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Berlinguer en el metro

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Durante la última Semana de Cine Italiano, organizada por el Instituto Italiano de Cultura y la Cineteca Nacional, proyectaron Berlinguer: la gran ambición. Como buen estudiante de ciencias políticas (y fan del cine del bel paese), recordé de pronto el guirigay que ocasionaba entre los compañeros el debate de las ideas —y la vida— del artífice del “compromiso histórico” y “la tercera vía”, quien buscó la reconciliación política no para conservar, sino para superar el statu quo. De la misma manera que sucedió en América Latina, Enrico Berlinguer fue consciente de la necesidad de adaptar los modelos y las recetas económicas a la realidad local, lo que llevó al Partido Comunista a su posición más fuerte en toda la historia de Italia, el más rojo de Europa occidental. Una escena de la película muestra a Enrico alcanzando una de sus brillantes conclusiones: para que el Estado pudiera seguir construyendo el socialismo, las finanzas públicas debían transformarse, de una lógica de transferencias hacia una de inversión en infraestructura.

Esta idea resonó fuerte en el público de la sala, porque en México estamos frente a una situación refleja, especialmente cuando pensamos en el futuro de la salud, la educación o el transporte en nuestro país. Aumentar el salario no cambia el hecho de que pasemos 184 horas al año atrapados en el tráfico, pero duplicar las tarifas del transporte público, como sucedió en Jalisco, pone en riesgo de pobreza a decenas de miles de personas: es decir, el subsidio no alcanza, pero cobrar más sin construir nueva infraestructura tampoco. Mi opinión es que primero debemos cambiar el concepto que tenemos sobre el transporte, entenderlo no como un mero servicio de traslado, ni siquiera como un derecho humano, sino convertirlo en un factor de movilidad social.

Durante mucho tiempo, en México fue casi imposible subir en la escalera social. Los historiadores nos maravillan cuando encuentran que si un buen músico mulato llegaba a ser organista en una iglesia, los oficiales encargados tachaban su condición original de los registros y le ponían que, en realidad, se trataba de un blanco (solo ellos podían alcanzar cargos tan importantes). Precisamente por ser excepcional es que nos asombra, puesto que hoy en día la única manera que tenemos para cambiar nuestro destino radica en la combinación de la suerte y la inteligencia. Esto es lo que debería proporcionar el transporte: una base que potencie nuestras mejores cualidades, un espacio que promueva la civilidad (fundamento de los negocios) y la eficiencia (tenemos más chances de ganar la lotería si compramos más boletos). No somos pasajeros condenados al camión; los vagones del metro van cargados de sueños y ambiciones y es momento de que lo valoremos como tal. Para ponerlo en otra perspectiva, los 7.6 días que perdemos al año en el tráfico de la CDMX, multiplicados por la población económicamente activa y con base en el salario mínimo, equivalen a casi 38 mil millones de pesos tirados a la basura: hablamos de 1.24 veces el presupuesto de la Secretaría de Seguridad Ciudadana, 1.97 veces el de Obras y Servicios y casi tres veces el de Salud Pública.

Cuando las soluciones a los problemas parecen imposibles, hay que replantear el problema mismo. Cambiar la concepción del transporte es cambiar la lógica del desarrollo. No es el subsidio ni la tarifa lo que está en juego, sino la posibilidad de que el talento encuentre camino. Esa es nuestra gran ambición.