Las mujeres se quedan atrás en cuestiones de expatriación
«El peor día fue cuando mi marido se fue a trabajar, mis hijos a la escuela y yo me quedé sola. Ahí pensé, ¿qué hago aquí?». Àngels Grau llegó a Nueva York en 2016 por amor. «Yo no quería venir, pero estoy demasiado enamorada de mi marido». Por eso cuando a él le ofrecieron dirigir la Fundación Valentín Fuster Mount Sinaí lo siguió a regañadientes, dejando atrás una carrera prometedora en el ámbito del diseño y el marketing, un negocio propio y un lugar que ya se había ganado el nombre de «hogar». «Llevábamos 10 años viviendo en Portugal, y estaba muy bien», reconoce.
Diez años después, Àngels habla con LA RAZÓN desde su casa en Riverside, al oeste de Manhattan. Su historia pone voz a una realidad tan actual como incómoda: el número de mujeres que frenan su desarrollo profesional para impulsar el ascenso internacional de sus parejas sigue siendo muy superior al de los hombres. El último estudio de Brookfield Global Relocation Services indica que ellas representan entre el 70% y el 80% de las parejas acompañantes en procesos de expatriación, y solo una minoría logra mantener su profesión en el país de destino.
Las empresas siguen apostando por ellos en el plano internacional, y a menudo olvidan que sus trabajadores no viajan solos. «Detrás hay familias, decisiones compartidas y renuncias que no contabilizan en los indicadores empresariales», explica a este periódico Casti Yuste, coach especializada en movilidad internacional y autora de «La maleta de la pareja expatriada: 12 verdades incómodas convertidas en oportunidades». Yuste recuerda los retos que hay detrás de una expatriación: «Falta de contactos profesionales, limitaciones por el idioma, complejidad para convalidar los títulos», o barreras legales, que pueden bloquearlo todo de un plumazo como le ocurrió a Grau, porque «el visado de mi marido no permitía que yo trabajara aquí». Obstáculos que inevitablemente acaban golpeando la autoestima.
A Grau, además, se le sumó una herida mucho más profunda: «Mis padres se murieron con tres meses de diferencia, y en el caso de mi madre no llegué para despedirme». La distancia se mezcló con el duelo y vino la culpa. Aparece entonces otra gran batalla, la «incertidumbre», la duda inevitable de si la decisión de mudarse fue la correcta. «Yo lo canalicé a través de la pintura», cuenta la artista catalana, que pensaba en esa época que «como estaba muy lejos no había podido llegar a tiempo, y la culpabilidad se juntó con que no estaba a gusto en EE UU. Esta rebeldía la dirigí al arte, que me recuerda a mi madre».
Lo que de joven le sirvió para pasar el rato, a los 51 años se convirtió en su gran apoyo. Primero llenaba los lienzos de imágenes de horizontes porque «me daban paz», pero una visita al estudio del artista Manolo Valdés en 2019 lo cambió todo. «Cuando llegué a casa me pinté a mí misma», una mujer «con cuello de hombre que marca fortaleza, que mira de frente, retando», pero «sin cara, porque me considero una mujer totalmente invisible».
Paradójicamente, esa figura sin rostro será su salvación. «Con la invisibilidad recupero mi visibilidad». Y así nace su primera colección. La compañía PepsiCo compra una de sus obras para celebrar el Día de la Mujer, y comienzan las exposiciones por medio mundo. Hoy camina artísticamente junto a su representante, Vicky Allianelli, una galerista argentina, (matemática de formación), que también siguió a su esposo hasta Nueva York y que también se reinventó en el arte. La expatriación es algo más que un cambio de país, «es una ruptura silenciosa con la identidad profesional», explica Yuste. En su caso, fue una decisión compartida con su marido. A estas alturas, el matrimonio y sus tres hijos ya se han acostumbrado a los cambios después de vivir en siete sitios en los últimos 17 años. Su experiencia le ha permitido crear un programa para aquellos o aquellas que también han tenido que seguir a su pareja. Se llama «La Maleta Invisible», y habla de una que «pesa mucho, pero nadie ve». Carga con miedos e inseguridades, pero también «con una brújula, que es nuestra esencia». Y «unas herramientas que todos tenemos y desconocemos».
Esta escritora salmantina invita a mirar de frente esa carga para enfrentar el dolor y retomar las riendas. Aunque el mundo siga empujando a muchas a seguir a sus parejas, la resiliencia sigue estando de su lado y la mayoría acaba encontrando la forma de volver a ponerse al frente de su propia historia.
