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Февраль
2026

Formar las emociones

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A su juicio, habíamos llegado, con Freud precisamente, a la edad del hombre terapéutico. Al análisis de Rieff se suman otros no menos interesantes, como los de Lasch, que puso en claro la últimas tendencias narcisistas.

Al abrigo de estas interpretaciones, cada vez es más relevante asegurar que la educación no se limite a transmitir meramente un conjunto de saber. Si fuéramos capaces de poner a la humanidad en el diván, seguramente nos daríamos cuenta de que la mayoría de los individuos ha sido formada sin atender a muchas de sus heridas. Y la deriva tecnológica, con todo lo que suponen las redes sociales, no ayuda a que el sujeto contemporáneo madure.

Digamos, pues, que el castillo se ha caído. Los adultos tienen sus debilidades y tampoco resultan ser hoy ejemplos de madurez que los chicos deban emular. Por eso, vivimos en un estado de desorientación que, si no lo atajamos, solo corre el riesgo de agravarse.

La carencia emocional tiene otra explicación: la erosión de la vida y los valores familiares. Y contribuye a explicar lo que Maslow indicaba en su celebérrima pirámide: que hay necesidades intangibles tan perentorias como aquellas de cuya satisfacción depende nuestra supervivencia física.

“Si fuéramos capaces de poner a la humanidad en el diván, seguramente nos daríamos cuenta de que la mayoría de los individuos ha sido formada sin atender a muchas de sus heridas”

En ‘Escuelas emocionalmente responsables’ (Desclée de Brouwer) se ofrecen caminos para que los centros educativos pongan su granito de arena en un momento en que gran parte de nuestra crisis -como de su salida a ella, consecuentemente- depende de la forma de conducirse ante desafíos de índole psicológica.

¿Queremos una ciudadanía madura? ¿Deseamos que los adultos inicien relaciones sanas? ¿Buscamos que las redes no manipulen? ¿Pretendemos formar personas críticas, asertivas, con autoestima? Si este es el caso, la escuela no puede obviar la vulnerabilidad con la que llegan los críos, ni tampoco que seguramente son los profesores las personas más cercanas e idóneas para fortalecer su interioridad.

Además, no podemos soslayar que los estudiantes pasan más tiempo en el colegio que con sus progenitores precisamente en la etapa de la vida que más orientación necesitan. Siempre se ha dicho que lo central para no sufrir las turbulencias de la adolescencia es contar con muy buenos amigos. Pero ya no funciona esa estrategia que empleaban nuestros padres, que se empeñaban en invitar a merendar a los amigos para ver el talante de nuestras compañías.

Con internet, el radio de influencias se ha vuelto inabarcable, de modo que es imposible controlar lo que ven o escuchan nuestros hijos; es necesario proponerles, tanto en casa como en el colegio, un itinerario formativo en el que adquieran poco a poco autonomía, al tiempo que fidelidad a sus valores y durante el cual vayan decantando su identidad.

El libro es sumamente práctico y aunque está indicado para educadores, su lectura resultará muy útil para los padres. A través de un análisis de las diversas competencias -desde el autoconocimiento o la autoestima hasta la autoconfianza y motivación interna-, el autor apunta aspectos en los que trabajar con el niño y ayudarle de modo eficiente en su proceso de llegada a la vida adulta.

“En ‘Escuelas emocionalmente responsables’ (Desclée de Brouwer) se ofrecen caminos para que los centros educativos pongan su granito de arena en un momento en que gran parte de nuestra crisis depende de la forma de conducirse ante desafíos de índole psicológica”

Ciertamente la educación emocional no terminará con los problemas. No asegura que el viaje esté exento de turbulencias; pero el primer paso para solucionar las crisis es poner nombre a lo que pasa. En este sentido, esta obra establece estrategias para identificar las incontables experiencias emocionales que puede tener una persona.

La educación emocional mejora la gestión de la interioridad y siempre es exigente. Es un error pensar que volcarse en esta dimensión lleva a eximir de culpa a los alumnos, a convertirlos en personas blandas o dependientes. Precisamente sucede todo lo contrario: realizar las actividades que se proponen en estas páginas incrementa la autoexigencia y la confianza en uno mismo.

No menos importantes son las consecuencias sociales de esta formación. ¿No se ha dicho siempre que quien no se ama a sí mismo es incapaz de abrirse a los demás? ¿Acaso se puede encontrar al prójimo cuando el propio yo se halla en tinieblas o vive apesadumbrado? Si deseamos sociedades sanas, fuertes y pacíficas, primero debemos construir individuos que lo sean.

La educación debería abrir a la persona, ayudándola a conocerse, así como a descubrir aquellos valores y bienes de los que depende su crecimiento. Sabio es el que está capacitado para saborear las cosas más sublimes, pero también el ser humano ponderado y prudente que es consciente de su propia vida interior.