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Flamenco y Nueva York, una historia de amor verdadero

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Con el tiempo, se ha ido desmontando un viejo relato cargado de leyenda. El flamenco ha sido y sigue siendo un arte vivo, con la oreja pegada al pasado, pero en permanente conexión con su entorno. Las antiguas creencias sobre su origen, casi como parte de un indescifrable rito tribal ancestral, se van desmontando. Desde su aparición en el siglo XIX, el arte jondo ha ido transformándose de acuerdo con la realidad social y el genio de sus mejores creadores. Y algunas de estas mutaciones tuvieron lugar en la lejana ciudad de Nueva York.

Como explica el director del Festival de Flamenco de la Gran Manzana, Miguel Marín, fue allí donde se produjo la primera grabación de la historia de este arte: «Carmencita Dauset fue una bailaora de Almería que ya estaba bailando en Nueva York en 1890 y que triunfó y se convirtió en una diva del espectáculo. En 1894, se convirtió en la primera mujer en ser grabada en una película en los Estados Unidos cuando Edison realiza una serie de cortometrajes documentales. Las imágenes mudas, que pueden verse en internet, la muestran bailando una danza flamenca», explica Martín. Antes que ella, el guitarrista Trinidad Huerta recaló en 1824, y después de ella triunfaron una larga lista de flamencos que incluyen a Argentina, Argentinita, Carmen Amaya, Vicente Escudero, Mario Escudero, Sabicas... hasta llegar a Paco de Lucía. Algunos de ellos, en los años de la posguerra, se radicaron y murieron en Nueva York. A todos les rinde homenaje el festival de Flamenco de Nueva York, que se celebra del 25 de febrero al 15 de marzo, que cumple 25 años como responsable de la creación de un nuevo público para el flamenco, una generación de aficionados en la gran urbe americana.

Sabicas y Lorca

Pero, ¿cómo de importante fue la ciudad para el desarrollo del arte jondo? Como recuerda Marín, allí fue donde la guitarra flamenca empezó a volar sola, independizada del cante. Fue gracias al maestro Sabicas. «El primer concierto de guitarra flamenca no como acompañamiento, sino como concertista, se produjo en Nueva York de la mano de Sabicas en 1959, que se convirtió en una referencia mundial de la guitarra y que sentó las bases del toque como solista», explica Marín. El pamplonica no podría haberlo logrado de no haber sido por la concepción del espectáculo típicamente neoyorquino. «Los flamencos no llegaron allí por la puerta pequeña, sino por la grande, a través de la fascinación –dice Marín–. Y los auditorios exigían algo más que una venta o una taberna: pedían un espectáculo más poderoso. Y eso sucede en Nueva York». Mario Escudero, hijo del gran guitarrista homónimo, rebaja algo el entusiasmo: «Qué más me gustaría a mí, que Sabicas era mi padrino, que eso fuera así. Pero en el flamenco y en la vida nada empieza ni acaba en uno. Hay que respetar a los que había antes, también en este caso, que los había. Pero sí es cierto que los grandes escenarios de Nueva York impulsaron a los flamencos a ir más allá en el toque, el cante y el baile y, sobre todo, encontraron un laboratorio para probar cosas que quizá en España no se atrevían a hacer», apunta Escudero, nacido y criado en Nueva York, en impecable castellano. En su velocísima charla, recuerda la vecindad que construyeron en la urbe, donde muchos artistas recalaron debido a la Guerra Civil y por donde pasaron todos los cantaores, que dejaron y se llevaron de vuelta elementos que hacían crecer su arte.

Como explica el profesor e investigador José Javier León, «el flamenco es un arte tradicional y de vanguardia al mismo tiempo. Y en el camino, se ha nutrido de todo. El proceso de aflamencamiento es fundamental en las creaciones de este arte. ¿Qué es eso? Tomar cualquier cosa y convertirla en flamenco. Y algunos creen que, en Nueva York, entrar en contacto con la música de Gershwin le hizo tomar otra dimensión. Carmen Amaya, por ejemplo, se dio cuenta de que lo que hacía no era suficiente, que era limitado en términos coreográficos. Y se expandió allí. Eso ha pasado en cualquier arte que consideremos grande y vivo», señala este experto, que destaca también el papel del cuplé en la Gran Manzana. Figuras «como la Bella Otero, la Tortajada, pero también Amalia Molina, que permanece ocho años en Broadway. La Argentina, que es una de las grandes bailaoras de la historia y que se podía permitir regresar a España cada Semana Santa. Ella tuvo el honor de ser invitada dos veces a bailar en la Casa Blanca».

En Nueva York se instaló La Argentinita, donde pasó sus últimos años de vida. Sobre su peripecia hablará en el festival José Javier León, que pone de relieve las conexiones que en Nueva York se producen y que serán trascendentes para el flamenco e incluso para la cultura española: «Hay un trío que está muy estudiado: el de Lorca, Dalí y Buñuel. Pero queda por investigarse otro que dio lugar a una serie de obras que podemos llamar de marchamo español, lo cual puede parecer que alude a la tradición, pero que es extremadamente vanguardista. Es el triángulo que forman Lorca, la Argentinita e Ignacio Sánchez Mejías», explica este experto, que tratará la figura de la bailaora en el festival neoyorquino. Los dos últimos eran amantes y llegan a Nueva York, donde Lorca estaba viviendo años decisivos para su creación literaria, entre 1929 y 1930, que darán lugar a «Poeta en Nueva York». «Allí, Lorca anima a Sánchez Mejías a pronunciar la conferencia “El paseo de la muerte”, que se prepara sin soporte material alguno, y que es extraordinaria. Y empieza una colaboración entre Lorca y la Argentinita que dará lugar a la recuperación de canciones populares españolas como ‘‘Anda jaleo’’ o ‘‘El café de Chinitas’’ entre muchas, que el propio Lorca armoniza –hay grabaciones que se pueden encontrar fácilmente– y que devuelve al pueblo. Se convertirán en parte del repertorio del flamenco y tendrán una enorme repercusión popular en España», explica este experto.

Todavía más interesante son las repercusiones que tienen en el poeta sus experiencias en el Harlem negro y cómo reconfiguran su visión del flamenco. «Encontré una conferencia de Lorca y me paré a respirar. Lo interpreté de una manera particular y todavía nadie me ha dicho que sea un disparate. Yo no conozco a nadie que haya hablado de la presencia de la cultura y la música negra en la gestación del flamenco. Hasta ese momento, era Falla quien había enunciado unas ideas que hablaban de que el flamenco era oriental, antiquísimo, misterioso... una mezcla de metales que incorporaban elementos hebreos, árabes y bizantinos. Una teoría que tuvo muchísimo éxito», explica. Sin embargo, la pervivencia de estos elementos (especialmente los «bizantinos») en el siglo XIX, cuando surge el flamenco, son bastante cuestionables. «Es un error creer que el flamenco tiene un origen oriental e inmemorial. En cambio, Lorca, que era músico, no lo olvidemos, tiene una iluminación cuando escucha los ritmos negros en Nueva York y Cuba. Y dice que están relacionados con la música del pueblo andaluz. Yo postulé que Lorca se había adelantado y que se había dado cuenta de la herencia de su tierra. Cuando regresa, es un nuevo Lorca», dice este experto sobre una teoría, la negritud del flamenco, que ha encontrado sustento argumentativo en las últimas décadas. ¿Qué habría sido del flamenco sin Nueva York?

¿Qué habría sido del flamenco sin el extranjero?

«La historia del flamenco en Nueva York ha tenido que ver con la fascinación en general que ha ejercido en los públicos internacionales», explica José Javier León, que recuerda que desde muy pronto el arte jondo se instala en capitales extranjeras, primero, en París. Sin embargo, citando a José Manuel Gamboa, recuerda que «Nueva York le ‘‘mangó’’ a la capital francesa la idea del flamenco moderno». «No nos olvidemos: la gran recepción de este arte en el mundo es extranjera, no es española. Te lo dice alguien que es profesor para extranjeros y que vive en Granada, donde se produce el mayor número de representaciones flamencas por día del mundo. Pero, ¿cómo es posible, si los granadinos no van a las cuevas? Porque la atracción, el interés, viene de fuera. Muchas veces me pregunto qué habría sido del flamenco de no ser por el público foráneo», dice este experto sobre un «arte con mayúsculas, la mayor aportación de la música española».