panorama de candidatos refleja esa dispersión. Alejo identifica como figura que destaca a César Dockweiler. «Viene desde el MAS, pero está ya de alguna forma consolidado como una opción clara”. También menciona a Johnny Plata, aunque lo ve «un poquito más a la baja, tal vez estancado”. Lo que emerge, en todo caso, es un escenario abierto donde la polarización ya no dictamina el resultado.
Loayza, por su parte, sitúa el fenómeno paceño dentro de una continuidad histórica más larga. «En La Paz nunca ha habido grandes conservadores. Había más bien intelectuales centroizquierdistas y bastantes socialistas. Pero ahora esos izquierdistas son anti-movimientos populares», señala, en referencia a figuras que provenían de la izquierda dura y terminaron confluyendo con el bloque opositor al MAS.
Para Alejo, la hegemonía cultural de la burguesía paceña sigue siendo el dato estructural de fondo. «Si gana César Dockweiler, Iturralde o Albarracín, va a seguir habiendo continuidad con lo que hizo Luis Revilla o Juan del Granado», estima. La novedad, si la hay, es que ese bloque ya no puede darse el lujo de la cohesión que antes le garantizaba la polarización.
El Alto en la encrucijada
Si en La Paz hay dispersión, en El Alto hay algo más profundo: una ausencia casi total de referentes. «Ninguno de los candidatos ha superado ni siquiera el 8% en las encuestas», señala Alejo. «No hay un interés de querer votar por algún candidato”. Su diagnóstico es taxativo: «es una anomia total”.
El punto de partida para entender esta situación es la caída de Eva Copa. La alcaldesa que en 2021 ganó con el 67% de los votos —y que en las encuestas previas llegó a superar el 80%— es hoy una figura que, lejos de traccionar votos, los resta. «A estas alturas es una figura casi odiada, casi a la par que Gonzalo Sánchez de Lozada, y eso es mucho decir», afirma Alejo.
¿Cómo se explica una caída tan abrupta? Alejo ofrece un análisis preciso. Copa, sostiene, nunca tuvo el perfil adecuado para la gestión. «Eva Copa tiene una cualidad más anclada en el debate y la pugna política, resalta más en eso. Pero no tiene un perfil adecuado para ser una persona que gestione”. Su liderazgo era, en el fondo, legislativo. «Tiene más un liderazgo habituado para la senaduría, para la asambleísta, en el cual tienes que saber generar debate, saber generar consensos”. El problema fue que las expectativas se habían inflado desmesuradamente. «Era un globo que se infló bastante grande, y cuando reventó simplemente acabó decepcionando más de lo que debería”.
El factor Eva Copa
La caída de Copa arrastra además a quienes están asociados a ella. «Rury Balladares, su secretario general, que ahora está de candidato, no está obteniendo lo que pensaba lograr. Por el mismo hecho de que la figura de Copa está anulando gran parte del posible apoyo», explica Alejo. Incluso Eliser Roca, que encabeza algunas encuestas, «está teniendo algún tipo de estancamiento por sus asociaciones con Copa”.
En este vacío emerge, sin embargo, un horizonte simbólico y cultural que podría prefigurar una nueva forma de hacer política en El Alto: el concepto del qamiris. Alejo lo describe con cuidado, distinguiéndolo de un grupo de poder concreto. «Cuando hablamos del qamiri, estamos hablando de un pensamiento más que de un grupo de poder. Es un pensamiento ejemplificado en otras expresiones culturales”. Se trata, en su lectura, de una reinterpretación de la identidad indígena aymara centrada no en la reivindicación de la pobreza y la opresión, sino en el prestigio y la acumulación. «Puedes tener toda la plata del mundo y no socializarla, no hacer fiestas, no compartir, no demostrar que quieres distribuir con tu zona. Entonces no tienes prestigio, aunque tengas dinero”.
Loayza, desde su perspectiva más cuantitativa, da sustento estructural a esta lectura. El Alto, recuerda, no es solo la segunda ciudad del país en población: «Si sumas la economía formal e informal, la economía del Alto ya es más grande que la de La Paz. Estaríamos hablando de la segunda economía a nivel país”. Una ciudad con ese peso económico y ese vacío político es, al mismo tiempo, una promesa y una incógnita.
El poder departamental
En la disputa por la gobernación del departamento, el colapso del MAS también ha reconfigurado el mapa de posibilidades. Durante décadas, el perfil del gobernador salía del Alto o de las provincias, sostenido por las organizaciones campesinas vinculadas al masismo. «La cooptación del MAS deslegitimó también a esas organizaciones. Colapsa el MAS y colapsan las organizaciones sociales asociadas», resume Alejo. Los candidatos que provienen de esa vertiente —con figuras como Clemente Gutiérrez o Santos Quispe— no están teniendo la trascendencia que antes podían tener.
En ese escenario, por primera vez en mucho tiempo, figuras de la ciudad de La Paz aparecen como contendientes viables. Alejo menciona a Luis Revilla y al comunicador Andrés Gómez, «que tiene oportunidad por el capital social que ha ganado como periodista paceño”. La clave, explica, es que «en contextos de crisis, la población a veces diferencia entre votar por la preeminencia de la identidad o votar por alguien que haya demostrado algo de gestión en la administración pública”.
Loayza, sin embargo, es más escéptico respecto a que este cambio sea definitivo. Para él, la urbe alteña sigue siendo la pieza clave. «El Alto pone presidentes porque es el 35% y vota por un solo candidato”. Su predicción es que «el próximo gobernador no va a ser Luis Revilla. Será otro que se parezca más al ideario identitario”. Sostiene que la división estructural que documenta en sus investigaciones —entre el voto popular indígena y el voto opositor— sigue intacta, aunque haya perdido sus expresiones más ordenadas.
Un tablero sin jugada maestra
El panorama que trazan Alejo y Loayza es el de un sistema político que ha perdido sus ejes sin haber construido otros nuevos. La polarización sigue ahí, pero sin los instrumentos —partidos, organizaciones, liderazgos, ideologías— que antes la canalizaban. «Estamos en el momento más difícil de la polarización», sentencia Loayza, «porque tenemos un país sesgado por la identidad, pero sin un proyecto de Estado ni un centro de gravedad político”.
En ese vacío, las elecciones subnacionales paceñas se presentan menos como una competencia entre proyectos que como una fotografía del desorden. Quién gane las alcaldías de La Paz y El Alto, o la gobernación departamental, dirá menos sobre el futuro político de la región que sobre su presente: un presente donde, como advierte Alejo, «hay una desesperanza, hay una frustración mayoritaria de la población con su clase política. Porque en realidad no ha acabado generando nuevas instancias, no ha acabado cualificándose. Tampoco ha acabado respondiendo a las expectativas de una población que ya tiene otro tipo de perspectivas, otro tipo de condiciones de vida, y también otro tipo de preferencias”.
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