Las mujeres no somos una ‘a’ entre paréntesis
Hace unas semanas, me correspondió ser parte de una comisión redactora de un proyecto y, como suele ocurrir, se dio la discusión sobre la utilización del lenguaje inclusivo y cuál es la forma correcta de su uso.
Dado que suelo participar en grupos sociales con grandes diferencias etarias, así como con grupos correspondientes a mi edad cronológica, esto me hace escuchar y vivir las tensiones propias de la transición generacional en el lenguaje.
En los grupos de personas jóvenes, se utiliza terminar las palabras en “e” y así se resuelve el problema; claro, que las especialistas en lenguaje pegan el grito al cielo.
En las reuniones en que se trabajó en la redacción del proyecto, surgió la propuesta de usar la “a” entre paréntesis, al final de la palabra en género masculino, como una concesión que busca equilibrar la historia.
Y también existen otros sectores que argumentan que el masculino es el lenguaje universal por antonomasia.
De inmediato, me vino a la mente escribir este artículo, “Las mujeres no somos una ‘a’ entre paréntesis”, no como una consigna pasajera, sino como un intento de respuesta a siglos de narrativas en que lo femenino fue añadido después, como aclaración secundaria dentro de un texto ya definido por otros.
La historia occidental se escribió siempre en masculino como sinónimo de universal. El lenguaje convirtió al varón en medida de lo humano y a la mujer en excepción. La pensadora costarricense Yadira Calvo ha advertido de que el lenguaje nunca es neutral: puede ocultar y excluir, construyendo simbólicamente jerarquías que luego parecen naturales.
Pero esta lógica no solo atraviesa la gramática. También habita las interpretaciones religiosas, jurídicas, médicas y culturales que moldearon profundamente nuestra cultura. Esta visión tiene profundas raíces antropológicas
Génesis en disputa: dos relatos, dos posibilidades
El libro del Génesis contiene dos relatos sobre el origen humano que han sido leídos de maneras distintas a lo largo de la historia.
En Génesis, capítulo 1, la humanidad aparece creada simultáneamente: “varón y hembra los creó”. Ambos participan desde el inicio en la imagen divina, sugiriendo una igualdad originaria que desafía jerarquías.
En Génesis 2, la narrativa cambia. Claro, han pasado alrededor de 850 años entre un relato y otro. Aquí, el hombre es formado primero y la mujer surge después. Durante siglos, esta segunda versión fue interpretada desde esquemas patriarcales que colocaron a la mujer en posición derivada. Sin embargo, el hebreo original describe a la mujer como ezer kenegdo: no una ayuda subordinada, sino una contraparte fuerte, alguien que está frente a frente, en reciprocidad.
La tensión entre ambos relatos revela algo esencial: la tradición contiene múltiples lecturas, pero la historia privilegió aquella que legitimaba estructuras de poder ya existentes. Eva y el peso del pecado es una narrativa que se volvió sistema.
La figura de Eva se convirtió en uno de los símbolos más influyentes del pensamiento judeocristiano. Durante siglos, su papel en el relato del fruto prohibido fue interpretado como prueba de debilidad moral femenina. Esta lectura trascendió la religión y se convirtió en una matriz cultural que penetró todas las formas de conocimiento humano.
La filosofía medieval discutió la naturaleza femenina desde la sospecha; la ciencia moderna heredó prejuicios que describían a la mujer como emocional, irracional o incompleta; el derecho construyó leyes basadas en la tutela masculina; la literatura repitió arquetipos de tentación y culpa. Así, una interpretación particular del mito de Eva dejó de ser solo una lectura teológica para convertirse en estructura epistemológica.
La teología feminista ha cuestionado profundamente esta herencia. El texto bíblico describe una acción compartida: ambos comen del fruto, ambos participan en la ruptura. Sin embargo, la tradición cultural desplazó el peso simbólico hacia Eva, consolidando una narrativa donde la mujer aparece como origen del error humano.
Esta versión no solo sobrevivió: se expandió hasta calar en el lenguaje, la educación, la política, la ciencia y las formas cotidianas de comprender el mundo. Se volvió tan omnipresente que dejó de percibirse como interpretación y comenzó a asumirse como verdad natural.
Ahí nació el paréntesis.
El paréntesis como construcción histórica
Colocar a las mujeres entre paréntesis fue una operación cultural compleja: una combinación de lenguaje, teología, filosofía y poder. No se trató de una sola decisión, sino de una acumulación de miradas que, con el tiempo, redujeron lo femenino a añadido.
Decir hoy que las mujeres no somos una “a” entre paréntesis es un acto hermenéutico y político a la vez. Es recuperar la igualdad originaria de Génesis 1, releer Génesis 2 desde la reciprocidad de ezer kenegdo y cuestionar la narrativa única que convirtió a Eva en símbolo de culpa universal.
Reescribir sin paréntesis
Las luchas feministas no buscan destruir la tradición, sino abrirla nuevamente. Volver a leer. Volver a nombrar. Volver a entender.
Porque tal vez el problema nunca fue el texto, sino quién tuvo el poder de “viralizarlo” e interpretarlo.
No somos una nota al margen. No somos un añadido tardío. No somos una excepción dentro de un discurso ajeno. Somos texto vivo. Somos origen. Y estamos reescribiendo la historia sin paréntesis; todo esto, en medio del poder político que continúa subordinando a las mujeres al patrón de turno.
yolabertozzi@gmail.com
Yolanda Bertozzi es teóloga y abogada.
