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El tentador

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Domingo I de Cuaresma

Las tentaciones de Jesús en el desierto son más que un episodio inaugural del ministerio de Jesús. Son el campo de batalla donde se revela quién es él y cómo se enfrenta al adversario. No se trata de simples pruebas externas, sino de un ataque radical a su identidad. Esta es también la dinámica de todas y cada una de las tentaciones que el demonio nos presenta también en nuestras vidas. Meditemos atentamente:

«En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes”. Pero él le contestó: “Está escrito: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”. Jesús le dijo: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.

De nuevo el diablo lo lleva a un monte muy alto y le muestra los reinos del mundo y su gloria, y le dice: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras”. Entonces le dijo Jesús: “Apártate de mí, Satanás, porque está escrito: Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”. Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían» (Mateo 4,1-11).

Cada tentación del demonio a Jesús comienza con una provocación a su verdad más profunda: «Si eres Hijo de Dios...». El diablo apunta siempre al centro. Intenta sembrar duda en el corazón mismo de Cristo sobre su ser de Hijo amado, confirmado poco antes en el Jordán: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mateo 3,17). El tentador repite lo que ya hizo en los orígenes con Adán y Eva: «¿De veras dijo Dios que no podíais?». Siempre busca hacer dudar de su Palabra.

Cada tentación de Cristo desenmascara la lógica del tentador. No hay creatividad en el mal, solo repetición y desgaste. Dios crea; el demonio busca destruir. Donde Dios pronuncia un “sé”, el adversario murmura un “si”.

La primera tentación es contra la confianza filial. «Si eres Hijo de Dios, transforma estas piedras en pan». No se trata solo de saciar el hambre. El diablo sugiere que ser Hijo significa usar el poder para sí mismo, desconfiando del Padre. Jesús responde desde la fe: «No solo de pan vive el hombre...». Aquí el enemigo toca la herida que más nos acecha: la de no fiarnos del amor que nos sostiene. Cuántas veces la tentación consiste en dejar de creer que somos hijos. El miedo nos repite: “Nadie te cuida, todo depende de ti”. Es la raíz de tantas angustias.

La segunda tentación ataca la misión recibida. «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo». El diablo cita la Escritura para torcerla, buscando que Jesús use al Padre como instrumento de exhibición. Pero el Hijo sabe que su identidad no se demuestra con espectáculos, sino en la obediencia. «No tentarás al Señor, tu Dios». Así también cada vocación recibe ataques concretos: al joven que busca la verdad se le susurra que no vale la pena esforzarse; al matrimonio se le insinúa que su fidelidad es imposible; al consagrado se le insinúa que ha errado de camino. El tentador hiere donde está nuestra misión, para que desconfiemos de que el Padre nos sostiene en lo que nos pide.

La tercera tentación es el asalto final: «Todo esto será tuyo si me adoras». Se trata de sustituir al Padre por un ídolo. Porque en el núcleo de toda tentación está la frase que espetó a Dios el maligno “non serviam”, “no serviré”. Por eso Jesús le responde con la palabra que le desarma: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto». El corazón humano se define por a quién adora. Nadie queda al margen. Servimos a Dios, o a los ídolos del poder, del placer, del ego.

Así como Jesús es tentado en su identidad de Hijo, también nosotros lo somos. Las tentaciones siempre buscan destruir lo que somos en lo más hondo. En primer lugar, somos tentados contra la fe: “¿De verdad eres hijo de Dios?”, “¿de verdad te ama?”. Luego contra nuestra vocación: “Tu matrimonio no es posible”... “tu consagración no tiene sentido”... “tu juventud es para disfrutarla, no para exigirte”. Hoy, de modo particular, los más jóvenes son tentados en el núcleo mismo de su identidad personal. Se siembra confusión sobre el cuerpo, la diferencia sexual, el significado de ser hombre o mujer. Se presenta como libertad lo que en realidad deshumaniza. El adversario sabe que, destruyendo la conciencia de la filiación y del ser recibido como don, destruye la base misma de la humanidad.

Un niño que duda de ser amado como hijo es un niño desarmado. Un joven manipulado para negar su identidad corporal es un joven herido en la raíz. Este es el ataque más radical del tentador: arrancar al ser humano de su certeza de ser hijo amado de Dios y creada “varón o mujer” en su sabiduría. Quien destruye la identidad, destruye la persona.

Ante esto, el camino de Cristo es el nuestro. La respuesta es siempre volver al Padre, dejar que resuene en nosotros la voz del Jordán: «Tú eres mi hijo amado». En cada tentación que toca nuestra fe, nuestra vocación o nuestra identidad, la victoria no viene de nosotros, sino de la confianza filial. El diablo puede repetir sus viejas trampas, pero no puede arrancarnos de la mano del Padre si nos sabemos hijos.

La Cuaresma es el tiempo de reafirmar nuestra identidad en la fe. El tentador no se cansa, pero su arsenal es pobre; siempre repite. Cristo nos muestra que la verdadera novedad es de Dios, que crea y recrea. Como decía Charles Péguy: “la fe es siempre nueva porque es siempre un nacimiento”.

Examina tu conciencia a la luz de Mateo 4,1-11.

«Si eres Hijo de Dios...»

¿Vivo como hijo amado del Padre, o dejo que el miedo me convenza de que estoy solo?

«No solo de pan vive el hombre»

¿Me alimento solo de lo inmediato, o busco que mi vida esté sostenida en la Palabra de Dios?

«No tentarás al Señor, tu Dios»

¿Confío en Dios en mi vocación concreta, o busco manipularle para que se ajuste a mis deseos?

«Todo esto te daré si te postras...»

¿A quién rindo culto con mi vida: ¿a Dios o a los ídolos de poder, comodidad o placer?

«Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían»

¿Permito que Dios me consuele en mis pruebas, o me encierro en la desesperanza?

Dile sinceramente a Dios:

Padre, reafirma en mí tu voz que me llama hijo. No permitas que el miedo, la mentira o la confusión destruyan mi identidad. Que mi vida, tentada y frágil.