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Las memorias de Liza Minnelli: de sus problemas de adicción al verdadero vínculo con su madre Judy Garland

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Abc.es 
A punto de cumplir 80 años, Liza Minnelli está a punto de subirse al carro de los libros de memorias publicados por famosos. El suyo, a la venta este próximo 10 de marzo, lleva por título 'Kids, Wait Till You Hear This' y promete no defraudar a los incondicionales de una artista que es hija de Judy Garland y de Vincente Minnelli. «Cuando nací en 1946, Hollywood todavía era más una comunidad muy unida que un centro mediático global», cuenta Liza en sus páginas. «Nuestra casa, situada justo encima de Sunset Boulevard, era una joya de dos plantas con unas vistas espectaculares de las colinas. No era raro que mis compañeros de juego fueran los hijos de personajes famosos como Humphrey Bogart, Lauren Bacall, Lana Turner, Fred Astaire, Bing Crosby e Ira Gershwin, hermano de George». Acostumbrada a los focos desde cría, Liza hizo sus pinitos en la industria con un papelito en la película 'En aquel viejo verano' (1949), protagonizada por Judy. «Nadie me fascinaba más que mamá», confiesa Liza. «Era una megaestrella y la prensa siempre escribía sobre ella. Decían que era una mala madre, que bebía demasiado, tomaba demasiadas pastillas y descuidaba a su familia. Lo he dicho muchas veces a lo largo de los años, así que permítanme repetirlo alto y claro: mamá me quería con pasión, y yo la sigo queriendo igual hasta el día de hoy». Judy gastó millones de dólares en centros de rehabilitación y hospitales, con la esperanza de que pudieran curar sus adicciones. «Se sometió a varias rondas de terapia de electrochoque. Nada funcionó. No es ningún secreto quiénes fueron los culpables. Los ejecutivos de la industria —y, según me han dicho, mi abuela— la habían envenenado con estimulantes y sedantes desde que era una estrella infantil», sostiene una Liza que lloró durante ocho días seguidos cuando, en junio del 69, su joven madre fue encontrada muerta en su piso de Londres, víctima de una sobredosis accidental de barbitúricos. «Un médico me recetó Valium para ayudarme a relajarme antes del funeral. Era la primera vez que tomaba un medicamento de ese tipo y me sorprendió lo rápido que me calmaba. ¿Dónde había estado toda mi vida? El Valium acabó desencadenando algo terrible en mí, como una cerilla que enciende un fuego. Una bendición de un día se convirtió en un hábito y luego en una adicción en toda regla». Tras pasar el duelo por la pérdida de su madre, Liza se puso manos a la obra para dar forma a su identidad como artista. Para ello contó con el arropo de una serie de colegas y mentores como la compositora y cantante Kay Thompson, a quien considera su verdadera madrina. «Cuando perdí a mis padres, Kay nunca se separó de mí. Estábamos muy unidas, la admiraba muchísimo y ella lo era todo para mí. Entendía mis miedos, lo que me preocupaba… [...]. Ella me enseñó todo», ha comentado la californiana, que en el 65 ganó su primer Tony con el musical 'Flora the Red Menace', en el 70 fue nominada al Oscar por su papel protagonista en 'El cuco estéril', y dos años después de esto encarnó a la Sally Bowles de 'Cabaret' (1972), la taquillera película que la consagró como una de las estrellas más populares y versátiles del mundo. Por lo que respecta a sus amoríos, Liza cuenta en el libro que, cuando en 1964 se comprometió con el cantante australiano Peter Allen, sintió que había encontrado al verdadero amor de su vida. Se casaron en el 67, pero aquello se fastidió el día que ella regresó algo más temprano de lo habitual a casa y encontró a su marido «manteniendo relaciones sexuales apasionadas… ¡con un hombre!». También estuvo coladita por los huesos del actor Peter Sellers, de quien se desenamoró al descubrir que «tenía un caso grave de esquizofrenia y yo no podía ni quería soportarlo». En 1974 se casó con el productor Jack Haley Jr. y dos años más tarde, mientras protagonizaba New York, New York, se enrolló con su director, Martin Scorsese. Y ya en el 79 se casó con el escultor Mark Gero, junto al que pasó el trago amargo de sufrir dos abortos espontáneos. «La incapacidad de ser madre es una tragedia que nunca superaré», dice al respecto. Pero ninguna de esas historias le provoca tanto asco como evocar lo suyo con David Gest, con quien contrajo matrimonio en 2002, cuando ya llevaba unos años enganchada a ciertas sustancias, lo que la llevó a pisar varias clínicas de rehabilitación. «Claramente no estaba sobria cuando me casé con este payaso», comenta. «David Gest era un promotor traficante que hablaba rápido y usaba más maquillaje que yo. No solo controlaba todo lo que yo comía, desde la mañana hasta la noche. Controlaba a las personas con las que me veía y hablaba por teléfono. Revisaba mis llamadas. En realidad, era su prisionera». Cuando finalmente se separaron en 2003, Liza se sintió feliz. Pero el dolor físico de haber forzado su cuerpo en el escenario durante décadas había hecho mella en su cuerpo. «Ahora tenía 57 años, artritis, esguinces, prótesis y ataques de ansiedad sobre mi futuro», cuenta en su autobiografía la artista, que en los siguientes años siguió alternando momentos de felicidad sobre los escenarios con otros de cierta tristeza y soledad que solo combate en compañía de su círculo de amigos fieles. Y ya en 2015 dejó las drogas al darse cuenta de lo cerca que estaba de acabar como su madre. «Hoy en día, si alguien me ofrece una copa de champán en una fiesta, le doy las gracias y la dejo sin probarla. La medicación es otra historia. Sigo teniendo dolor lumbar y, de vez en cuando, me siento ansiosa. Pero ahora los medicamentos están estrictamente controlados. Y, cariño, no hay vuelta atrás», cuenta una artista que, pese a su edad y su mala salud de hierro, no quiere ni oír hablar de retirada.